No quiero estar más aquí

961 Words
—Yo te ayudo —Noah extiende su mano para ayudarme, pero no quiero tomarla. No puedo tocar a un ángel como ella con estas manos tan sucias y este olor tan desagradable. —No está mal aceptar ayuda, ¿sabes? — sonríe amablemente, mientras recoge dos de mis libros. Tiene una sonrisa angelical. Yo no quiero que se contagie con mi suciedad. Quisiera darle las gracias, pero estoy tan nervioso que las palabras se han atorado en mi garganta. Además de que nunca he hablado con una chica antes. Me levanto a toda prisa del suelo y bajo la cabeza. —Toma— me pasa los dos libros—. Puedes sentarte conmigo si quieres— sacudo la cabeza al no poder decir una sola palabra—. ¿No tienes voz? — pregunta dulcemente, mientras que mi mirada, por alguna extraña razón, se centra en sus labios. —No sigas hablándole, Noah. ¿No ves que no le enseñaron a agradecer? — dice una chica de pelo n***o, ojos azabaches, tez blanca y estatura mediana. Es bonita, pero su forma de hablar suena a alguien arrogante. —Gracias— tartamudeo, antes de ir a sentarme a otra silla que no esté ocupada. Llego a la escuela, voy a mi casillero, guardo los libros y entro al comedor. Como a toda prisa, antes de que pueda venir alguien a molestarme. Siento muchas náuseas, llevo muchos días sin comer bien y, al hacerlo con tanta prisa, me ha caído un poco pesado. Avanzo por ir al baño y, según entro, le doy un golpe sin querer en la espalda a alguien, pero no tengo tiempo de disculparme. —¿Qué no ves lo que haces, imbécil? — ignoro lo que dice, mientras entro al estrecho baño. No hago más que abrir la puerta y termino vomitando todo lo que desayuné. Mi estómago arde, al igual que mi garganta. He bajado mucho de peso, no es difícil darme cuenta. Siempre he sido delgado, pero ahora lo estoy mucho más. Bajo el inodoro y, al levantarme me ponen un brazo en el cuello y me sacan del estrecho baño. Lucho por sacar su brazo de mi cuello y respirar. Le doy una patada a su pierna y me empuja de lleno contra el suelo. Lucho en busca de aire y es cuando me da una patada en la cara. Me tapo al sentir ese fuerte golpe. Mi rostro duele, en especial mi nariz. —Para la próxima ten cuidado de con quién te metes, idiota — me dan varias patadas en el suelo; tanto en la espalda, barriga, brazos y piernas, mientras que solo trato de cubrir mi cara lo más que puedo. Por fortuna, el timbre suena y ellos dos se van, me dejan tirado en el suelo. Me levanto como puedo y me miro en el espejo. Sangre baja de mi nariz y hago lo posible de limpiarme antes de que se ensucie la camisa. Mi cuerpo tiembla y estoy adolorido, pero no puedo llegar tarde al salón o tendré problemas con mi mamá. Me lavo la cara y camino como puedo hasta el aula. Cuando me siento en mi pupitre, veo que se encuentra escrito con palabras que no quiero ni mencionar. «MUÉRETE» es la más que resalta y se repite. ¿Y qué les hace pensar que ya no estoy muerto? ¿Qué les hace pensar que no quisiera lo mismo? La risa de los demás retumba en mi cabeza y me está haciendo perder el control. Odio este lugar y a todos los que están en el. ¿Por qué simplemente no se mueren todos? Todo a mi alrededor se siente distante. No quiero encajar en este mundo tan cruel y repugnante. ¡Los odio a todos, así como me odio a mí mismo! Estando en ese ligero trance, escucho el ruido de un libro caer sobre mi pupitre. Me levanto bruscamente de la silla y la dejo caer, mientras todo el mundo ríe. —¿No vas a atender la clase? —pregunta el maestro. —Lo siento— respondo asustado, mientras trato de recoger la silla. Al momento de hacerlo, Joseph aplasta mi mano con la suela de su zapato. Lo miro lleno de rabia y el maestro le da otro golpe más fuerte al pupitre. —Estás haciéndome perder tiempo de la clase. ¿Por qué estás vestido de esta forma? Estás sucio, Caden. ¿Dónde estabas? —Parece mierda — comenta Joseph entre risas, y todos le siguen la corriente. —Deja los chistes, Joseph — añade el maestro —. ¿Vas a responder o tengo que mandarte a la oficina, Caden? —Me caí, maestro. —Parece que te caes todos los días. Todos siguen riendo y tiemblo de la rabia, aprieto fuertemente mis puños porque, de alguna manera, me ayuda a controlar la frustración que me carcome por dentro. —No puedo permitir que estés aquí así. Llamaré a tu mamá. —No la llame, por favor — si la llama se molestará y me llevará a ese lugar. —Todos los días es lo mismo, Caden. —Se lo ruego, no lo haga. —Parece que la niña le tiene miedo a su mamita. Todos los días viene apestoso y nadie se puede concentrar en clase, maestro— comenta Joseph. —Es cierto — afirman todos. —Llamaré a tu mamá, Caden. —No, por favor — le sujeto el brazo al maestro, le ruego que no la llame, pero se suelta de mi agarre. —Lo siento, pero tengo que hacerlo. Te llevaré a la oficina. Lágrimas brotan de mis ojos e intento ocultarlas, pero todos se dan cuenta; algo que los obliga a hacerme muecas y reír.
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