CAPÍTULO 24 Lo que queda cuando se rompe la verdad El hotel en Veracruz era pequeño, de esos que reciben viajeros cansados que solo necesitan una cama y silencio. Nada lujoso, ni elegante. Pero esa mañana era exactamente lo que necesitaban. Dylan había manejado en silencio casi todo el camino desde la base naval. Gustavo iba en el asiento delantero, atento a Mayte por el espejo retrovisor. Ella no había dicho una palabra desde que se subió al auto. Ni una. Ni para quejarse. Ni para explicar nada. Solo miraba por la ventana. Veracruz amanecía con ese movimiento lento de las ciudades costeras. El aire olía a mar, y desde el hotel se alcanzaba a ver el golfo de México en todo su esplendor. La luz dorada de la mañana se reflejaba en el agua mientras el aroma del café recién hecho esca

