CAPÍTULO 3: El corte más profundo

927 Words
El sonido de la cerradura la despertó. No había dormido, solo había cerrado los ojos un par de horas, sentada en el sofá, con la almohada aún en brazos como si fuese un escudo contra la realidad. La puerta principal se abrió con la suavidad cobarde de alguien que sabe que llega tarde. Alejandro entró. Lucía impecable, como si la noche anterior no hubiera destrozado la vida de nadie. Ropa sin arrugas, cabello en su sitio, perfume caro. Solo sus ojos delataban algo de cansancio. O tal vez era culpa. Isabela no se movió. No lo saludó. No dijo su nombre. Solo lo miró, sentada en el sofá, como si lo analizara desde afuera, con la frialdad de quien por fin ve a su enemigo sin filtro. Él cerró la puerta lentamente y suspiró. —Isabela… —dijo su nombre como si fuera un suspiro, como si eso bastara para barrer los pedazos del escándalo de la noche anterior—. Por favor… no hagamos esto más grande de lo que ya es. Isabela entrecerró los ojos. —¿Más grande? —preguntó con la voz seca, como si le costara articular cada palabra—. ¿Te refieres al video viral o a la parte donde casi te arrodillas con tu asistente en un concierto de Coldplay? Alejandro bajó la mirada. —Fue un error. —¿Error? —ella se levantó despacio—. Error es ponerle azúcar al café cuando lo pediste sin. Lo tuyo fue una decisión. Múltiples. Repetidas. Planeadas. Él dio un paso hacia ella. —No es nada serio, Isa… No significa nada. Solo… fue un impulso. Un mal momento. —¿Te agachaste por impulso? —No me provoques. Ella soltó una risa corta y afilada. Él intentó abrazarla. El muy imbécil intentó abrazarla. Extendió los brazos con esa postura de redención que solo los hombres acostumbrados a salirse con la suya saben usar. Pero en cuanto sus manos rozaron sus hombros, Isabela lo empujó con todas sus fuerzas. Alejandro perdió el equilibrio. Retrocedió un par de pasos y cayó… Justo sobre los restos del cuadro roto de su boda. El crujido fue seco y metálico. Un grito ahogado. Y luego, la sangre. Se había cortado la mano. Profundo. Un tajo largo desde la base del pulgar hasta la muñeca. La sangre cayó en gotas densas sobre la alfombra beige. —¡¿Estás loca?! —gritó Alejandro, mirando la herida—. ¿¡Qué demonios te pasa!? Isabela lo miró, sin pestañear. —¿Te duele? Qué lástima. A mí me arrancaron el alma ayer. Y no sangré así. Él se levantó, furioso, presionando la herida con la camisa. —No tenía que ser así. ¡Podíamos hablar! ¡Arreglarlo como adultos! —¿Arreglarlo? ¿Después de arrastrarme en público? ¿De hacerme parte de un circo digital? ¿De convertirme en tendencia nacional? Él caminó hacia ella con los ojos encendidos. —¡Yo no te hubiera engañado si tú me hubieras dado un hijo! Y ahí, se hizo el silencio. Denso. Inquebrantable. Punzante. Isabela sintió que se le cortaba el aliento. Como si esas palabras la hubieran apuñalado en medio del pecho. No por lo que decían, sino por lo que revelaban. —¿Eso piensas? —preguntó en voz baja, apenas un susurro—. ¿Que te acostaste con Valeria porque yo no pude embarazarme? —No es solo eso —dijo él, nervioso—. Pero sí… a veces uno necesita sentirse completo. Entero. Ser padre. Y tú… tú no pudiste. Isabela dio un paso atrás. Como si sus piernas no pudieran sostenerla. Pero se sostuvo. Por orgullo. Por dolor. Por no darle la satisfacción de verla caer. —¿Y tú crees que yo no lo he sufrido? —su voz ahora era otra. Firme. Filosa—. ¿Crees que no lloré cada prueba negativa? ¿Cada cita con el doctor? ¿Cada tratamiento fallido que me hacía sentir menos mujer? Alejandro bajó la mirada, incómodo. —Me culpé, Alejandro. Me sentí inútil. Vacía. Me odié por no poder darte eso. Y tú, en lugar de sostenerme… fuiste y buscaste un útero más joven. —¡No fue así! —¡Sí fue así! —gritó ella, por primera vez perdiendo el control—. ¡Fue exactamente así! La tensión quedó suspendida entre ellos. Él se acercó, respirando con dificultad. La sangre seguía chorreando de su mano. Su orgullo herido más que su piel. —No tienes idea de lo que es vivir con presión, Isa. Trabajo. Estrés. Expectativas. —¡Y tú no tienes idea de lo que es que te arranquen la dignidad en público y te culpen por no ser madre! —gritó con lágrimas en los ojos, pero sin permitirles caer—. ¿Y sabes qué, Alejandro? Me hiciste un favor. Él frunció el ceño. —¿Qué estás diciendo? Isabela se irguió, altísima, hermosa incluso en su furia. —Gracias. Porque después de lo de ayer… por fin me di cuenta de que no eras el sueño. Eras el ancla. Y yo… quiero volar. Él retrocedió. Más por miedo que por dolor. —Isabela… —Limpia tu herida. Y después, limpia tu conciencia. Porque esta casa ya no es tu refugio. Y con eso, se dio la vuelta. Subió las escaleras. Sin voltear. Sin derrumbarse. Porque había entendido, por fin, que ya no era la esposa herida. Era la mujer que sobrevivió a un CEO… y va a convertir su dolor en imperio
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