6 El beso que lo rompió todo

1204 Words
CAPÍTULO 6— El beso que lo rompió todo La música estaba demasiado alta. Tan alta que hacía vibrar el piso, los vidrios hasta el pecho. Luces de colores giraban sin pausa, cruzándose en las paredes, chocando unas con otras, como si nadie estuviera a cargo de nada. Los cuerpos se movían desordenados, risas exageradas, voces que ya no distinguían límites ni tonos. Era la fiesta de graduación de los chicos. La que venía después de las fotos prolijas, los abrazos familiares, los discursos emocionados y las promesas dichas con la voz temblorosa. Después de los “Estamos orgullosos de vos ”, de los flashes, de los padres llorando sin disimulo. Pero ahora era otra cosa. Era la noche sin adultos. Sin miradas que controlaran. Sin horarios. Sin reglas claras. Mayte estaba ahí con Jesús, Javier y Gustavo. Los cuatro juntos, como siempre. O al menos, eso creía ella. Había alcohol. Botellas pasando de mano en mano, latas abiertas sin preguntar que era lo que estabas tomando, vasos que se llenaban sin medir consecuencias. El aire estaba raro, cargado de calor, de humo, de euforia mal contenida. Mayte sentía una incomodidad que no sabía explicar. No era miedo. Era esa sensación vieja de estar siempre observada, siempre acompañada, incluso cuando no lo pedía. Intentaba relajarse, reír, moverse al ritmo de la música, pero algo en su cuerpo estaba alerta. Su compañero Ian apareció otra vez. Había sido insistente durante años, de esos chicos que no entienden un no si no viene acompañado de un grito. Esa noche fue distinto.Se notaba tomado y seguramente convencido de que nadie iba a frenarlo. —Dale, Mayte… no seas así —le dijo, mientras la arrinconaba contra una pared, con una sonrisa torcida que no llegaba a los ojos—. Siempre te haces la difícil. Ella apoyó las manos en su pecho para mantener la distancia. El olor a alcohol, llegó antes que sus palabras. —Estás borracho —respondió, firme—. Andate. No busques lío. Ian se rió. No se movió.Hizo todo lo contrario. Se inclinó más. Su cuerpo invadía un espacio que no era suyo. —¿Por qué no? Si no tenés novio… siempre estás sola… o con esos tres chiflados que te siguen como perros. Mayte giró la cara cuando él intentó besarla. El beso no llegó a tocarla, pero el intento fue suficiente para que algo se tensara dentro de ella. —No —dijo, con una firmeza que le nació desde el estómago—. No quiero. Dejame. Estás borracho, fumado… andate. No alcanzó a sacárselo de encima. Antes de que pudiera gritar, antes de que pudiera salir de ahí, una presencia se interpuso entre ellos. Jesús lo agarró del brazo con fuerza y lo sacó de encima de Mayte. El gesto fue rápido, preciso, cargado de una rabia contenida desde hacía demasiado tiempo. —Andate, Ian —dijo, con la voz baja, tensa—. ¡Ya! Ian lo miró con desprecio, acomodándose la remera como si nada hubiera pasado. —¿Y vos quién sos? ¿El guardaespaldas? —se burló—. Siempre andas en la vuelta de tu primita… Jesús apretó la mandíbula. Sentía el pulso acelerado, la cabeza caliente. Había tomado una lata de cerveza. No mucho. Pero lo suficiente para no pensar. —Dejá de molestar a mi novia —soltó. El ruido alrededor parecía apagarse por un segundo. Ian abrió los ojos, sorprendido, y después se rió fuerte. —¿Tu novia? —repitió—. Pero si es tu prima. ¿O ahora también sos un degenerado? Jesús no respondió y tampoco lo pensó. El alcohol le dio el empujón que la culpa siempre le había quitado.Y el valor que nunca se había permitido. Tomó el rostro de Mayte entre las manos. Sintió su piel tibia, el temblor leve bajo sus dedos. Y la besó. Fue un beso torpe. Apurado. Tembloroso. Pero fue real. Para el fue el paraíso. El beso que Jesús había deseado en silencio durante años. El que había imaginado de mil formas y siempre había enterrado. El que más había querido darle a una chica. El que más había temido dar. Y Mayte no se apartó. Le correspondió. Por un segundo —solo uno— todo lo demás desapareció. La música, la gente, Ian, el ruido. Solo ellos dos. Las manos de Jesús temblando. El corazón golpeándole el pecho como si fuera a romperlo desde adentro. Cuando se separaron, los dos respiraban agitados. Mayte lo miró, pálida, con los ojos brillantes, como si acabara de cruzar un límite. —Fuiste mi primer beso, Jesús —dijo, con la voz apenas audible. Él sintió que el mundo se partía en dos. Porque también lo era para él.La amaba y se odiaba por eso. Porque siempre la había amado. Y porque creía que no tenía derecho a nada de eso. —Mayte… —alcanzó a decir. No terminó la frase. Porque sintio un golpe seco que lo tiró hacia atrás. Luego otro y otro. Dylan. Había llegado directo del aeropuerto. Sin cambiarse. Sin avisar. Quería verlos. Sorprenderlos. Abrazarlos. Y vio eso. Vio a Jesús besando a su hermana. —¡¿QUÉ HICISTE?! —gritó, antes de volver a pegarle. Jesús cayó contra una mesa. El ruido atrajo miradas. Gritos. Alguien intentó meterse, pero Dylan estaba fuera de sí. —¡Es tu prima! —rugió—. ¡Tu prima! ¿Cómo la vas a besar así? —¡Pará! —gritó Mayte, llorando—. ¡Pará, Dylan! Dylan no la escuchaba. —¡No sos más nada! —le gritó a Jesús—. ¡No sos más de esta familia! Otro golpe. Jesús levantó la cara como pudo. Tenía el labio partido, la vista nublada. —Perdoname —dijo—. Perdón… yo no quise. Se giró hacia Mayte. —Perdón —repitió, llorando—. Yo te amo. El silencio fue brutal. Mayte se soltó de quien intentaba frenarla y se metió entre los dos. —¡No le pegues más! — gritó a Dylan—. ¡Me estaba defendiendo! ¡Me estaban acosando! Dylan la miró, desencajado. —¿Y vos le devolviste el beso? —escupió—. ¿Vos también? Mayte lloraba. —Fue sin querer —dijo—. Yo… yo también me equivoqué. ¡Fue culpa mía! —No —dijo Jesús, incorporándose con dificultad—. No fue tu culpa. Javier apareció corriendo y se puso delante de su hermano. —Ya está, Dylan —dijo, firme—. Se terminó. Gustavo agarró a Dylan por detrás, inmovilizado su cuerpo. —Basta —le dijo al oído—. Ya basta. Dylan respiraba agitado. Los ojos llenos de rabia y miedo. —Esto no tenía que pasar —murmuró—. Nunca. Javier tomó a Jesús del brazo. —Vamos, hermano —le dijo—. Esto se terminó acá. Jesús miró a Mayte una última vez. Ella estaba llorando. Y él también. Se dejó llevar por Javier. La música volvió a sonar, pero nada era igual. Esa noche, algo se había quebrado para siempre. Y ninguno de los cinco iba a salir ileso de ese beso.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD