Capítulo 14 El pacto ya no alcanza
El parque seguía siendo el mismo.
El banco de madera inclinado hacia atrás, la canchita de tierra con los arcos torcidos, el árbol enorme que en verano daba sombra y en invierno guardaba secretos. Allí habían aprendido a andar en bicicleta, habían escondido cigarrillos que nunca se animaron a fumar, habían hablado de chicas, de miedo, de futuro.
Allí habían crecido, celebrado y
habían jurado cosas que parecían eternas.
Dylan llegó primero.
No porque tuviera apuro, sino porque si se permitía un minuto más de duda, iba a volver a su casa y fingir que nada estaba pasando. Se quedó de pie frente al banco, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada, mirando el lugar como si también él le hubiera fallado.
Javier y Gustavo aparecieron juntos por el sendero de grava. Caminaban como siempre, acompasados, atentos, con esa vieja costumbre de grupo que los hacía parecer invencibles.
Pero esa tarde no había nada invencible en ellos.
Se sentaron.
Gustavo repartió las botellas de cerveza sin alcohol que había traído del kiosco de la esquina. El vidrio estaba frío y húmedo. Ninguno hizo el gesto de brindar.
Dylan destapó la suya y bebió demasiado rápido, como si el líquido pudiera arrastrar la furia que le raspaba por dentro desde la fiesta.
Apoyó la botella entre las piernas.
Respiró.
—Hablemos.
No era una invitación.
Era una orden cansada.
Javier levantó la vista.
Gustavo entrelazó las manos.
Los dos sabían que no estaban ahí para acompañarse.
Estaban ahí para terminar de partirce.
—¿Cómo está? —preguntó Javier.
No dijo Mayte.
No hizo falta.
Dylan miró hacia el suelo.
—Enojada. Triste. Perdida.
Tragó saliva antes de seguir.
—Casi no sale del cuarto. Y cuando aparece, mira como si alguien hubiera cambiado todas las reglas sin avisarle.
El nombre de ella se acomodó entre los tres, inevitable.
Mayte.
Siempre Mayte.
Dylan levantó la cabeza.
—Nosotros prometimos cuidarla.
No estaba acusando.
Estaba recordando.
Javier asintió lentamente.
—Sí.
Dylan sostuvo su mirada.
Y soltó lo que venía masticando desde la noche anterior.
—El pacto se terminó.
El viento movió las hojas del árbol.
A lo lejos, unos chicos gritaban por un gol.
En el banco, el mundo se había detenido.
Gustavo dejó de respirar por un segundo.
Javier frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
Dylan habló despacio, pero cada palabra caía como piedra.
—Ya no somos lo que éramos. Que alguien cruzó un límite que no tiene vuelta atrás.
Javier se inclinó hacia adelante.
—No fue como pensás.
Dylan soltó una risa breve, sin alegría.
—Yo lo vi.
—Viste el final de todo—respondió Javier—. No viste cómo empezó.
Y siguió, antes de que Dylan pudiera interrumpir.
—Ese pibe estaba encima de Mayte desde hacía rato. Pesado, insistente, diciendo que quería besarla, que por qué siempre estábamos alrededor. Jesús reaccionó. Fue un impulso.
Dylan apretó la botella hasta que sus nudillos quedaron blancos.
—Le dijo que la amaba.
La frase salió rota.
—Eso no fue amor de primo.
Javier sostuvo la mirada.
Sabía que ahí estaba la herida.
Y decidió no esquivarla.
—No.
Dylan parpadeó.
—¿No qué?
—No fue de primo. La mira distinto desde hace mucho.
El golpe fue mudo, pero brutal.
Gustavo miró a Javier, sorprendido por la crudeza.
Dylan quedó inmóvil.
—¿Lo sabías?
—Sí.
—¿Y te callaste?
Javier respiró hondo.
—Jesús se estaba matando solo. Se alejaba,evitaba quedarse a solas. Pensé que iba a poder guardarlo en su corazón.Eso le duele más a él que a todos.
Dylan rió sin humor.
—Bueno, no pudo guardarlo.
El silencio se volvió cruel.
Dylan pasó una mano por su pelo.
—Ahora entiendo todo. Cada vez que alguien se acercaba a ella. Las caras, los comentarios, las peleas. Yo creí que era protección… pero había otra cosa.
Se inclinó.
—Ese beso no nació anoche.
Nadie discutió.
Porque todos lo sabían.
—Nos juramos que nadie la iba a lastimar —insistió Dylan.
Javier respondió con calma.
—Él tampoco quiso lastimarla.
—¡La besó! Gritó Dylan.
—La defendió.
—La confundió.Volvio a elevar la voz Dylan enojado.
—Está confundido él también.
Las palabras chocaron.
Dylan se levantó del banco.
La grava crujió bajo sus zapatillas.
—No lo defiendas.
Javier se puso de pie frente a él. Dylan le sacaba años y altura, pero ninguno retrocedió.
—No lo defiendo —dijo firme—. Estoy tratando de que no hagas algo que después no puedas arreglar.
—No tengo nada que arreglar con él.
Ahí fue.
El punto de quiebre.
Javier lo miró como si acabara de perderlo.
—Entonces tampoco hables conmigo.
Dylan sintió el golpe en el pecho.
—¿Qué?
—Si decidís borrarlo como si nunca hubiera sido tu familia, yo no voy a acompañarte. Él es mi hermano.
— Yo soy tu primo y él hizo algo imperdonable.
— Lo se pero no estoy de acuerdo.Yo te quiero —respondió Javier—, pero más lo quiero a él.
Quedaron frente a frente.
Años de historia vibrando en el aire.
—Si no querés hablar con Jesús —dijo Javier, más bajo—, entonces no vas a hablar conmigo.Yo tampoco soy tu familia.
Se dio vuelta.
Y se fue.
Sin mirar atrás.
Dylan quedó respirando fuerte, mirando el camino vacío.
Gustavo permaneció callado.
El único que no llevaba el apellido.
Pero llevaba el amor de familia en el corazón.
Se levantó despacio.
—Yo no soy primo de sangre —dijo—. Pero esta familia es mi casa. Los vi crecer, vi cómo nos cuidamos, cómo nos elegíamos.Como éramos inseparables.
Tragó saliva.
—No la rompas ahora por enojo o por orgullo.
Dylan negó.
—No es orgullo.
Gustavo sostuvo su mirada.
—Entonces es miedo.
Y tal vez nunca le habían dicho algo tan cierto.
El teléfono vibró en el bolsillo de Dylan.
Miró la pantalla.
Era de Francia.
Se alejó unos pasos.
Contestó.
—Hola.
La voz del otro lado no saludó.
Preguntó.
Exigió.
Dylan escuchó en silencio, con la vista clavada en el suelo.
Cuando respondió, lo hizo apenas.
—No voy a volver.
Del otro lado hablaron rápido, heridos, incrédulos.
Dylan cerró los ojos.
—No puedo volver.
La discusión siguió.
Más dura.
Más personal.
Hasta que llegó la frase final, esa que partía caminos.
Dylan respiró.
Y eligió.
—Entonces… está bien.
El corte sonó definitivo.
Se quedó quieto unos segundos antes de volver.
Gustavo entendió todo con solo verle la cara.
—¿Se terminó?
Dylan asintió.
Miró el sendero por donde Javier había desaparecido.
Pensó en Jesús.
Pensó en Mayte.
Pensó en la infancia.
Y entendió algo que le dolía más que cualquier traición.
No podía protegerlos de lo que sentían.
Levantó la botella.
Pero no brindó.
—El pacto ya no alcanza.
El viento movió las hojas otra vez.
Y por primera vez, Dylan comprendió que el enemigo no estaba afuera.
Estaba creciendo dentro de la familia.
Y nadie sabía cómo detenerlo.