La noche en los dominios de Venobich caía como una capa de ceniza. El cielo, siempre rojizo, se oscurecía con nubes que no traían lluvia, sino advertencia. Los árboles, retorcidos como huesos, se alzaban en silencio, con raíces que parecían moverse bajo tierra. Y entre las sombras, una figura avanzaba. Aerlana. Con la túnica oscura aún cubriéndola, el rostro pálido, los ojos alerta. Había cruzado la frontera del reino Valkon sin ser vista, gracias al túnel que Lucas abrió en la tierra, gracias a la despedida que no pudo terminar, gracias al miedo que la empujaba hacia casa. Pero ya no estaba segura. Porque Venobich no era su hogar. Era una prisión con nombre de reino. Se movió entre las esquinas del palacio, pegada a las paredes de piedra negra, con los pies descalzos so

