—Muérete, imbécil— dice la rubia, antes de marcharse con las demás.
Regreso al aula de clases y me siento en mi silla. Observo por la ventana la cancha donde hacen las actividades físicas y me quedo viendo lo mucho que las personas se divierten en grupo. Debe ser divertido. No es algo que me haya pasado alguna vez, pero me gustaría algún día tener amigos.
La tarde pasa rápidamente y camino de vuelta a la casa. Mis tripas hacen mucho ruido, no he comido nada desde ayer en la mañana. Tengo que comer algo al llegar, mis hermanos ya deben estar en la casa. Me detengo frente a la puerta, pero está cerrada con seguro. Toco en espera de que abran, pero no lo hacen. Dispuesto a ir de vuelta al granero, mi madre la abre.
—Buenas tardes, mamá.
—¿Qué quieres?
—Entrar — trato de entrar, pero cierra parte de la puerta.
—¿A dónde vas, mugroso? Tienes que cortar el césped.
—Lo siento, lo olvidé.
—No se te puede olvidar. ¡Vete!
—¿Puedo comer primero?
—¿Y tú preparaste algo para comer?
—Eso quería hacer, mamá.
—Cuando acabes con todo lo que tienes que hacer, entonces vienes a la puerta —cierra la puerta de mala gana y bajo la cabeza.
Entro al granero, pongo mis libros en el suelo y me quito la camisa de la escuela para ponerla en el alambre. No quiero ensuciarla más de lo que ya está. Busco la máquina para pasarla, pero extrañamente no enciende. Regreso a la puerta y la toco, mi madre enfadada vuelve a salir.
—¿Ahora qué quieres?
—La máquina no está funcionando, mamá.
—¿La dañaste?
—No, apenas la saqué para encenderla y ya estaba así.
—¿Qué estás insinuando? El único que está a cargo de eso eres tú. ¿Quién pudo haberla dañado?
—No he dicho nada de eso, quizá se dañó sola.
—Las cosas no se dañan solas, mugroso. Lo harás con las manos entonces, pero ese patio lo quiero limpio hoy mismo — cierra la puerta por segunda vez.
Me mantengo limpiando el patio hasta la noche, ya que el hacerlo con las manos es más complejo de lo que creí. No se ve para nada bien, pero no es mucho lo que puedo hacer. Mis manos están rojas y llenas de cortadas. Sé que tengo que lavarlas, por lo que regreso a la puerta. No puedo lavarlas con esa agua que está contaminada o se me van a infectar. Mi madre sale, pero esta vez con un pequeño plato de cereal con leche.
—Toma — mira el patio mientras me lo da—. ¿A eso le llamas hacer el trabajo? Quedó espantoso. Eres igual de inútil que tu padre, por lo que hoy dormirás con él.
—No, por favor. Yo hice lo que pude.
—Cállate, y agradece que no te mando directamente con él para que le hagas compañía.
—¿Qué hice mal esta vez, mamá? Yo solo hice lo que pude con mis manos.
—¿Eso fue todo lo que pudiste hacer? ¡Eres inservible!
Escucho la risa de mis hermanos y bajo la cabeza. Hay un cuarto más pequeño debajo del granero; tan pequeño que no puedo estar, sino es en posición fetal. Es un lugar oscuro y hediondo, donde solo se escucha el sonido de las moscas. Las ranuras de la puerta en madera es la única claridad que hay y estar ahí dentro hace que me falte el aire. Los insectos caminan por encima de mi cuerpo y siento esa desesperación de salir corriendo de ahí. Mi madre dice que el accidente que tuvo mi papá hace siete años fue en ese lugar. Cuando hago algo que la hace molestar mucho, me trae aquí para que le haga compañía a mi papá.
—Deja de llorar como una niña, tú mismo te lo buscaste. Ahora baja.
—Yo no quiero ir ahí, mamá. Perdóname. Hago lo que me pidas, pero no me dejes ahí solo.
—Te dije que bajes— abre la cerradura del candado y la puerta en madera para que entre.
Mi cuerpo está paralizado, tenso, tembloroso y las lágrimas no tardan en brotar de mis ojos. Si no hago lo que dice, se molestará otra vez y puede ser peor. Bajo con el pequeño plato de cereal, tengo mucha hambre para dejarlo atrás. Sé que no voy a poder ver lo que estoy comiendo ahí abajo y este asqueroso olor me causa náuseas.
—Olvidé fumigar el mes pasado. Espero puedas descansar y aprender la lección. Buenas noches— cierra la puerta con el candado.
La oscuridad me arropa por completo. Hace mucho calor aquí dentro. Escucho distintos sonidos; sonidos que jamás había escuchado antes. La idea de saber que el cuerpo de mi padre estuvo tendido donde estoy yo, me causa escalofríos. Meto mi mano en el plato de cereal para comerlo, no tengo una cuchara para hacerlo. Cierro los ojos para concentrarme en el cereal y poder saborearlo, pero es imposible; el olor a putrefacción invade todo. El sonido de mis tripas hace eco en el lugar. Mi pantalón debe estar hecho un desastre. Mañana seré la burla de todos otra vez. ¿Qué hice para merecer esto?
Las horas parecen eternas, no he dormido nada. ¿Cómo iba a hacerlo? Tengo picazón en todos los brazos, abdomen y espalda. Me acerco varias veces a las ranuras de la puerta para coger algo de aire. Mi estómago arde, tengo mucha hambre y sed. Estoy asqueado de tocar la tierra húmeda. Me mantengo en posición fetal. El miedo me impide abrir los ojos. Escucho el sonido de la puerta abrirse y, al ver algo de claridad, más el rostro de mi madre, me hace sentir feliz de nuevo. Se ha acordado de mí otra vez. Pensé que me dejaría dos días como regularmente hace, pero no. Salgo de ese lugar y puedo apreciar todo mi cuerpo ensangrentado, los insectos han tratado de comerme vivo.
—Ahí dejé la toalla para que te bañes.
—¿Por qué está manchada, mamá? — la toalla está supuesta a ser blanca, pero por varios bordes, un color crema se hace visible en ella.
—No me dio tiempo a lavarla y es la única que queda. Úsala.
—Gracias, mamá.
Me baño con la misma caja de agua y esas picadas de insecto arden, incluyendo las cortadas de mis manos. Termino de bañarme, busco el pantalón y trato de limpiarlo lo más que puedo, pero se encuentra extremadamente sucio. No tengo tiempo de lavarlo ahora, quiero tener oportunidad de llegar temprano a la escuela y así desayunar algo. Me pongo la ropa como está y los zapatos, recojo los libros y camino frente a la casa. El bus aún no se ha detenido en la parada, cuando mi madre sale con ellos. Me quedo en espera a que se despida de mí, pero sigue caminando con mis hermanos. Supongo que hoy tampoco me gané un beso o la bendición. Resignado me detengo en la parada, un poco distante de ellos, hasta que llega el bus. Camino hacia el último asiento, cuando algo me hace tropezar y me caigo. Las risas es lo único que escucho a mi alrededor.
—Lo siento —Nathan se disculpa.
Él estudió conmigo cuando estaba en sexto grado. No somos cercanos, ni nada parecido, pero se pasa haciendo estas cosas cada vez.
—¿Eso te parece gracioso? Porque a mí no— Noah, la chica que me defendió ayer se levanta del asiento encarando a Nathan.
—¿Ángel? — la miro anonadado.
Si la sigo mirando así, pensará que soy algún tipo de pervertido, así que bajo la cabeza para que no se dé cuenta. No sabía que ella también sube a esta guagua. En realidad, siempre que subo me siento lejos de la gente. Soy como un cero a la izquierda, ya que nadie me nota y tampoco me quieren a su lado. Es comprensible, por eso no insisto en acercarme a nadie.