El cielo gris se cernía sobre el campus como una tapa de plomo, despojando al mundo de sus colores y envolviéndolo en una monocromía que era un fiel reflejo de mi estado anímico. El aire, denso y cargado de una humedad que presagiaba más lluvia, se sentía pesado en mis pulmones, cada bocanada un esfuerzo que me recordaba la opresión en mi pecho. Había pasado el resto de la mañana en una especie de trance, moviéndome entre clases como un autómata mientras la imagen de la mujer y el niño se repetía en mi mente en un bucle tortuoso y enloquecedor. La vibrante conexión que había sentido con Alistair, esa fuerza casi sobrenatural que había redefinido mi existencia, ahora se sentía como una mentira elaborada, un veneno dulce que había bebido voluntariamente hasta la última gota. Atravesé el pa

