12 Lejos no alcanza

1114 Words
Capítulo 12 Lejos no alcanza El autobús avanzaba por la ruta como si conociera el camino. Jesús mantenía la frente apoyada contra el vidrio, mirando cómo el paisaje cambiaba, cómo los árboles se volvían líneas borrosas y los carteles aparecían y desaparecían antes de que pudiera leerlos. Todo se movía hacia adelante con una seguridad que le resultaba ajena. Él no estaba seguro de nada. Ni de haber hecho lo correcto. Ni de merecer otra oportunidad en la familia. Ni de poder respirar lejos de ella. Llevaba el bolso entre las piernas, cerrado con una fuerza absurda, como si temiera que, si lo soltaba, todo lo que había intentado ordenar durante la madrugada saliera despedido por el pasillo: el beso, el grito de Dylan, el golpe seco contra el piso, la mirada de Mayte cuando entendió que ya nada volvería a ser igual. Se tocó el pómulo. La inflamación seguía ahí, viva, ardiente, recordándole que el pacto se había roto en el mismo instante en que decidió acercarse a esos labios que había aprendido a evitar durante años. No culpaba a Dylan. ¿Cómo iba a hacerlo?Nunca lo haría. Si alguien había cruzado el límite, había sido él.Habia hecho todo mal en un impulso. Cerró los ojos. La escena volvió sin pedir permiso. La mano de ese tipo sobre Mayte. La rabia. La necesidad de sacarla de ahí. La palabra novia saliendo de su boca antes de que pudiera detenerla. Y después… El único momento en su vida en el que todo fue verdad. El calor de sus labios respondiendo. El silencio que siguió. La condena. Exhaló despacio, pero el aire no alcanzó. No servía irse. No servía poner kilómetros entre su error y su nombre. Porque Mayte no vivía en la ciudad. Vivía en su corazón. El conductor anunció la llegada a la terminal y Jesús tardó en reaccionar. Bajó con movimientos mecánicos, sintiendo que su cuerpo cumplía órdenes que su corazón todavía discutía. La base naval estaba a unos minutos en taxi; había repetido esa información tantas veces que casi parecía parte de un plan, como si realmente hubiera pensado cada paso. Mentira. Había huido. Subió al auto y miró sus manos. Todavía le temblaban. La entrada de la base imponía respeto. Rejas altas, banderas, hombres que caminaban con la seguridad de quienes sabían exactamente quiénes eran y qué lugar ocupaban en el mundo. Jesús se preguntó cuánto tiempo tardaría en sentir algo parecido. Dio su nombre en la recepción. Entregó los papeles. Firmó formularios que apenas leyó. Un hombre con uniforme impecable le explicó horarios, normas, castigos, jerarquías. Castigos. La palabra se le quedó pegada. Tal vez eso era lo que necesitaba. Una estructura más dura que su culpa. Algo que lo obligara a pensar en otra cosa que no fueran los ojos de Mayte mirándolo como si estuviera a punto de romperse. Lo guiaron hasta el alojamiento. Una habitación compartida, ordenada, impersonal, con camas alineadas y lockers numerados. Apoyó el bolso en la suya y se sentó. Ahí estaba. Había logrado irse. Y sin embargo, el dolor había llegado primero. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre las manos. —Hice lo correcto —se dijo. La frase sonó aprendida. No la creída. Hizo lo correcto para la familia. Para Dylan y para el apellido. Para esa idea de normalidad que todos defendían como si fuera sagrada. Pero cuando intentaba repetirse que había hecho lo correcto para él, algo se le quebraba adentro. Porque no se arrepentía de nada. Y esa era la peor parte. No se arrepentía de haberla besado. Se arrepentía de que nadie pudiera entenderlo. Se levantó cuando llamaron a formación. Caminó junto a los demás, escuchó instrucciones, aprendió nombres, repitió respuestas automáticas. Durante algunas horas logró funcionar. Su cuerpo obedecía. Corría. Saludaba. Asentía. Pero cada pausa era una trampa. En cada silencio aparecía ella. Mayte riéndose con la boca llena de torta el día de su cumpleaños. Mayte cayéndose en el arenero y buscándolo con la mano. Mayte dormida en el auto, apoyada sobre su hombro, confiando en él. ¿Cómo se dejaba de amar algo que había crecido al mismo tiempo que uno? ¿Como? No pudo. Ni siquiera intentarlo alcanzaba. Al terminar la tarde, volvió a la habitación y se miró en el espejo del baño. El moretón estaba más oscuro. El labio seguía cortado. La furia de Dylan no era odio. Era terror. Y Jesús entendía ese terror mejor que nadie. Si la familia se enteraba… si empezaban las preguntas… si descubrían que él no se arrepentía… Podía romperse todo. El abrazo de los domingos. Las comidas largas. La manera en que Mayte se sentaba entre ellos creyéndose a salvo. Apoyó las manos en el lavamanos. —Perdón —susurró, sin saber exactamente a quién. Tal vez a Dios. Tal vez a Dylan. Tal vez a esa versión de sí mismo que había prometido ser bueno. El celular vibró en el bolsillo. Durante un segundo pensó que podía ser ella y el corazón le dio un golpe tan fuerte que tuvo que sostenerse del borde. Pero no era ella. Era Javier. Miró el mensaje sin abrirlo. Lo sabía antes de leerlo. Javier siempre estaba donde la verdad empezaba a doler. Respiró. Abrió. “Vino a buscarte y preguntó por ti.” Nada más. Jesús dejó caer la espalda contra la pared. Mayte había preguntado. Eso significaba que todavía existía un hilo. Que no lo había borrado. Que no lo odiaba por lo que le hizo. Y al mismo tiempo era una tortura. Porque ahora sabía que irse no la había salvado. La había dejado sola con todo el ruido. Apretó el teléfono entre los dedos. Podía responder. Podía pedir que la cuidaran. Podía mandar un mensaje que dijera que estaba bien, que todo iba a acomodarse, que algún día entenderían. Pero cualquier palabra era una promesa. Y no estaba seguro de tener derecho a prometer nada. Deslizó el chat hacia abajo. Lo cerró. Se dejó caer en la cama mirando el techo desconocido de esa habitación que no tenía recuerdos de infancia, ni fotos compartidas, ni olor a hogar. Había conseguido exactamente lo que buscaba. Distancia. Orden. Castigo. Y sin embargo, mientras la noche empezaba a meterse por la ventana, entendió algo que le dolió más que el golpe en la cara. Podía alejarse de la ciudad. Podía cambiar de uniforme. Podía obedecer nuevas reglas. Pero no había un lugar en el mundo lo suficientemente lejos para dejar de amarla aún sabiendo que estaba mal. El mensaje siguió sin respuesta. Y el nombre de Mayte latiendo, intacto, donde más dolía. En su corazón.
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