Este granero oscuro, frío y estrecho, se ha convertido en mi hogar; el olor a putrefacción inunda cada rincón, mientras el sonido de las ratas son una canción para mis oídos, señal suficiente de que no estoy completamente solo. Las paredes en madera tienen muchos agujeros, al igual que el techo. Cuando llueve, las gotas de agua caen sobre mi espalda; a veces juego con ellas cuando no encuentro qué más hacer. Algunas veces las horas de castigo son desesperantes, pero es algo a lo que he tratado de acostumbrarme con el paso del tiempo. Ahora que tengo dieciséis años, las horas de castigo han ido aumentando.
Los rayos del sol alumbran mi rostro por uno de los agujeros del techo y despierto, escucho a la par el sonido de la puerta y, entusiasmado quedo de pie; mi mamá por fin se acordó de mí.
—Ya puedes salir, mugroso.
Salgo del granero, emocionado por poder contemplar el bello amanecer, cuando su mano agarra mi brazo.
—Sonríe, la vida es bella.
—Sí, mamá — sonrío, tras darme cuenta de que ya no está enojada conmigo.
—Apestas.
Sigo a mi madre, pienso que va a dejarme entrar a la casa para bañarme, pero se detiene frente a la puerta.
—¿A dónde crees que vas? Así no puedes entrar a la casa. Espérame aquí.
—Lo siento, mamá — bajo la cabeza, en espera de que me disculpe por siempre hacer todo mal y entra a la casa sin decir nada.
No sé con exactitud cuánto tiempo paso en espera de que salga, cuando escucho el bus escolar detenerse en la parada, a la par de los silbidos y la carrera de mis tres hermanos por toda la casa. Salen por la puerta, obligándome a salir del medio y mi madre los acompaña hasta la entrada.
—Pórtense bien y no olviden almorzar— les da un beso en la frente a los tres, antes de que suban al bus escolar.
Me pregunto, ¿cuándo me ganaré un beso de mi mamá? Tengo que esforzarme como ellos. Camino hacia su dirección y me detengo frente a ella; tal parece que olvidó traer mis cosas.
—Olvidaba que estabas aquí todavía. Estás tarde para la escuela, ya el bus se fue. ¿Qué harás ahora?
—Debo bañarme para irme. Puedo ir caminando, a fin de cuenta, solo es media hora a pie.
—Toma esta toalla. Ve a bañarte con la caja de agua que está detrás de la casa.
—Pero esa agua está contaminada.
—No te vas a morir por usar esa agua. Solo báñate y lárgate a la escuela— la he hecho molestar otra vez.
—Lo siento, mamá. Me bañaré y me iré a la escuela.
El agua está helada y un repugnante olor emerge de ella, pero no es momento de quejarme; necesito darme prisa para llegar a tiempo a la escuela. Logro limpiar el fango de mis piernas, ya que anoche llovió mucho y mi mamá olvidó traer la sábana. Debe ser difícil todo lo que ha estado pasando últimamente. Ella tiene razón, debería de ser más comprensivo. Según termino, subo a la que era mi habitación, que ahora es de mis hermanos y busco mi ropa, pero por alguna extraña razón, las mangas se encuentran deshiladas. Busco los zapatos blancos que siempre me pongo, pero están negros y escritos con algún tipo de marcador. La palabra «INMUNDO» está escrita en letras mayúsculas. Debe de ser otra travesura más de mis hermanos, pero no tengo tiempo de limpiarlos y, aunque lo intente, no creo poder borrarlo. Mi mochila no la encuentro por ninguna parte y mis libros están regados por toda la habitación, así que los recojo uno a uno para irme. Mi mamá no sale a despedirse de mí, debe estar ocupada. Camino a la escuela con los libros en la mano y, por más que trato de acelerar mis pasos, llego tarde al salón de clases.
—Como se nota que los estudiantes de hoy en día no les interesa los estudios— dice el maestro.
—Permítame explicarle, maestro.
—No me importan las razones, Caden. Siempre hay una excusa nueva todos los días. Si no te importan las clases, ¿para qué vienes a la escuela?
—¡Lerdo! — grita uno de mis compañeros y todos ríen por su comentario.
Todo el tiempo es lo mismo.
—¡Guarden silencio! Todos los días estás llegando tarde, Caden. Si esto vuelve a ocurrir, hablaré con el director y estarás suspendido. Vete a tu asiento.
—Lo siento, maestro.
Llego a mi pupitre y, cuando voy a sentarme en la silla, caigo de lleno al suelo. Joseph, como la gran parte del tiempo, hace este tipo de bromas pesadas. La risa de los demás, hacen eco en mi cabeza y trato de guardar la calma. Siempre he sido el hazmerreír del salón. Estaba tan avergonzado y distraído por el regaño que, no pensé que lo haría de nuevo.
—¡No causes más alboroto, Caden! — grita el maestro, visiblemente disgustado.
La hora de recreo llega y voy directamente al comedor, cojo mi bandeja con el almuerzo y camino a una mesa distante.
—Ese chico apesta, vámonos de aquí— las chicas de la mesa del lado se levantan y se pierden en un mínimo instante.
Es cierto que apesto, no es algo nuevo para mí. Soy repugnante. Agarro el emparedado en las manos, cuando Joseph y sus amigos se sientan en la misma mesa.
—¿Qué comes, Caden? — me arrebata el emparedado de las manos y lo acerca al zafacón que está al lado de la mesa.
—¡Dame eso! — trato de quitárselo, pero lo arroja, antes que pueda alcanzarlo.
—Buen provecho, inmundo —entre risas abandona la mesa con sus amigos.
No le di ni una sola mordida. No tuve ni siquiera tiempo de desayunar esta mañana. Odio la escuela, pero tengo que hacer un esfuerzo por mi mamá. Resignado, boto el resto y salgo del comedor. Todavía no es hora de entrar, así que aguardo en el pasillo, dispuesto a esperar el timbre, cuando las chicas que se habían levantado de la mesa anteriormente se acercan y, la de pelo rubio me da una sutil patada en la pierna.
—Oye, ¿qué haces en esta escuela así? ¿No te enseñaron a bañarte? ¡Apestas! — sus amigas ríen con ella, mientras que solo la observo.
—No lo trates así, Lucia — dice una chica en mi defensa.
Cuando nuestras miradas se encuentran, vuelvo a mirar el suelo. Nunca la había visto, pero es una chica con luz propia. Sus ojos negros tienen un potente brillo y no me atrevo a volver a mirarla. Su belleza me ha deslumbrado, a tal grado de que mi mente está en blanco.
—¿Estás defendiendo a este asqueroso, Noah? Ni siquiera se sabe bañar. ¿Has olfateado el repugnante olor que emerge de su piel?
—Eso ha sido extremadamente grosero de tu parte, Lucia. No puedo soportar que trates a los demás así, mejor me voy— oír eso, hace que levante la mirada y vuelva a cruzarla con ella—. Adiós, Caden — sonríe dulcemente, antes de seguir caminando por el pasillo.
¿Cómo sabe mi nombre? ¿Acaso es ella un ángel?