La noche había caído sobre el edificio con un silencio pesado, pero Valeria no lo sintió así. Desde su apartamento, escuchó algo que no podía ignorar: gritos. Gritos ahogados, roncos, como si alguien estuviera luchando en la oscuridad. No eran de dolor. Eran de guerra. Y sabía de quién venían. Corrió inmediatamente hacia él pasillo, sin pensar, con el corazón acelerado y la mente llena de culpa, y cuando llegó a la puerta de Damián, lo llamó pero no obtuvo respuesta, él solo gritaba desesperado. Intentó abrirla, pero la puerta no tenía seguro. Giró el pomo sin resistencia y entró con cuidado. El apartamento estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz de la calle que se colaba por las rendijas de la cortina. Damián estaba en el sofá, acurrucado, con el rostro cubierto de sudor, las

