No puedo llorar o mamá se molestará

1176 Words
Me traen a la oficina y me quedo sentado en una silla, en espera a que llegue mi mamá. Llega a las carreras y, según me ve, me dedica una mirada molesta. Entra con el director a la oficina y puedo escuchar su voz amable, algo que conmigo nunca hace. Ya conozco lo que me espera al llegar a la casa, pero tengo esperanzas de poder convencerla de que no me deje solo en ese lugar, pero las probabilidades de que tome en consideración mi pedido son muy bajas. Ella sale sonriente de la oficina y le da un golpe a mi silla con la pierna. Salimos de la escuela y ella le sonríe a todo el mundo que ve, hasta que llegamos al auto; su expresión se vuelve seria y maneja por todo el camino concentrada. Tengo pánico de llegar a la casa. Mi cuerpo es un manojo de nervios y estoy sudoroso. Me acerco lo más posible a la puerta. Según llegamos, nos bajamos y la sigo hasta el granero. —Otra vez me traes problemas. ¿Qué te dije sobre eso, mugroso? — me da una bofetada con todas sus fuerzas. Mi mejilla se siente caliente y me duele tanto que tapo mi cara al instante. —Saca la mano de tu cara— ordena molesta y no tengo de otra que hacerlo. Bajo las manos y ella me da otra bofetada. —Estoy harta de ti. Eres muy problemático. ¿Por qué no saliste como tus hermanos? —Déjame explicarte, mamá. —¡No hables por encima de mí! — me da otra bofetada y me empuja contra el suelo—. No sé por qué te traje a este mundo. Sabía que serías un estorbo, una basura y escoria al igual que tu padre. Bueno que me pase por estúpida. Te suspendieron por dos días y estarás castigado en este lugar —entierra el tacón en mi pierna y me sujeto con ambas manos. —Lo siento, mamá. —Parece que no sabes el significado de callar. Quítate la camisa y el pantalón. En llanto me levanto y hago lo que pide, me quedo solo en calzoncillo. —Inclínate. No sé lo que va a hacer, pero no tengo de otra que obedecer. Me inclino sobre la pared en madera e intento mirar de reojo, pero se da cuenta. —¿Te he ordenado que mires? —Lo siento, mamá. Me quedo en espera, cuando de pronto siento un golpe en la espalda con algo punzante. Trato de moverme y ella me da otro golpe más fuerte. Es como si quisiera arrancar parte de mi piel en cada golpe de rabia que me da. Duele mucho. Tengo mucho miedo. Lágrimas no dejan de bajar por mis mejillas. El dolor en mi espalda es insoportable, pero el que siento en el pecho es peor. El nudo de mi garganta no me permite hablar claramente. —¡Por favor, ya no más! — le ruego con mi voz entrecortada y en lágrimas, aun así, no se detiene, al contrario, solo comienza a reír, como si disfrutara de esto. Un calor, junto a un ardor se apodera de mi espalda. Pienso que, si sigue golpeándome con eso punzante, va a terminar matándome. Mis piernas poco a poco ceden por el temblor que tiene mi cuerpo, pero trato de mantenerme quieto o mamá se molestará más de lo que ya está. Trato de no dejar escapar mis gritos y eso hace que me sienta más desesperado. Muerdo mi labio inferior, intento soportar todo, al punto de sentir el sabor metálico de la sangre en mi boca. Cuando se cansa y la fatiga no le permite casi hablar, se detiene. —Espero aprendas la lección. Me llaman una vez más de la escuela y te juro que te dejaré encerrado con las ratas para que te coman vivo. —No lo volveré hacer, mamá. Perdóname por todo — caigo de rodillas y me giro hacia ella tratando de disculparme poniendo la cabeza en el suelo, pero la aplasta, restregándola contra la tierra. Siento fuego en mi espalda. Cualquier movimiento que hago solo arde, pero quizá si hago esto, ella me perdone por ser tan mal hijo. —¡Deja de llorar! ¡Eres un maldito hombre, no una niña! Cuando saca su pie de mi cabeza, seco las lágrimas y sonrío. —Lo siento, no volveré a hacerlo. —Mucho mejor. Ahora quédate aquí. Tiene el tacón en la mano, se ve lleno de mi propia sangre. Lucho con mis nervios y esas inmensas ganas de llorar. Quiero que todo acabe ya. Sé que lo merezco, pero no quiero más. Mi mamá regresa con una botella de alcohol y la vacía en mi espalda. No puedo aguantar el ardor y termino quejándome. No paro de temblar, aprieto los puños porque de alguna forma me da fuerzas. —Ya te desinfecté las heridas. Te buscaré un balde de agua para que te bañes y quites esa peste que tienes encima. No quiero hablar, no quiero decir algo que la vaya a molestar. Regresa minutos después con un pequeño balde de agua, jabón, champú y una toalla. —Báñate bien, no soporto tu despreciable olor. Mi cuerpo tiembla tanto que se me hace difícil bañarme bien. El jabón cae por mis heridas y arde. Mi mamá se acerca, esparce el jabón por mi pecho y solo la observo. Aunque dice que no le importo, lo que está haciendo ahora muestra lo contrario. —De un tiempo para acá, tu cuerpo ha ido cambiando. Poco a poco estás tomando la forma de un verdadero hombre— su mano se desliza por el centro de mi pecho, desciende más abajo de mi ombligo y se sitúa en mi pene. —¿Qué haces, mamá? — un temblor, ajeno al que tenía hace unos segundos, se activa en mi cuerpo. —Te estoy ayudando. Eres un hombre ya, así que debes lavarte bien. Déjalo todo en mis manos. Mamá sabe lo que hace. La manera en que su mano se mueve hace que sienta un profundo calor en esa zona. No obstante, de mi garganta se escapa un extraño quejido. ¿Es esto lo que se siente cuando mi mamá es quien me baña? ¿Por qué se siente tan distinto a cuando lo hago por mi cuenta? —Has salido igual de sucio y despreciable que tu padre— lo aprieta tan fuerte que chillo—. Maldigo el día en que te tuve— se aleja, luego de mirarme con desprecio. Permanezco desnudo, pues no tengo nada con qué cubrirme. Me siento limpio y refrescante, habían pasado varios días sin bañarme bien. Rato después regresa mi mamá con un pequeño plato de cereal y un vaso de siete onzas con agua. —Ahorra el cereal, no sé si pueda venir mañana — cierra la puerta, me deja completamente solo. Muy en el fondo se preocupa por mí; aunque diga todas esas cosas feas y me mire de esa forma.
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