El frío había llegado sin previo aviso, una dentellada furtiva en el aire que anunciaba la inminente llegada del invierno y despojaba a los árboles de sus últimas hojas de otoño con una crueldad silenciosa. Caminar desde el coche hasta la entrada del supermercado fue una carrera contra el viento helado, que se colaba a través de las fibras de mi abrigo y me dejaba con la piel erizada y un anhelo desesperado por el calor artificial. Dentro, el cambio fue instantáneo: un torrente de aire cálido y seco me recibió, cargado con el aroma estéril del desinfectante para suelos, el olor dulce de los productos de panadería y el perfume terroso de las verduras frescas. Las luces fluorescentes del techo se reflejaban en los suelos de linóleo pulido con un brillo implacable, creando un mundo perfectame

