CAPÍTULO 2: EL ENGAÑO SE CONSOLIDA

1580 Words
Dos meses después – Enero de 2025 La relación entre Marcos y Sandra se había convertido en su peor secreto y su mayor placer. Se veían todos los días: en el despacho cuando los demás colaboradores se habían ido, en hoteles de la ciudad, en la casa de campo que Marcos había heredado de su padre en Atlixco. Sandra había logrado envolverlo en una red de encantamiento y promesas, haciendo creerle que ella era la única que realmente entendía su pasión por la arquitectura, la única que podía hacerle feliz. “¿Por qué sigues con ella?” preguntó Sandra una tarde, acurrucada en sus brazos en la casa de campo. “Ella no te comprende, Marcos. Ella solo se preocupa por el dinero, por las cuentas. Yo soy la que ama tu arte, tu forma de ser”. Marcos suspiró, acariciando su cabello. “No es tan simple, Sandra. Ana está conmigo desde siempre. Ella me ayudó a construir todo esto”. “Y ahora te está frenando”, respondió ella con firmeza. “¿No ves cómo cada vez que quieres hacer un proyecto innovador, ella te dice que es demasiado arriesgado? ¿Cuántas oportunidades has perdido por culpa de su miedo?” Era cierto que Ana había sido cautelosa con algunas inversiones, pero siempre pensando en la estabilidad de la empresa y del hogar. Pero Marcos ya no veía eso; veía solo las restricciones, las limitaciones que su esposa le imponía. “Algún día”, dijo él, besando su frente. “Algún día podré estar contigo de verdad”. Sandra sonrió, pero en sus ojos brillaba una lucidez fría que Marcos nunca había notado. Había planeado cada paso con cuidado desde el primer día en que había visto su foto en la portada de una revista de arquitectura. Sabía que era casado, sabía que tenía dinero y éxito, y desde el momento en que había conseguido un puesto en su empresa, había trabajado para ganarse su confianza y después su corazón. Pero Sandra quería más que solo ser su amante. Quería todo: su dinero, su empresa, su nombre. Y estaba dispuesta a hacer lo que fuera para conseguirlo. Había pasado meses investigando, hablando con médicos corruptos, preparando el plan perfecto. Sabía que Marcos era un hombre emocional, capaz de hacer cualquier cosa por la persona que amara. Y ahora que lo tenía en sus manos, era el momento de poner en marcha su plan. Un martes por la mañana, Marcos llegó al despacho y encontró a Sandra sentada en su escritorio, con la cara pálida y unos papeles entre las manos. Al verlo, sus ojos se llenaron de lágrimas. “Marcos… necesito hablar contigo”, dijo ella, con voz entrecortada. “¿Qué pasa? ¿Estás bien?” Marcos se acercó rápidamente, poniéndose de rodillas delante de ella y tomándole las manos. Estaba preocupado; nunca la había visto así. Sandra le entregó los papeles. Eran resultados de exámenes médicos. Marcos los leyó con la boca seca, sintiendo cómo el miedo le paralizaba el cuerpo. “Insuficiencia renal crónica… necesita trasplante urgente”, murmuró él, levantando la mirada hacia ella. “¿Cómo es posible? ¿Por qué no me lo dijiste antes?” “Porque no quería preocuparte”, respondió ella, sollozando. “El médico dice que tengo menos de dos meses de vida si no encuentro un donante compatible. Ya he hecho todas las pruebas, y solo hay dos personas en el registro nacional con el mismo tipo de sangre y perfil de tejidos que yo”. “¿Quiénes?” preguntó Marcos, con la voz rota. “Tú… y Ana”. Marcos se quedó helado. No podía creer lo que estaba escuchando. Su amante estaba a punto de morir, y él o su esposa eran los únicos que podían salvarla. “Yo me haré el trasplante”, dijo él de inmediato. “Ahora mismo llamo al médico”. Pero Sandra negó con la cabeza, estrechándole las manos con fuerza. “No puedes, Marcos. El médico dice que tu presión arterial es alta, y que el riesgo de complicaciones es muy grande. Podrías morir en el quirófano. Y además, la empresa necesita de ti, el proyecto de Texcoco necesita de ti”. “Entonces será Ana”, dijo Marcos, sin dudarlo. “Ella está sana, fuerte. Podrá hacerlo”. Sandra bajó la mirada, fingiendo preocupación. “Pero Marcos, el trasplante es un procedimiento muy riesgoso para la donante también. Hay posibilidades de que no sobreviva. ¿Estás seguro de que quieres pedirle esto?” Marcos cerró los ojos, luchando contra la angustia que le apretaba el pecho. Ana era su esposa, la madre de su futuro hijo (aunque aún no lo sabía), pero Sandra era el amor de su vida, la mujer que le había devuelto la alegría. No podía dejarla morir. “Sí”, dijo él con firmeza. “Tendré que hablarle. Ella entenderá”. Sandra sonrió por dentro, pero por fuera seguía con la expresión de sufrimiento. Había conseguido lo que quería. Ahora solo quedaba que Marcos hablara con Ana, y que esta aceptara hacer el trasplante. Y cuando la operación terminara con la muerte de Ana, Marcos heredaría todo su patrimonio –ya que ella había puesto su nombre en la mayoría de los bienes para protegerlos en caso de problemas empresariales– y Sandra se convertiría en la única heredera. Pero su plan iba más allá. Una vez que tuviera todo el dinero y la empresa, acabaría con Marcos también, haciéndole creer que se trataba de una depresión por la muerte de Ana, o de un accidente. Había encontrado un médico dispuesto a ayudarla en el plan, a cambio de una generosa cantidad de dinero. Todo estaba calculado hasta el último detalle. Mientras Marcos salía del despacho para ir a buscar a Ana, Sandra se quedó en su escritorio, mirando por la ventana con una sonrisa de satisfacción. Casi tenía todo lo que quería. Solo faltaba un pequeño paso más. CAPÍTULO 3: LA NOTICIA QUE CAMBIA TODO Hospital Ángeles del Pedregal, Ciudad de México – Enero de 2025 Ana había estado esperando en la sala de espera del hospital durante más de una hora cuando Marcos llegó, acompañado de Sandra. La joven mujer iba en una silla de ruedas, con una manta sobre las piernas y la cara más pálida que nunca. Ana se levantó rápidamente, acercándose a su esposo con una expresión de preocupación. “Marcos, ¿qué pasa? ¿Por qué me llamaste aquí tan deprisa?” Marcos tomó su mano, pero no pudo mirarla a los ojos. “Ana, tenemos un problema. Sandra está muy enferma. Necesita un trasplante de riñón, y tú eres la única persona compatible además de mí”. Ana miró a Sandra, quien la miraba con ojos llenos de lágrimas, y luego volvió la mirada a su esposo. La noticia la dejó helada, pero no por la enfermedad de la joven mujer. Por el contrario, sintió cómo una ola de clarividencia la invadía. Había investigado en secreto sobre Sandra desde que había visto el mensaje en el teléfono de Marcos, y había descubierto que no era tan inocente como parecía. Había trabajado en dos empresas anteriores, y en ambas ocasiones, los dueños habían tenido problemas financieros después de iniciar relaciones con ella. Además, había conseguido que cambiaran sus testamentos a su favor. Pero Ana no dijo nada de eso. En cambio, preguntó con voz calmada: “¿Qué dice el médico? ¿Cuál es el riesgo para la donante?” Marcos suspiró, apretándole la mano. “El riesgo es alto, amor. Muy alto. Pero es la única manera de salvarla. Ella es… muy importante para mí”. Ana cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo el dolor la recorría por dentro. Sabía que con esas palabras, Marcos le estaba diciendo que la amante era más importante que ella, más importante que el bebé que llevaba en su vientre. “Déjame hablar con el médico”, dijo ella. “Quiero conocer todos los detalles antes de tomar una decisión”. Marcos accedió, y fue a buscar al doctor Rivera, el especialista que atendía a Sandra. Mientras tanto, Ana se acercó a la joven mujer, quien seguía con la expresión de sufrimiento. “Sandra”, dijo Ana con voz baja pero firme. “Sé quién eres y qué quieres. No te dejaré hacerle daño a Marcos ni a mi bebé”. Sandra abrió los ojos de par en par, fingiendo sorpresa. “¿Bebé? No entiendo de qué estás hablando, Ana. Yo solo quiero sobrevivir”. “Lo entiendo perfectamente”, respondió Ana. “Pero te advierto: si sigues con tu plan, te arrepentirás. No permitiré que mi hijo crezca sin padre, ni que tú te quedes con lo que nosotros construimos juntos”. Antes de que Sandra pudiera responder, Marcos regresó con el doctor Rivera, un hombre de mediana edad con una expresión seria en el rostro. El médico explicó los detalles del procedimiento: la donante tendría que someterse a una serie de exámenes previos, el trasplante se realizaría en aproximadamente una semana, y el riesgo de complicaciones postoperatorias era del cuarenta por ciento. En algunos casos, la donante podía morir durante la operación o poco después. “Entiendo”, dijo Ana después de escuchar todo. “Necesito
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