Capítulo 1: Lo que nunca dijimos
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El sonido de la lluvia golpeaba contra los ventanales del departamento de Lucía como si el cielo también estuviera cansado de callar. Eran casi las once de la noche y la ciudad se veía difusa entre luces borrosas, autos que pasaban salpicando charcos y el reflejo de los semáforos titilando en el asfalto húmedo.
Ella sostenía una copa de vino entre los dedos, girándola despacio, sin probarla.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Era él. Mateo.
Lo miró unos segundos, como si el nombre en la pantalla pudiera decirle algo que no supiera. Después atendió.
—¿Estás despierta? —su voz sonaba baja, ronca, un poco más de lo normal.
—Sí… —respondió ella, sin pensarlo demasiado—. ¿Pasa algo?
Hubo un silencio breve. Ese tipo de silencios que sólo existen entre personas que ya se conocen demasiado.
—Necesitaba verte —dijo él, finalmente.
Lucía cerró los ojos. No era la primera vez que lo escuchaba decir eso. Y sabía exactamente lo que significaba.
Podría haber dicho que no. Podría haberle recordado que tenía novia, que mañana era su aniversario, que nada de eso tenía sentido. Pero no lo hizo.
Nunca lo hacía.
—Vení —susurró, y colgó.
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Media hora después, los golpes en la puerta la hicieron sobresaltarse. No había tenido tiempo de arreglarse; sólo se puso un buzo grande y dejó el pelo suelto.
Cuando abrió, Mateo estaba ahí. Mojado por la lluvia, con el abrigo pegado al cuerpo y los ojos cansados, pero con esa mirada que siempre la desarmaba.
—Estás empapado —dijo ella.
—No podía esperar —contestó él, intentando sonreír.
Lucía lo dejó pasar. El departamento se llenó con el olor a lluvia y perfume masculino. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
Mateo se acercó despacio, como tanteando si aún podía hacerlo.
Ella dio un paso atrás.
—No deberías estar acá —murmuró.
—Lo sé —respondió, mirándola a los ojos—. Pero tampoco puedo estar allá.
Esas palabras bastaron.
Lucía sintió el peso de todos los años juntos: las risas, los secretos, las noches de estudio, los mensajes a medianoche, los abrazos que duraban un segundo más de lo permitido.
Y también todas las veces que se dijeron solo somos amigos, como si repitiéndolo pudieran convencerse.
—¿Querés un vino? —preguntó ella, intentando romper la tensión.
—No vine por el vino —dijo él.
La copa quedó sobre la mesa, olvidada.
Mateo se acercó hasta quedar tan cerca que ella sintió el calor de su respiración. Su mano rozó su mejilla, y en ese instante todo lo que habían intentado contener se rompió.
El beso llegó con el sabor a lluvia y vino, con urgencia, con culpa, con el temblor de quien se reconoce y se pierde al mismo tiempo.
Lucía lo sintió recorrerle la espalda, como si el tiempo se deshiciera en sus manos.
Entre respiraciones entrecortadas, se fueron desvistiendo, sin palabras, sin razones.
El cuerpo de él sobre el de ella, el roce, los suspiros ahogados, la sensación de que el mundo se detenía por un instante.
Ninguno dijo nada, porque hablar sería admitirlo.
Después, el silencio.
Él apoyó la cabeza sobre su pecho, y ella le acarició el cabello mojado. Afuera, la lluvia seguía cayendo con la misma insistencia.
—No puedo quedarme mucho —murmuró él, sin mirarla.
Lucía sintió el nudo en la garganta.
—Lo sé.
—Ella… —dijo Mateo, dejando la frase inconclusa.
—Sí, tu novia —completó ella, con un hilo de voz.
Él levantó la cabeza, como si quisiera explicarse, pero no había forma de hacerlo.
—Sabés que esto… —empezó.
—Sí —lo interrumpió Lucía—. Sé que no significa nada, ¿no?
Él la miró con dolor.
—No digas eso.
—Entonces decime qué significa —respondió ella, bajando la mirada—. Porque para mí no es solo esto. No lo fue nunca.
Mateo suspiró, se sentó al borde de la cama y buscó su ropa.
—No puedo dejarla, Lu.
—No te lo estoy pidiendo. —Ella se incorporó, abrazando las rodillas—. Solo quería saber si alguna vez me vas a elegir.
Él no respondió.
El silencio volvió a llenar el cuarto, pero esta vez dolía distinto.
El teléfono de Mateo vibró sobre la mesa. Lo miró, y su gesto cambió.
Lucía lo supo sin que dijera nada.
—¿Es ella? —preguntó.
—Sí. Me está esperando… se supone que es nuestro aniversario.
Lucía tragó saliva, intentando que la voz no le temblara.
—Anda. No la hagas esperar.
Él se acercó y le rozó el rostro con la mano, pero ella apartó la mirada.
—Nos vemos mañana —susurró.
—No lo creo —respondió ella, apenas audible.
Mateo dudó, pero finalmente se fue.
La puerta se cerró con un sonido seco, y el departamento volvió a quedar en silencio.
Lucía se quedó mirando el techo, intentando no llorar.
Sabía que no era la primera vez que él se iba así, pero cada vez dolía un poco más.
Y, sin embargo, si él volviera a tocarle la puerta mañana, volvería a abrir.
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Al día siguiente, el reloj marcaba las ocho de la noche cuando Lucía se detuvo frente al espejo.
No entendía por qué había aceptado ir.
Quizás por costumbre, o por esa parte de ella que todavía creía que podía con todo.
El mensaje de su amiga, la novia de Mateo, seguía en su teléfono:
“Lu, no podés faltar esta noche. Eres mi mejor amiga, te necesito ahí.”
Sí, su mejor amiga. Ironías que la vida disfrutaba demasiado.
Se maquilló apenas, lo justo para disimular las ojeras, y se puso un vestido n***o.
Cuando llegó al restaurante, las luces cálidas y la música suave la envolvieron.
Los vio enseguida: Mateo y Clara, sonriendo, tomados de la mano, riendo como si nada existiera fuera de esa mesa.
Lucía sonrió, por reflejo, cuando ellos la vieron.
Clara se levantó y la abrazó fuerte.
—¡Sabía que ibas a venir! No hubiera sido lo mismo sin vos.
Lucía asintió, tragándose el nudo en la garganta.
Mateo se limitó a mirarla por un segundo. Ese segundo bastó.
Había algo en su mirada, una mezcla de culpa y deseo, que la hizo desviar la vista enseguida.
Durante la cena, Clara hablaba emocionada sobre sus planes juntos, sobre el viaje que harían, sobre cómo Mateo era “el hombre más atento del mundo”.
Lucía sonreía, asentía, bebía vino. Mucho vino.
Cada palabra era una aguja.
Cada gesto de cariño entre ellos, una herida más.
—¿Y vos, Lu? —preguntó Clara en algún momento—. ¿Todavía sola?
Lucía rió suavemente.
—Sí, por elección… supongo.
—Seguro que no tarda en aparecer alguien que te merezca —dijo Mateo, mirándola con una intensidad que nadie más notó.
Ella sostuvo su mirada por un instante, y luego desvió los ojos hacia la copa.
Cuando sirvieron el postre, Clara se levantó para sacar una foto con el mozo.
Lucía y Mateo quedaron solos unos segundos.
—No deberías haber venido —susurró él.
—No quería venir —respondió ella—. Pero tenía que hacerlo.
—Esto se está volviendo imposible.
—Lo fue desde el principio —dijo Lucía, y sus ojos se humedecieron.
Clara volvió sonriendo, ajena a todo.
—Vamos a brindar —dijo—. Por nosotros, por la amistad, por los años que vienen.
Lucía alzó su copa.
Mateo también.
Y en ese brindis silencioso, ella entendió que lo estaba perdiendo del todo.
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Esa noche, cuando volvió a su departamento, el silencio la golpeó de nuevo.
Dejó los zapatos en la entrada, se quitó el vestido y se envolvió en una manta.
El teléfono vibró. Un mensaje de Mateo:
> “Lo siento. No tendría que haber ido. No tendría que haberte buscado anoche.”
Lucía lo leyó varias veces antes de responder.
> “Tenés razón. Pero igual lo hiciste. Y yo igual abrí la puerta.”
Dejó el celular a un lado y se recostó.
Afuera, la ciudad seguía viva, ajena a todo.
Dentro de su pecho, algo se quebraba despacio, sin ruido.
Sabía que no iba a olvidarlo.
Que cada beso, cada mirada robada, cada madrugada compartida, quedaría guardada como una cicatriz invisible.
Sabía también que él volvería.
Siempre volvía.
Y ella, por más que se jurara no hacerlo, siempre lo dejaría entrar.
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Mateo llegó a su casa, con Clara dormida a su lado, y se quedó mirando el techo, igual que ella.
Pensó en la lluvia de anoche, en la piel de Lucía, en cómo su nombre se le escapaba de los labios incluso cuando intentaba callarlo.
Sabía que lo que tenían no tenía futuro.
Pero también sabía que, sin ella, nada tenía sentido.
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La lluvia volvió a caer, como un eco del principio.
Y entre las gotas que golpeaban los vidrios, Lucía pensó en todo lo que nunca dijeron, en todo lo que los unía y los condenaba.
Quizás, pensó, amar a alguien también podía ser eso:
Un acto de rendición silenciosa.
Una historia que se vive a escondidas, pero se siente a gritos.
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