CAPÍTULO — El día que se abrió el mundo
Pasaron tres años en un santiamén.
Tres años que no se sintieron iguales, aunque el calendario insistiera en marcar las fechas de la misma forma.
Mayte estaba de pie frente al escenario del colegio, con la toga cayéndo sobre los hombros y el diploma apretado entre las manos, como si pudiera escaparse en cualquier momento.
El ruido del auditorio era un murmullo constante, una mezcla de aplausos anticipados, celulares levantados y voces contenidas. Aun así, ella sentía que todo ocurría en cámara lenta, como si el tiempo se hubiera estirado solo para ese instante.
Ella y Jesús se habían graduado juntos.
Navidad los había unido al nacer y de algún modo extraño, el destino volvía a colocarlos uno al lado del otro en los momentos importantes. La foto los encontró así: muy prolijos, sonriendo con una corrección que no reflejaba del todo lo que llevaban adentro, un poco más adultos de lo que se sentían por dentro.
Mayte pensó que esa imagen iba a quedar guardada para siempre.
Como un recuerdo feliz.
La familia estaba presente esperando verlos tirar el birrete.
Todos.
Menos Dylan.
Mayte lo buscó igual entre la gente, aun sabiendo que no iba a encontrarlo. Era un gesto automático, casi inconsciente. Sus ojos recorrieron las filas una y otra vez, deteniéndose en rostros conocidos, esquivando otros, como si en algún descuido él pudiera aparecer.
Pero no.
Dylan ya no estaba ahí para ocupar ese espacio grande, visible, protector. No había podido llegar. Se lo habían dicho antes, con cuidado, como si la noticia pudiera romper algo frágil que ya venía tensionado.Ella lo extrañaba.
—Viene dos o tres veces al año —le había dicho su mamá—. Siempre para Navidad. Sabés que, si pudiera, estaría acá.
Mayte lo sabía y tambien lo entendía.
Pero ese día lo quería ahí.
Quería verlo entre la multitud, cruzar miradas, sentir que no todo había cambiado. Que todavía había alguien sosteniendo el borde de su mundo, alguien que le recordara que no estaba sola en medio de tantas decisiones nuevas.
Javier estaba a unos metros más atrás, serio, con las manos cruzadas delante del cuerpo, observando todo sin intervenir. Gustavo a su lado, rígido, como si no supiera dónde poner el cuerpo ahora que la ceremonia avanzaba sin que hubiera nada que proteger.
Ellos también lo sentían.
No hablaban de eso, pero lo sentían en los silencios, en la forma en que se miraban, en la tensión que se les colaba en los hombros.
El año siguiente iba a cambiarlo todo y para todos.
Mayte se iría a la Universidad.
Jesús también aunque la base naval estuviera en la misma ciudad, aunque no fuera una despedida definitiva, ya no iba a ser lo mismo. Las rutinas se iban a romper. Las coincidencias diarias dejarían de existir.
El “siempre juntos” empezaba a resquebrajarse, y nadie parecía tener la fuerza suficiente para evitarlo.
Jesús había elegido su camino con una claridad que a ella todavía le faltaba. Iba a estudiar para ser piloto de aviones. Desde chico había hablado de volar, de irse, de mirar el mundo desde arriba. Siempre había sabido hacia dónde ir.
Mayte, en cambio, estaba parada frente a un cruce que no lograba ordenar.
Administración de empresas.
O repostería.
Una opción era lógica, segura, esperable.
La otra era pasión pura, manos manchadas de harina, horas interminables, una felicidad que no sabía explicar con palabras.
Y por primera vez en su vida, no quería que nadie decidiera por ella.
Quería crecer sola.
Eso era lo que más la inquietaba… y lo que más deseaba.
Porque, aunque Dylan se había ido años atrás, la muralla no se había caído. Al contrario. Los otros tres habían ocupado su lugar con más fuerza que nunca, como si su ausencia los hubiera obligado a cerrarse aún más alrededor de ella.
No la habían soltado aunque ella gritara o pataleara.
La habían apretado.
Ese último año del liceo había sido el más silencioso de su vida.
No porque no pasara nada.
Sino porque Mayte ya no peleaba.No les mostraba su enojo.
Aguantaba.
Había aprendido a callarse, a ceder, a aceptar decisiones ajenas sin discutirlas.
Una tarde en gimnasia un chico la había invitado a salir una vez. Nada importante. Ni siquiera le gustaba. Pero Jesús se había metido. Había opinado. Había marcado un límite que nadie le había pedido. Había decidido sin preguntarle.
Discutieron.
No porque ella quisiera salir con ese chico, sino porque Jesús no tenía derecho a intervenir.
—No te metas en mi vida —le había dicho ella, cansada, con una serenidad que dolía más que un grito—. No sos mi dueño.
Jesús no había sabido qué responder.
Y ese había sido el problema durante años.
Mayte no había tenido novio en el liceo.
Nunca.
No porque no quisiera.
Sino porque nunca estaba sola.
Siempre había alguien. Siempre alguien vigilando, opinando, cuidando. Habían llegado a decir —primero en chiste, después en serio— que ella no necesitaba a nadie más que a ellos. Que con esa familia ya lo tenía todo.
A Mayte le había dolido escucharlo.
No porque no los quisiera.
Sino porque era mentira.
Ella necesitaba algo más.
Necesitaba equivocarse y elegir.
Necesitaba caer y levantarse sin que nadie la rodeara como si fuera de vidrio.
Su madre no siempre le creyó, hasta que un día lo vio con claridad. Gustavo caminando detrás de ella en un acto del colegio, atento, pegado, como si el mundo pudiera tragársela en cualquier momento.
—Dejala respirar —le había dicho—. Está creciendo.
Gustavo había bajado la cabeza. No por sentir culpa.Si no por costumbre porque después volvía.
Y ahora, con el diploma en la mano, Mayte sintió algo nuevo.
Se empezó a sentir libre con miedo, algo temblorosa.
Pero era real se alejaría por un buen rato de sus primos.
Sabía que los iba a extrañar.
Sabía que los necesitaba.
Pero también sabía que, por primera vez, el mundo se abría sin que nadie lo cerrara alrededor de ella.
POV Jesús
Jesús la miró de reojo mientras bajaban del escenario.
La conocía de memoria, y aun así no lograba reconocerla del todo.
Ella estaba distinta.
No más linda, la veía más lejos.
Ese día, la separación le dolía y al mismo tiempo, lo aliviaba. Pensó que tal vez la distancia iba a calmar sus pensamientos.
Que estudiar, volar, moverse, iba a hacer que todo se acomodara adentro, que ese amor mal ubicado encontrara un lugar donde no doliera tanto.
No sabía cómo ese sentimiento desperto solo sabía que un día despertó amándola.
Se sentía sucio por querer así a su prima.
Estaba perdido.
Enamorado y avergonzado.
La miró caminar unos pasos adelante, sonriendo para la familia, agradeciendo abrazos, sosteniendo una emoción que parecía nueva incluso para ella. Sintió orgullo y culpa. Todo mezclado.
El único que sabía lo que llevaba adentro de corazón era Javier. Y su hermano ya no encontraba palabras para ayudarlo. Lo veía cansado, desgastado por algo que no se podía decir en voz alta.
Cuando se abrazaron al final, Jesús la sostuvo un segundo de más.
No planeó lo que le dijo al oído.
No lo pensó.
Simplemente pasó.
—Ojalá todos tus sueños se hagan realidad. Te quiero mucho—le dijo, mirándola a los ojos, intentando que la voz no le temblara.
—A ti también —respondió ella, sonriendo—. Te adoro.
Jesús tragó saliva.
Mi único sueño no se va a cumplir nunca, pensó.
Porque yo te amo.
Después bajaron a saludar a la familia.
Y mientras los aplausos se apagaban y la gente empezaba a dispersarse, Jesús entendió algo que le dolía:
El mundo no se estaba abriendo solo para Mayte.
También se estaba abriendo para él.
Y no sabía si estaba preparado para lo que venía después.