Capítulo 4

4630 Words
Ella suspiró una vez atravesó las puertas de la casa y fue a su auto, siempre se había considerado una mujer independiente y sinceramente podía hacer las cosas totalmente por su cuenta, pero una vez se separaba de su esposo empezaba a echarlo de menos. Esa era su forma de comprobar todos los días cuánto lo amaba, una que aprendió por las malas por los malditos seis meses que debía pasar separada de él. En el camino al trabajo solo pensaba en cómo llevar almas al Inframundo, era temporada baja, sabía cuánto le afectaba a Hades no obtener nuevas almas, si bien eso no hacía desaparecer totalmente sus poderes, sí los reducía considerablemente, y a ella le gustaba obsequiarle almas para permitirle utilizarlos. Pero no sé confundan, la fuerza de Hades era inmensurable, igual que la de los demás dioses, solo que ahora las acciones que requerían mucho poder se le dificultan. Mentiría si dijera que no le preocupaba o le angustiaba la precaria situación, pero intentaba mantenerse tranquila por el bien de ambos… En ese momento el teléfono de ella sonó recordándole por la llamada de otra enfermera que llegaba tarde al trabajo. Se había distraído con Hades, pero su presencia le resultaba totalmente embriagadora y como una adicta a la bebida le era casi imposible dejarlo, aunque eso le costará su trabajo. Decidió ignorar la llamada y continuar, no le gustaba que le recordaran las cosas, no era una niña. Así que colocó música y se concentró en disfrutar el viaje, miró el cielo despejado y pensó que sin duda era un hermoso día. — Si tan solo estuviera Hades quejándose del sol todo sería más divertido —dijo para sí misma mientras esperaba el cambio de luz del semáforo, estaba cerca de la clínica y río para si misma pensando en lo afortunada que era al ser una diosa, era intocable en la clínica de Asclepio. Cuando finalmente llegó y estacionó en el puesto que le era conferido le pareció que había aún más movimiento de lo usual en el área de urgencias, así que corrió a los vestidores para cambiarse. Ese día había decidido utilizar un vestido de color rosado pastel con pequeños estampados de rosas, pero lastimosamente debía rendirle cuenta al código de vestimenta. — Al fin decides venir —comentó otra enfermera que buscaba algo en su casillero, le dió una mirada rápida a Perséfone y no hizo falta que está le pusiera mucho cuidado para ver que la mirada era de clara desaprobación. No le agradaba a la mayoría de enfermeras y los doctores temían que ella tocara en su grupo de trabajo. Nadie realmente sabía cómo seguía trabajando ahí con la cantidad de personas que habían muerto bajo su cargo, así que todos pensaron que era por la influencia y riqueza de su esposo, pues Hades donaba una enorme cantidad de dinero a aquella clínica, por ello todos empezaron a apartarla. Sinceramente no le importaba, podía ser sociable y amigable pero aunque no lo admitiera, le gustaba estar con Hades encerrada en el Inframundo, estar con él era para ella como una burbuja de comodidades de la cual no quería salir. No le extrañaba que los humanos creyeran que había sido secuestrada y alejada de su libertad, pobre de aquellos, pues con Hades se sentía más libre que nunca. — ¿Por qué hay tanto movimiento en urgencias? —preguntó ignorando lo anterior, estaba de buen humor, había pasado un fin de semana sin interrupciones con su esposo y sería difícil hacerla molestar después de aquello. — Hubo un accidente de tráfico, un autobús lleno cayó de un elevador, vienen en camino —respondió la enfermera, se llamaba Beatriz y no le simpatizaba Perséfone porque pensaba que era una mujer rica e insulsa que trabajaba de forma inepta y solo estaba ahí por el puesto comprado de su esposo, como todos creían. Aquellas palabras podían sonar tristes para otros, pero para Perséfone fue una noticia excelente, sonrió ampliamente y agradeció estar de espaldas a Beatriz mientras se cambiaba porque aquella no sería la forma correcta socialmente aceptada para reaccionar. Cuando escuchó a la enfermera salir soltó una risita emocionada, terminó de vestirse y corrió con los demás a más puertas donde se recibían las ambulancias. Había pasado una hora apenas y adquirió su primera alma del día, la paciente Rosalin Jones, una mujer de treinta y dos años. Perséfone la vio ahogándose en su propia sangre, una vez estabilizada y cuando su habitación había quedado vacía se acercó a ella, estaba entubada por lo cual no podía hablar. — Hola Rosalin, soy Perséfone, una de tus enfermeras —comentó despacio, su voz era dulce, demasiado, irradiaba un delicioso olor a flores y sus ojos una mirada suave, era como la personificación de la flor más hermosa de la tierra. Rosalin suspiró de inmediato viéndola, deleitada. Si alguna vez escucharon el nombre belladona, o "dulce veneno" esa era ella. Perséfone podía convencer a las personas de saltar por un acantilado con aquella voz delicada y hermoso rostro, las personas creerían que es inofensiva pero realmente ella los llevaba gustosos y felices al matadero. — Sé que te dolió mucho, debió ser horrible lo que viviste —empezó, se acercó a la camilla y tomó con cuidado la mano de Rosalin que la veía sin poder apartar la mirada, el olor a flores se hacía aún más intoxicante— Ahora debe ser aún más triste, saber que probablemente deban colocarte una sonda para el resto de tu vida, imagina ir a hacer el amor con quién amas y se vea una bolsa de fluidos… O ir a la playa con una bolsa de plástico a tu costado… Es tan triste… Los ojos de la mujer se cristalizaron al escucharla, ella creería todo lo que Perséfone le dijera, estaba totalmente hechizada por sus encantos de diosa, asintió a lo que ella decía y apretó la mano de Perséfone con suavidad. — Yo podría aliviar ese dolor si me dejaras, nunca más sentirás dolor, serías libre, los demás médicos y enfermeras te dirán que tienes la posibilidad de vivir feliz a pesar de eso pero… Es mentira, la verdad es la que yo digo —comentó viéndola, y la mujer asintió empezando a llorar, así que ella acarició el dorso de su mano con el pulgar—. Solo debes hacer algo por mí… Piensa que quieres ir al Inframundo, piensa en Hades, y… Firma aquí. De la nada apareció un contrato en su mano libre, se lo extendió con un lapicero de tinta dorada, Rosalin pareció dudar un momento y Perséfone actuó rápido besando su sien, se veía maternal, como si besara la frente de su hija enferma, y en ese momento Rosalin olvidó totalmente la duda, tomó el lapicero y firmó sin pensarlo más. El rostro de Perséfone se iluminó con una enorme sonrisa, desapareciendo el contrato mientras se acercaba al respirador. Rosalin la siguió con la mirada totalmente embelesada; los humanos tenían una gran debilidad por las cosas bellas, los olores agradables y la suavidad. Si ese era el efecto de Perséfone cuya belleza no supera a la de Afrodita, pueden hacerse una idea de lo que está podía hacer a cualquier humano, la diosa del amor y la belleza podía lograr cualquier cosa con sus encantos. Cuando desconectó el respirador también apagó la alarma que indicaba que la paciente estaba colapsando, dejó un beso suave en la frente de Rosalin, quien cerró los ojos ante el suave tacto de sus labios, mientras Perséfone con bastante disimulo colocaba dos óbolos en su mano haciéndola cerrarse en puño. La mortal parecía tranquila, como si se quedará dormida, ese era el efecto de entregarte a la dulce muerte por manos de Perséfone, quien salió de la habitación, Hades tendría algo de alivio ese día. En algún lugar del mundo entonces, en el Inframundo, Caronte, quien acababa de ver hace tan solo unos minutos a su amo sintió la presencia de un alma en la entrada. Su reacción fue inmediata, al menos en lo que concierne a su aspecto anciano, y navegó todo el río hacia la entrada, esperando que su señora Perséfone no haya olvidado entregarle el pago a la pobre alma que entregó para su esposo. Una vez en la entrada, vió a Rosalin. No prestó mucha atención a la mujer, sólo echó una ojeada para revisar que tuviera el pago. Rosalin, un poco confundida por el lugar en el que se encontraba, sintió los metales en su mano y bajó la vista, abriendo la mano para encontrarse con las monedas. Caronte solo sonrió, era tonto dudar de su señora. — Suba, y deme el pago —dijo, extendiendo la mano hacia ella. Al contrario de lo que podría ser, esa mano extendida era hacia el pago, en vez de querer ayudarla a subir—. A menos que quiera pasar cien años dentro del río antes de poder viajar —agregó al ver un poco la duda de la mujer, señalando con un movimiento al río debajo de ellos. Roselin vió entonces las aguas del río Aqueronte, eran grisáceas y transparentes, para que los nuevos puedan ver lo que les depara, había cuerpos, almas en realidad, flotando en la profundidad del río, dejándose llevar por la lenta corriente de este. Roselin pasó saliva y subió a la barca, colocando con poca gracia los óbolos en la mano abierta de Caronte y este la cerró de inmediato, comenzando a remar, con una pequeña y maliciosa sonrisa en el rostro. Al menos hoy tendría trabajo. Mientras tanto en el mundo terrenal, habían pasado unas cuantas horas desde la llegada de los pacientes del accidente y Perséfone decidió ayudar a estabilizar a algunos, estaba dando algo de tiempo para dar el gran asalto y tomar varias almas después del almuerzo, cuando recordó a su esposo. Si bien ella las tomaba para ayudarlo a él también lo hacía porque le importaba su reino, ella amaba el Inframundo como una reina ama a su gente, amaba las cuevas, los pasadizos que solo Hades y ella conocían, a Cerbero protegiendo su entrada y lo frío del agua de sus ríos. Simplemente era un lugar donde se sentía cómoda y totalmente a salvo, ahí nunca extrañaba a Hades porque todo el sitio se sentía como su presencia y de esa forma aunque él estuviera trabajando ella se sentía acompañada. Poco a poco el sentimiento de añoranza creció en su pecho, y juntó las cejas dándose cuenta que probablemente él experimentará la misma sensación, conocía muy bien a su esposo y sabía que era tan independiente como ella pero también la fuerza con la podía extrañarla. Los meses que pasaban separados ella siempre le enviaba obsequios, las flores crecían en el techo sobre la cama de Hades y caían hacía éste buscándolo, y él por su lado le enviaba obsequios como joyas y ropas que salían de la tierra; siempre recordaría el primer día en que su madre la vió utilizando un collar de huesos perfectamente tallados con grabados de pequeñas flores, se escandalizó diciendo que era horrible. Perséfone por su parte los encontraba preciosos y hasta el día de hoy los mantenía guardados y los utilizaba. El recuerdo la hizo llevarse la mano al cuello buscando el collar que utilizaba ese día, eran pequeñas flores de zafiro con detalles en hueso. Como todas sus joyas eran obsequio de Hades, muchas veces se había cuestionado si ella y Hades tenían una relación codependiente, las veces que lo habían hablado siempre terminaban en el mismo resultado: Podían extrañarse mucho producto de su amor, el cual traía consigo comodidad y protección, pero también podían funcionar por su lado cada uno, solo que preferían no hacerlo. Miró el teléfono, él la debería de extrañar, siempre era así los primeros días de la semana cuando debían separarse después del fin de semana, así que tomó el teléfono y marcó su número. Luego de unos pocos pitidos, Hades contestó y conversaron más de media hora de almuerzo que le correspondía. Al volver al trabajo se dirigió a la sala de cuidados intensivos, ahí podía obtener fácilmente las almas, todos se encontraban en estado crítico y los que no estaban inconscientes estaban lo suficientemente desesperados como para caer fácilmente ante su encanto. Ella había descubierto aquella habilidad después de casarse con Hades, no sabía si iba de la mano con el título de reina del Inframundo pero era bastante útil para capturar almas, como una telaraña a las moscas. Se acercó a uno de los pacientes que estuvo en aquel accidente, tenía muerte cerebral y lo único que lo mantenía con vida eran aquellas extrañas maquinarias que los humanos habían inventado para postergar sus muertes. Siempre le pareció curioso como ellos buscaban desesperadamente la vida inmortal incluso sin darse cuenta, tal vez ella siendo humana tendría otra perspectiva pero viéndola como diosa no comprendía porque simplemente no aceptaban sus destinos. Contempló al hombre que yacía en la cama un momento más antes de aparecer el contrato y la pluma, hizo al sujeto en coma firmar sujetando su mano y luego sacó los óbolos dejándolos en su mano ahora vacía. — Gracias, descansaras en un lugar mejor que en donde irías de no ser por mi —le susurró al oído. El Inframundo era agradable en comparación al infierno cristiano, donde todos sus creyentes pensaban que irían a ir al cielo por dar dinero cada domingo y rezar pidiendo perdón cada vez que cometieron algún "pecado" como ellos le llamaban. Pero realmente hasta el más Santo de ellos terminaba en un sufrimiento eterno entre llamas ¿Por qué? Porque realmente Dios no los quería ahí arriba y el contrato tenía tantas cláusulas y palabras pequeñas que debían ser leídas entre líneas y aún así el único descubrimiento que tendrías después de eso sería: No había ninguna forma de que un humano accediera al cielo, era totalmente imposible. Para ir al cielo no podías ser humano porque todo comportamiento de la naturaleza de los mismos era una razón para negarle la entrega. Después de reflexionar un poco sobre los dioses famosos actuales se acercó a la máquina y la apagó, un pitido agudo resonó en las paredes indicando el fin de la vida de aquel hombre ¿Tendría familia? Probablemente ¿A ella le importaba? No, habían millones de ellos y ella necesitaba sus almas. Así prosiguió el resto de la tarde, había llevado al Inframundo alrededor de seis almas, siete contando la de más temprano, cuando una semidiosa que trabajaba como secretaria de Asclepio vino a verla. — Suficiente por hoy para no levantar sospechas, —le dijo tranquila a Perséfone, está asintió bastante satisfecha, la chica se llamaba Eliza y tenía unos preciosos ojos azules heredados del mismo Poseidón, era su nieta— hay que mantener la coartada… — Me parece bien, ha sido un buen día ¿Me acompañas a la salida? Sería lindo tener a alguien con quien conversar —comentó amigable, le agradaba Eliza y sentía cierta camaradería con ella. La chica asintió y salió de la sala de cuidados intensivos con ella, ambas caminaban tranquilas hacía el salón de urgencias. — Me parece increíble el trabajo que haces aquí, pero algunos humanos hablan acerca de ti… Dicen que eres un ángel de la muerte, hay un par de quejas —comentó la chica y Perséfone la vió divertida y rió por lo bajo. — ¿Ángel de la muerte? ¿Es eso un cumplido o un insulto? Porque suena bastante hermoso para mí —comentó entretenida sonriendo y eso provocó una sonrisa inevitable por parte de Eliza, quien estaba por contestar cuando abrió la puerta de cristal que separaba a urgencias del pasillo principal, dejándolas escuchar todo el alboroto que había adentro. Había un niño llorando en el suelo, entre sus brazos estaba un cachorro, un par de enfermeras lo rodeaban intentando calmarlo, pero el niño seguía repitiendo mientras lloraba "salvenlo", la mayoría de personas en la sala veían la escena, Eliza y Perséfone estaban confundidas viendo aquello, siempre pasaban cosas extrañas en urgencias pero aquello era totalmente nuevo. El perro no parecía estar con vida ya, o apenas le quedaban unos hilos de fuerza vital a lo mucho. Pero el niño lloraba aferrándose a este y vió a las enfermeras con atención, sus ojos estaban ya un poco rojos del llanto y las veía haciendo un puchero. — Por favor… tienen que salvarlo, es su trabajo —pidió nuevamente el niño, con un desconsolado tono de súplica. Perséfone miró alrededor, solo había otros pacientes que solo veían la escena como espectadores y las enfermeras que continuaban intentando calmarlo, el niño no parecía haber venido con sus padres. Una enfermera se acercó más a hablarle. — No podemos hacer nada por él, pequeño, pero podemos llevarte a tu casa de regreso —al escuchar eso el niño negó fuertemente con la cabeza, volviendo a romper en llanto abrazándose a su cachorro. — ¡No! Quiero que me ayuden, que lo salven… por favor… es lo único que quiero —volvió a suplicar escondiendo la cabeza en el abrazo del cachorro. Algo pareció moverse dentro de ella, no supo exactamente qué era pero sentía algo distinto en su pecho y en la boca del estómago… Compasión, el niño se veía vulnerable y totalmente sumido en su dolor, eso la llevó a preocuparse inmediatamente por él y se acercó dejando atrás a Eliza. — Yo me haré cargo —le dijo a las otras enfermeras y despacio se agachó a la altura del niño, tenía el cabello n***o y la piel bastante pálida, por un momento le recordó a Hades. Las enfermeras la vieron y luego al niño que no paraba de llorar aferrado al cuerpo del cachorro. Por alguna razón quiso abrazarlo y consolarlo pero debía mantenerse profesional delante de los demás, además de eso había algo que la frenaba, la confusión de sentirse de aquella manera, jamás le había sucedido con ningún mortal. Finalmente las enfermeras se retiraron dejándole espacio. El niño levantó la vista para verla al oír sus palabras y sentir como se alejaban de él salvo ella, y la miró con los ojos vidriosos, su labio le temblaba un poco y juntó las cejas, posiblemente conteniendo nuevamente las ganas de llorar. — No… no quiero quedarme sin él, ¿me… ayudará a salvarlo? —preguntó, mirándola a los ojos sin dejar de abrazar a su perro, haciendo una mueca de nuevo y temblando un poco— ¿Puede hacerlo? El niño se veía completamente desesperado cuando la miró, tenía unos bonitos ojos verdes que estaban totalmente oscurecidos por el llanto. — Así es… ven conmigo —le dijo suave le extendió una mano mientras se levantaba, Eliza al verla asintió dejándola hacerse cargo del asunto y se retiró también—. Tendré que hacer una llamada pero creo que puedo ayudarte a salvarlo, me llamo Perséfone ¿Cuál es tu nombre? El pequeño tomó su mano y se levantó dejándose ayudar, con la otra sostenía el cuerpo del animal que ahora con mejor ángulo podía observar que era bastante joven. — Alexander… ¿Me ayudará a salvarlo? —repitió a punto de comenzar a llorar nuevamente, por lo que lo guío hacia la salida de urgencias para llevarlo a la sala de espera donde el ambiente era mucho más tranquilo. Miró a ambos lados antes de hacerlo, confusa de que no había rastro de algún adulto que se hiciera cargo de él. — Lo haré… ¿Vienes solo? Alexander solo asintió, mientras la seguía y cargaba a su perro, abrazándolo con fuerza contra él, como si quisiera pasarle su calor y así “sanarlo”. — Si… vine solo, recordé el lugar de una vez que me trajeron mis padres cuando me quebré el brazo —murmuró con la voz muy bajita y hablando muy despacio, bajando la vista para solo ver a su perro con la mirada perdida. Ella lo vió con algo de pesar, pero aquellas palabras solo la preocuparon más, no veía la razón por la cual un niño tan pequeño debía correr solo a una clínica, era peligroso cruzar las calles, y claramente sus padres no sabían que estaba ahí porque nadie dejaría solo a su hijo con el c*****r de un perro ir a una clínica para personas. — Está bien, necesito que te quedes aquí, haré una llamada —comentó suave, y se sorprendió a su misma encontrando una suavidad distinta en su voz, no era la que utilizaba para encantar a los pacientes y conseguir sus almas, era semejante a la voz que usaba con Hades, la cual era genuinamente suave. Alexander asintió viéndola preocupado, se veía impaciente, lo cual la hizo acariciar su cabello con delicadeza. — Será rápido, lo prometo —aseguró y buscó su teléfono en los bolsillos del uniforme para alejarse un par de pasos sin perder de vista al niño, no quería separarse de él. Así que de inmediato llamó a la única persona que sabía que podía hacer algo al respecto, su esposo. — ¿Querida? ¿Está todo bien? — contestó después de unos segundos la voz de Hades, al contrario de la llamada anterior, esta vez sonaba seria y con evidente preocupación. Lo cual era de esperarse puesto que rara vez se llamaban durante el trabajo y cuando era así, era durante la hora del almuerzo. Perséfone por un momento sintió una punzada en el pecho, no le gustaba preocuparlo, pero en aquel momento ya le costaba bastante tener control de sí misma y poder pensar con claridad, así que decidió dejarlo pasar por el momento, ya podría calmar a su esposo más tarde. — ¿Estás todavía en la oficina? —intentó ir al punto, entre más rápido solucionara eso más rápido podría acurrucar a Hades entre sus brazos y asegurarle que todo estaba bien. — Si, claro, ¿pasó algo? Nunca llamas a esta hora —contestó la gruesa voz de su esposo, era evidente su preocupación, inclusive antes de que ella lo llamase sabía que eso iba a pasar. Ella lo conocía bastante bien, era un hombre estructurado y cualquier cosa que se saliera de la rutina inmediatamente levantaba una alarma de desconfianza en él y en cuanto se trataba de ella, de una total angustia y preocupación por su bienestar. Antes las cosas no eran así, antes de que Zeus la violara, ella y Hades vivían más tranquilos, pero cuando su burbuja de confort fue pinchada por el hermano menor de su esposo todo se puso tenso, Hades no bajó jamás la guardia desde entonces. — En realidad sí, voy para allá, no es nada grave solo algo fuera de lo normal… Espero que no te importe que te interrumpa en el trabajo —ella contestó rápido a su pregunta mientras miraba a Alexander, luego al pequeño cuerpo del animal, entre más rápido llegarán más fácil sería traerlo de vuelta. — ¿Zeus… te hizo algo? —aquella pregunta no la tomó desprevenida, sabía que sería el primer tema que se le pasaría por la mente de Hades pero ella se encontraba algo absorta viendo a Alexander como para pensar demasiado en ese tema. En otra situación eso provocaría un horrible recuerdo pero ahora solo quería salvar al perro del pequeño niño. — No, yo estoy perfecta, es solo que… Ya lo verás, te amo, por favor tranquilízate, no es nada mío por lo que voy. Rápidamente colgó y caminó apresurada hacía Alexander, agachándose delante de él para poder verlo directo a los ojos. — Está todo listo ¿Vienes conmigo? Mi esposo es quien puede ayudar a tu amigo —dijo suave, sus ojos brillaban de una forma distinta aunque ella misma no se daba cuenta, había algo en el niño que le inspiraba ternura. Este solo asintió, mirándola para levantarse sin dejar de aferrarse a su mascota. — Se... llama Philip —susurró bajo mirándola por unos momentos temeroso pero se acercó a ella—. Gracias por ayudarnos —le dijo apenas con voz quebrada, mientras comenzaba segundos después a caminar hacia la salida del hospital. — Está bien, prometo que Philip y tú estarán bien, no debes agradecerme —contestó ella tranquila, le sonrió con dulzura y se quedó pensando un momento— yo tengo un perro también, se llama Cerbero —comentó y finalmente fueron al auto. Ella no dejó de mirar a Alexander durante el viaje, que todo el tiempo este se mantuvo en silencio, de vez en cuando levantaba la vista para ver por dónde iban, ligeramente curioso por eso, aunque ella lo percibía también como un gesto inteligente. El niño sabía que estaba en el auto de una mujer desconocida y veía la ruta que estaban tomando para cerciorarse de saber por dónde iban y así asegurar su camino de regreso, aquello casi la hizo sonreír a Perséfone, le recordaba a su esposo. Una vez estacionaron, Perséfone se apresuró a abrirle la puerta, el edificio se extendía hacía el cielo de color n***o, parecía rasgar el azul claro del cielo de la tarde. — Vamos, es por aquí —se apresuró a guiarlo dentro, la secretaria solo asintió ante ella sin hacer preguntas de porque iba con ella un niño con un perro muerto entre sus brazos, pero eso era gracias a la cantidad de años que la mujer había trabajado para Hades y para ella. Sabía que para mantener su trabajo debía concentrarse en eso y hacer pocas preguntas o ninguna pregunta fuera de esto. — ¿Quiere que la anuncie? —intentó preguntarle la secretaria en la planta baja, pero no se molestó en hacerlo de nuevo cuando Perséfone la ignoró presionando varias veces el botón del ascensor. Alexander solo permaneció en silencio, viéndola de reojo para volver a ver a su perro cuando ella se giraba a verlo. — ¿Su esposo podrá salvarlo? —le preguntó, su voz esta vez no era solo tristeza, ahora tenía una mezcla de pena mientras miraba el rostro apagado de Philip — Es mi mejor amigo, el único que tengo, no quiero perderlo… El ascensor se abrió y ambos entraron rápidamente, Perséfone presionó el botón del último piso donde estaba la oficina de Hades. Sabía que su esposo podía hacerlo, no era siquiera un esfuerzo para el poder del Dios del Inframundo, lo complicado sería, en todo caso, convencerlo de hacerlo. Eso no solía ser complicado para ella, puesto que Hades estaba casi decidido a cumplirle sus caprichos, pero también era un dios impredecible y podría tranquilamente no querer hacerlo porque además lo preocupó enormemente por esto, entonces solo esperaba que sea la mejor de las opciones. Miró a Alexander unos segundos antes de responder y asintió. — Si puede hacerlo, haré todo lo que esté a mi alcance para que así sea —respondió por fin, deseaba ayudarlo, ella misma no se perdonaría que fuera lo contrario. Cuando se abrieron las puertas del ascensor ella caminó a la oficina, era la única puerta ahí, se apresuró a abrirla y pasó un brazo alrededor de los hombros de Alexander para guiarlo dentro dándole algo de confort, topándose con los oscuros ojos de Hades que aunque otros no lo notarán, ella sabía que estaba confundido. — Hola, cariño… Los ojos de Hades la vieron fijamente por unos segundos, luego se fijaron en Alexander con expresión más dura y Perséfone pudo ver como este tragaba saliva y se escondía un poco detrás de ella. Las cejas de Hades finalmente se alzaron al ver al perro en los brazos del niño y soltó un suspiro. — Espero que sea más importante de lo que creo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD