13 Lo que nunca pregunté

1371 Words
CAPÍTULO 13 Lo que nunca pregunté La mañana empezó con un timbre suave, insistente, que Mayte sintió como una mano empujándole el pecho. Abrió los ojos con esa pesadez rara que no era sueño: era la mezcla de resaca emocional y vergüenza, como si el cuerpo todavía estuviera intentando entender qué parte de lo vivido era real y cuál había sido una pesadilla mal contada. Desde el pasillo llegaba el murmullo apagado de voces, pasos medidos, puertas que se cerraban con más cuidado del habitual. En esa casa, cuando algo estaba roto, todos caminaban más lento. Mayte se sentó en la cama y respiró hondo. El aire le raspó la garganta. En su cabeza seguía la misma secuencia: el beso, los golpes, el silencio. Y después… la ausencia, que era peor que cualquier grito. La puerta de su cuarto se abrió apenas, lo justo para asomarse sin invadir. Rosa, su abuela, apareció con el pelo prolijamente recogido, la cartera colgándole del antebrazo y la mirada llena de esa energía práctica que siempre traía consigo, como si pudiera ordenar el mundo solo por estar presente. —Buen día, mi vida —dijo, bajito, como si la casa estuviera enferma—. ¿Te levantás? Hoy tenemos lo de la universidad. Mayte parpadeó, tratando de ubicarse. —¿Hoy…? —murmuró. —Sí, mi amor. Era hoy. Tu padre iba a ir, pero… bueno… —Rosa hizo un gesto con la mano,que decía ya sabés sin nombrar nada—. Me dijo que le salió un almuerzo imposible de negar. Lo de la Estrella Michelin… esas cosas que él no puede rechazar. Mayte tragó saliva. Le molestó esa excusa, aunque entendiera el peso social que tenía para su padre. Su restaurante seguía siendo unos de los mejores de la ciudad.En otro momento habría sido una anécdota. Hoy, en cambio, sonaba a huida elegante. Detrás de Rosa apareció Juan Alberto, sonriente, cuidadoso, con ese modo de mirar que siempre parecía calcular dónde apoyarse para no herir. Le hizo una seña suave, como saludo, y se quedó en el marco de la puerta sin dar un paso de más. —Si no te sentís bien, lo pasamos para otro día —agregó Rosa, acercándose—. Pero quizás te haga bien salir, respirar otro aire. A veces creemos que la tristeza es por una sola cosa, pero es más grande que eso. Yo también estoy triste porque Jesús se fue sin despedirse, pero si eligió volar, tenemos que dejarlo que abra sus alas. Mayte sintió que los ojos le ardían. No era solo tristeza por eso. Era rabia, desconcierto, abandono. Era la sospecha creciente de que la partida de Jesús escondía algo que nadie quería decir en voz alta. Porque lo que le estaba pasando no era únicamente por el beso. El ya antes había decidido irse. Era la sensación de que su historia había sido escrita por otros y de golpe, alguien había movido las páginas sin avisarle. —Voy —dijo, sin mucha voz—. Abuela, ¿me preparás algo rico? Me cambio y bajo. Rosa le acarició la mejilla con un gesto maternal y se fue, cerrando despacio. Juan Alberto bajó primero. Mayte se levantó, eligió ropa sin mirar demasiado, se ató el pelo y bajó las escaleras. En el comedor, Elena estaba de pie con el celular en la mano, como si acabara de cortar una llamada. Sonrió apenas al verla, pero sus ojos no acompañaron el gesto. —¿Vas con la abuela? —preguntó, cuidando el tono. —Sí. A ver la universidad. —Si no quieres esa hay otras posibilidades. Mayte asintió como si esa frase fuera un salvavidas. Le acomodó un mechón detrás de la oreja. —Está bien. Después me contás, ¿sí? Mayte quiso responder: “¿contarte qué, si ustedes no me cuentan nada?”, pero dejó morir la frase antes de que llegara a su boca. No tenía fuerzas para otra guerra hoy. Salió con Rosa y Juan Alberto. El auto avanzó envuelto en esa normalidad forzada que adoptan las familias cuando prefieren fingir estabilidad antes que abrir una herida. Rosa habló de cosas pequeñas. Juan Alberto asentía. Mayte miraba por la ventana. A mitad del camino, la pregunta salió sola. —Abuela… ¿José Luis es nuestro abuelo de verdad? El silencio cambió de forma. Juan Alberto fijó la vista en el tránsito como si la calle exigiera toda su concentración. Rosa tardó apenas un segundo. Pero Mayte ya sabía medir los segundos. —Mi amor… siempre le dijeron abuelo —respondió con una sonrisa demasiado cuidada—. Desde chiquitos. Costumbre. Cariño. Mayte no retrocedió. —¿Pero es el papá de papá? Rosa le apretó la mano. —No, Mayte. El padre de Alejandro es Varela. José Luis fue alguien que estuvo cuando más se lo necesitaba. Es un hombre bueno. Por eso quedó el nombre. No te enrosques en cosas del pasado. No te enrosques. Otra vez la pared. Mayte comprendió que la respuesta no intentaba aclarar: intentaba cerrar. Llegaron a la universidad. Gente, risas, planes. Un lugar donde nadie hablaba en códigos. La orientadora preguntó qué quería estudiar. Mayte respiró. —Administración de Empresas… por ahora. Firmó. Recibió papeles. Rosa la abrazó. —Te va a ir bien. Sos más fuerte de lo que te hicieron creer. Ahora vas a ser libre de tus primos.Sonrio haciendo esa broma. Libre. La palabra brilló y dolió al mismo tiempo, porque Mayte no quería libertad a cambio de perderlo todo. Pensó en Javier y en Gustavo. Dos días sin un mensaje. Dos días de silencio que pesaban más que cualquier reproche. Cuando volvieron, la sombra seguía acompañándola. Subió a su cuarto. Abrió el celular. Entró al chat de Jesús. Escribió: Hola. Nada más y espero. Pero del otro lado no hubo nada. El vacío de la pantalla le confirmó que el silencio también podía ser una respuesta. Dejó el teléfono. Escuchó a su madre avisarle que estaría ocupada en el restaurante por la visita de los inspectores de la guía. Le preguntó si quería ir. Mayte negó. Necesitaba hacer otra cosa. Los empleados estaban distraídos. Caminó hasta el despacho de su padre. Nunca entraba sin permiso. Recordó aquella vez, de chica, cuando había abierto un cajón y Alejandro lo cerró con llave de inmediato. Recordó la sensación de que había cosas prohibidas, mundos que no estaban hechos para ella. Hoy no era una nena.Ya con 18 años podía enfrentar las consecuencias de sus actos.¿No? Buscó. Encontró el llavero dentro de un cofre marrón. La llave entró. Giró. El cajón cedió. El ruido le pareció enorme. Empezó a revisar. Álbumes. Sobres. Papeles. Y entonces, casi sin pensar, tomó un pendrive pequeño y lo deslizó dentro del bolsillo del pantalón. Después miró fotos. Reconoció a su padre joven. Reconoció al señor Varela por la foto que tiene en el escritorio. Reconoció a Julián su difunto tío. Y a su lado, una mujer. Elegante. Seria. Con la mano apoyada sobre el hombro de Alejandro su padre. Mayte frunció el ceño. A esa mujer no la había visto jamás. No existía en ningún relato, en ninguna sobremesa, en ninguna historia repetida. Giró la foto. Nada. Solo una palabra. Familia. Después El tío Julián con una mujer hermosa y un bebé. ¿Porque no se de ellos? ¿Quien es ese bebé? Sintió un golpe seco en el pecho. Eso no era descuido. Eso era alguien decidido a borrar esos recuerdos. Apoyó las fotos sobre el escritorio. El celular vibró. Falsa alarma. Jesús seguía sin responder. Mayte apretó los labios. Sí, le dolía y lo extrañaba. Pero por primera vez el dolor tenía competencia. Ahora había otra urgencia. Ese abuelo sin apellido ni Varela ni Duarte... Ese lugar ambiguo. Esa presencia que todos aceptaban sin explicar. Apoyó la frente contra la madera. Respiró. —Necesito saber. No era capricho.No sabía porque pero necesitaba saber. Tomó las fotos y también la guardó. Guardó todo como estaban y salió. Mientras la casa seguía funcionando como si nada, Mayte comprendió que había heredado amor, protección, abrazos. Pero también había heredado muchos silencios. Y acababa de decidir que no iba a vivir dentro de ellos.
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