Horas después, la casa de playa, que minutos antes había representado un santuario de seda y sal, se había transformado en la jaula más elegante y opresiva que mis ojos hubieran visto jamás, un testigo mudo de la brutalidad con la que el destino había aplastado nuestra breve e intensa tregua romántica. El sol del mediodía, fuerte y despiadado, se colaba por los ventanales de suelo a techo, exponiendo cada partícula de polvo que flotaba en el aire, una metáfora visual de los secretos que se habían revelado y que ahora me obligaban a enfrentar una realidad mucho más cruda de la que jamás había imaginado. Me encontraba de pie en el centro del salón, con el teléfono de Alistair todavía caliente y pegajoso en mi mano, notando la textura fría y pulida del mármol bajo mis pies descalzos, que ahor

