Capítulo 5

3502 Words
Alexander Gilles, ese era su nombre, tenía ocho años de los cuales solo en los primeros dos recibió lo que verdaderamente puede llamarse un buen cuidado paternal. Después de eso sus padres comenzaron a discutir, había poco dinero y problemas de adicción al alcohol en su casa, él no lo comprendía, sólo sabía que ante el penetrante olor a bebida debía irse a su habitación para evitar golpes o gritos. Como cualquier niño de esa edad iba a la escuela más cercana, no tenía muchos amigos puesto que ninguno compartía los mismos gustos que él, le gustaba leer y era increíblemente encantador aunque nadie nunca le daba la oportunidad de demostrarlo. Así que pasaba las horas libres en su habitación o colegio leyendo cuentos y novelas que le resultaban interesantes, parecería el cliché del niño genio de no ser porque su inteligencia solo resaltaba con pocos temas específicos, no sabía la cura del cáncer, tampoco tenía alguna habilidad más allá de un pensamiento rápido y una capacidad inquisitiva bastante desarrollada gracias a los años de sobrevivencia en su casa. Aquel día no era diferente a cualquier otro, iba y volvía solo a su casa. Recorría siempre el mismo camino que era considerablemente corto, por lo tanto seguro. No se preocupaban mucho por él, siempre había sido reservado con lo que pasaba en su casa, por lo que los profesores no habían hurgado demasiado en la razón de porque siempre iba solo. Así que hoy no era distinto, solo esperaba llegar y entrar sin más a su habitación a hacer sus tareas. Iba pensando en resolver los problemas de matemáticas primero, concentrado en eso, cuando escuchó un llanto a su izquierda. Confuso, volteó sobre sus pies para ver en dirección al pequeño callejón. Miró hacia los lados y se acercó a este. Apenas entraba al callejón, pudo ver la razón del llanto que escuchó. Frente a sus ojos había una caja de cartón, y asomada de esta una pequeña cabeza con unas patitas que sostenían al animal sobre el cartón. Se acercó despacio al cachorro y pudo ver que solo estaba él, no tenía hermanos, o al menos a los demás ya se los habían llevado. El cachorro al verlo soltó un ladrido chillón, agudo, como lo son los cachorros, moviendo la cola con emoción. Alexander sonrió con pena. — No creo que pueda llevarte a casa… —murmuró, mientras extendía una mano para acariciar la cabeza del cachorro. Este bajó las orejas de inmediato ante la caricia y lo miró, soltando otro pequeño ladrido— Nos harían daño a ambos… —volvió a explicar, como si el cachorro pudiera entender realmente lo que le estaba diciendo. Evidentemente no era así, pues el cachorro le lamió los dedos— Tampoco tendría para darte de comer —agregó nuevamente y el cachorro, emocionado de que Alexander siguiera con él, dió un brinco haciendo voltearse la caja y corrió hacia él acurrucándose bajo sus piernas. Alexander soltó un suspiro de resignación y sus ojos se humedecieron un poco. Pensó en las posibilidades, el cachorro posiblemente lloraría cuando él saliera el primer día a la escuela. Aunque podría llevarlo con él en su mochila para que no lo vieran, y podría pedir unas salchichas extras en el almuerzo del colegio para darle. Finalmente sonrió. — Bueno, supongo que valdrá la pena intentarlo, pero tendrás que ser muy silencioso —acarició nuevamente la cabeza del cachorro antes de cargarlo y descolgarse la mochila del hombro—. No te muevas demasiado o te notarán —dijo mientras lo colocaba dentro de la mochila, por ahora entraba bastante cómodo. El problema sería cuando creciera y no pudiera llevarlo así. Pero de eso él podría preocuparse después. Ahora solo pensaba que tenía un nuevo amigo, y tenía el nombre ideal para el de un nuevo amigo. Tiempo atrás, no demasiado, se imaginaba cómo sería su primer amigo. Como lo conocería, que harían juntos, estudiar, lo acompañaría a la escuela y de regreso porque vivirían cerca y buscaría entonces él, excusas para ir a visitarlo y conocer lo que era una familia más decente, sus padres serían encantadores, buenos y amorosos. Les servirían leche y galletas mientras ellos hacían juntos la tarea. En ocasiones pensaba en cómo podría llamarse ese amigo, y luego de un tiempo se había decidido por uno. Philip. — Te llamarás Philip, porque eres mi primer amigo —dijo finalmente, sonriendo y con los ojos brillantes de emoción. Todo debería ser mejor desde entonces. Había logrado mantener el engaño durante una semana, sus padres poco le prestaban atención como para notarlo, y él estaba cada vez más encariñado con Philip. Hablaba con él, comía con él y siempre iba a todas partes con él, se imaginaba dentro de unos años con su amigo en otro lugar, le gustaba imaginar que ya no vivía en su casa sino en otro lugar, uno donde solo estuvieran él y su amigo, libre de los gritos y maltratos de sus padres, sobre todo lejos de ese horrible olor a alcohol que siempre lo recibía al entrar a su pequeña casa. Cuando llegó fue directo a su habitación, sacó a Philip de la mochila y lo dejó en el suelo una vez cerró la puerta, el cachorro corrió de inmediato con Alexander buscando jugar, lo que hizo al niño soltar una pequeña risa y como solo ocurría en esos momentos de felicidad con su mascota, sus ojos brillaron alegres. —Ven, juguemos —dijo bajito tomando un peluche viejo que tenía para jugar con Philip. El cachorro se veía tan contento como él y jugaron hasta que Alexander empezó con su tarea, pero en todo el tiempo el pequeño animal lo acompañaba sentado a sus pies o sobre sus piernas, así ninguno de los dos se sentía solo. Tal vez por eso a Alexander le había agarrado tanto cariño al cachorro. Lo vió solo y sin protección, de cierta forma se parecía él y solo lo quería proteger, las calles eran aterradoras, más aún si eres pequeño y estás sólo, así los dos podían cuidarse mutuamente. En ese momento escuchó el grito de su madre para que bajara a comer. Si bien ella no había llegado a lastimarlo directamente si lo hacía de forma indirecta, ella dejaba que su padre lo golpeara, le gritara y humillara, no hacía nada al respecto e incluso se sentía como una carga para ella, como si quisiera apartarlo de su vida para tener una preocupación menos. Alexander miró a Philip un momento y luego suspiró levantándose. — Ya regreso, portate bien… Te traeré algo de mi comida —dijo tranquilo y el cachorro casi como si entendiera sus palabras fue a meterse bajo la cama de Alex a esperarlo. Este salió y cerró detrás de él, sin prever que su padre quien se encontraba en la habitación de matrimonio abriría su puerta para buscarlo pensando en que no había bajado a ayudar a colocar la mesa. — Alexander, ve con tu madre y haz algo productivo al menos —dijo abriendo la puerta del cuarto de su hijo que ya se encontraba en el comedor. Al no ver a nadie se retiró dejando la puerta semi abierta, mientras tanto Philip observaba desde abajo de la cama, obediente esperando a su pequeño amo. Alexander ayudó a su madre con la mesa, manteniéndose en silencio para así no alterar a ninguno, con la vista baja. Su padre llegó a la cocina y Alexander por mero reflejo inclinó más la cabeza, terminando de colocar los platos, cubiertos y vasos. — Siéntate, Steve, Alex tú también, yo les sirvo —dijo la madre, sin saber que eso ya iniciaría mal la cena. Alexander si pudo preverlo, su mente reprodujo casi de inmediato la voz de su padre incluso antes de oírla, “tú no me dirás que hacer, mujer”, y soltó un suspiro solo haciendo caso a su madre y sin decir nada. Solo contando los segundos para terminar de comer y volver a su habitación con su amigo. — Tu no me dirás qué hacer, y Alexander debería ayudar y no encerrarse todo el maldito día en su cuarto como un inútil —gruñó su padre de inmediato lo que hizo que su madre frunciera el ceño. En cuestión de segundos la pelea había comenzado, los gritos se extendían por el comedor y lo aturdian, en los otros lugares de la casa se escuchaban tan claros como ahí dado al tamaño reducido de la morada. Todo eso empezó a alterar a Philip, que salió de bajo la cama de Alex buscándolo, estaba asustado, tanto como Alex en aquel momento, que comía obligado por su padre. — ¡Tú come y no te metas! ¡No llores! —dijo gritándole a Alex y este con la vista baja se enfocó en no derramar las lágrimas que le nublaban los ojos, mientras tragaba sin masticar siquiera pequeños trozos de comida. — ¡Estoy harta de ti y tu mal carácter! —le gritó su madre al hombre que se hacía llamar su padre, Alexander solo guardaba silencio hasta que escuchó el repique de las uñas de Philip sobre la madera del comedor, luego escuchó los pequeños chillidos del animal, lloraba por el miedo y lo buscó por protección. Su padre también los había escuchado, y detuvo en ese instante sus gritos. Aunque Alexander por esta única ocasión, hubiera preferido que los siguiera, para así tapar los sonidos del cachorro que llegó a la cocina justo cuando Alexander había dado el último bocado a su comida, se había apurado aún más para poder detenerlo en el camino pero había sido inútil. Tanto su padre como su madre se giraron a ver al cachorro que entraba corriendo a la puerta, y siguieron su caminar cuando este se apresuraba a meterse entre las piernas de Alexander, el cual pasó saliva, sus ojos comenzaban a cristalizarse porque sabía que, pasara lo que pasará, posiblemente fuera muy, muy malo y no volvería a ver a su amigo. Intentó pensar algo que decir para evitarlo, pero el miedo lo había paralizado. Quiso inventar alguna tonta excusa y decir “oh, miren, se metió a la casa” o algo por el estilo, pero nada salió de su boca cuando la abrió más que un bajo y lastimero sonido. Sintió que le faltaba el aire y su respiración estaba agitada. Estaba incluso más asustado que el cachorro y solo soltó un quejido cuando su padre se apresuró hacia ellos a zancadas, y apartó a Alexander con silla y todo, haciendo que este cayera hacia atrás, y apenas logró colocar por reflejo las manos en el piso para no golpearse la cabeza. Se irguió como pudo, para intentar reaccionar de algún modo, pero su padre ya había agarrado a Philip del cuello. — ¿Qué es esto, Alexander? —preguntó sonando enojado, el cachorro lloraba intentando soltarse, pero su padre no lo dejaba— ¿¡Qué es esto!? Cuando le gritó, Alexander no pudo contener más las lágrimas, estás cayeron por sus mejillas y miró al pequeño perro asustado. Pequeñas gotas de color amarillo cayeron al piso, el pequeño can se orinó del miedo, a lo que su padre en un movimiento rápido arrojó al perro contra la pared. No hubo más lamentos por parte del perro. La madre de Alexander se llevó ambas manos a la boca, impresionada por lo que acababa de ver y de inmediato comenzó a gritarle a su esposo cosas que Alexander no logró escuchar, su vista se había perdido en la pared contra la que chocó Philip. No escuchó nada y solo gateó, aprovechando que sus padres volvían a discutir entre ellos aún peor como para fijarse en él de nuevo, gateó hasta donde vió caer a su perro. Ya habían arruinado la poca felicidad que tenía, no podían empeorar más. Philip no se quejaba, no lloraba, no se movía y Alexander empezó a llorar en silencio mientras lo cargaba, intentando moverlo, animarlo. Le frotó el lomo intentando reanimarlo, como había visto en esa película de Dálmatas en la escuela. Aún a gatas para que no lo vieran sus padres, se escabulló fuera de la cocina llevando al cachorro en sus manos. Una vez fuera de la habitación y sin la probabilidad de que sus padres lo siguieran, se levantó corriendo para salir por la puerta de entrada lo más rápido posible mientras todavía intentaba reanimar al cachorro con los masajes en su lomo. — Por favor, por favor no me dejes… —suplicó en llanto, y levantó la vista intentando pensar qué hacer. Recordó entonces el hospital a un par de cuadras de la casa, donde lo había llevado su madre la vez que se quebró el brazo. Comenzó a caminar hacia este mientras lloraba abrazando el cuerpo de Philip— No me dejes… eres mi único amigo, nos iremos de casa, lo prometo, no volveremos más, por favor… En cuanto llegó al hospital corrió a urgencias, entre sus brazos se encontraba el pequeño cachorro sin vida. Buscó a alguien que lo ayudará y las enfermeras algo horrorizadas por la escena solo lo ponían más de los nervios, hasta que finalmente se dejó caer al suelo llorando. No entendía porque nadie lo ayudaba, eran doctores, se suponía que debían salvar vidas. Estaba tan ensimismado llorando que ni siquiera notaba las miradas sobre él, sólo repetía una y otra vez la palabra suplicante "ayudenlo". Se sentía terriblemente doloroso perder al único ser que le dió algo de felicidad, y al único que le daba cariño desinteresado. Sentía que había fallado en su tarea de protegerlo y así como su amigo tarde o temprano sería él a quien su padre arrojará contra la pared, se culpaba por no haberlo podido proteger. Entonces escuchó una voz distinta, más suave, acompañada de un olor a flores que parecían tener un efecto calmante. Al levantar la vista se encontró con unos ojos verdes parecidos a los de él, era una mujer joven con mirada suave, nadie nunca lo había mirado de aquella manera. Ella prometió ayudarlo y él la siguió, quería a su amigo de vuelta y haría lo que fuera para conseguirlo. Todo el tiempo estuvo atento a los detalles del camino, ella lo miraba mucho, le había dicho que su nombre era Perséfone y que su esposo podía sanar a Philip. Sin embargo en todo el camino se aseguró de no bajar la guardia por si las cosas no salían bien, tenía miedo y eso lo hacía ser precavido, siempre estaba atento a su ambiente, a las personas, no sabía si era algo malo o bueno cuestionar a todo y todos, pero aquello lo había mantenido con vida hasta ahora. Habían llegado a un edificio que él conocía, era la sede de una funeraria del lugar. Y él no entendía cómo podría alguien en un lugar como ese ayudarlo a salvar a su perro. Una secretaria en el lobby le preguntó algo, pero la mujer la ignoró por completo y lo guió al ascensor al que entraron en cuanto se abrió. Sintió mucha curiosidad de quién sería su esposo, y cómo podría ayudar a Philip. Pero no quiso preguntar más nada luego de que ella le respondió que lo haría, solo esperó a que las puertas del ascensor se abrieran. Él no estaba seguro de que fuera buena idea molestar a la gente en su trabajo, por experiencia propia, pero suponía que la mujer sabía lo que hacía. Salieron del ascensor cuando se abrió en el último piso y Perséfone lo guió a la única puerta que había en ese piso. Ella la abrió con prisa mientras pasaba un brazo por los hombros de Alexander, lo que le pareció extraño, pero se dejó, pasando con ella dentro del lugar. En el medio de la habitación había un hombre de cabello n***o bastante largo, cosa que no recordaba haber visto en un adulto antes y ojos negros. Se veía muy serio, le dió un poco de miedo, pues aquel hombre era grande y muy intimidante, casi le recordaba a su padre de no ser porque parecía bastante tranquilo y bastante más grande que su padre, cosa que le pareció aún más sorprendente de aquel hombre. — Hola, cariño… —saludó Perséfone al señor mientras Alexander se mantenía a su lado. El hombre la miró fijamente por unos segundos, y cuando fijó la vista en él, no pudo evitar sentir un escalofrío recorrer su espalda cuando lo miró. Se ocultó un poco detrás de la mujer algo temeroso, ¿cómo él los iba a ayudar así? Finalmente el hombre vió a Philip y Alexander pudo ver como su gesto se ablandaba volviendo a ver a su esposa. — Espero que sea más importante de lo que creo. La mujer se acercó a su esposo, a pesar de lo intimidante que era, Perséfone no parecía tenerle ni un poco de miedo, y cuando ella rompió el espacio personal con él pasando los brazos alrededor de su cuello se dió cuenta de lo poco que le importaba el aterrador aspecto de su esposo. — Es importante, Hades… Por favor —pidió con un tono serio Perséfone pero sin perder la suavidad, se notaba que hablaba con anhelo y el hombre que la miraba a los ojos esperó unos segundos antes de dar su respuesta. — Vamos a sentarnos, los escucharé —comentó serio, la vista del imponente hombre se volvió a fijar en él, pareció que lo atravesaba y Alexander bajó la cabeza de inmediato recordando a su padre. Por un momento temió lo peor y abrazó más al cuerpo de Philip contra él, estaba asustado. En ese momento sintió unas tibias manos en sus hombros, los pulgares dejaban caricias en estos y sorprendido levantó la vista para toparse a Perséfone que lo guiaba al mueble, mientras que Hades se sentaba en otro totalmente sereno pero sin perder la expresión neutral. — Ven conmigo cielo, no te preocupes… Estás a salvo aquí —le dijo en un tono que le pareció tranquilizador, finalmente se sentó frente a Hades y a un lado de Perséfone que lo miraba de aquella forma distinta y con chispa. Apenas tomó valor para voltear a ver al hombre, el cual los miraba a los dos pensativo. — ¿Entonces? —preguntó el hombre, enfocando su vista en Perséfone— ¿Sabes? Si ya había pasado, no tenías porqué darme ese susto —comentó Hades viendo a su esposa, se notaba algo frustrado—. Si estuviera agonizando tenía más sentido. El hombre la miraba con atención, no parecía molesto con ella. Sino tenía una expresión extraña en el rostro, casi como si hubiese estado angustiado. Alexander quiso hablar, para explicarle al hombre que era su culpa, pero no pudo emitir siquiera un leve sonido. — Lo siento… Estaba preocupada, estaba estresada… Lo siento —repitió ella viendo a Hades a los ojos, pareció perderse en estos porque guardó silencio sin apartar la vista de la de él, se veía tranquila— hay algo especial en él. Lo último lo tomó por sorpresa, volteo a ver a Perséfone confuso y ella a él, luego ambos regresaron la vista a Hades. Este la observó por un tiempo que a Alexander le pareció una eternidad. Él solo quería a su amigo otra vez. Así que el niño tomó valor para verlo. — Ella dijo que usted podría salvarlo —dijo e inmediatamente volvió a bajar la vista, todavía seguía acariciando el lomo de Philip. Hades suspiró y volvió a Perséfone. — ¿Por qué lo haría? —a Alexander le pareció tranquilo, aunque todavía demasiado serio. Pero la tranquilidad que mostraba lo relajó un poco. Ante esas palabras Perséfone se levantó del asiento, lo que hizo a Alexander levantar la vista confuso, ella dió un paso hacia adelante más cerca de Hades. — Hablaremos afuera los dos —ya su voz no sonaba tan suave, tenía tonalidades más bajas y ella ya no se veía tan inofensiva como antes, no parecía enojada tampoco pero sí con una determinación amenazante. Hades parpadeó al verla y solo suspiró negando, todavía se veía tranquilo pero arqueó una ceja hacia su esposa. — Querida, no es necesario, solo quiero que me des tu punto para hacerlo, pero si insistes —dijo mientras se inclinó para levantarse de nuevo y caminar a la puerta de la que al parecer era su oficina. Ella de inmediato frunció el ceño, se veía ahora terriblemente aterradora para Alex, quien aún sin conocerla sabía que estaba furiosa, así que decidió guardar silencio esperando. Perséfone se adelantó a Hades saliendo primero que él sin mirarlo. Era una relación bastante extraña para Alexander, pero suponía que todas las parejas eran así, se gritaban, se maltrataban y en el proceso lastimaba a otros también. Para su sorpresa los minutos pasaban y no escuchaba ningún grito, no entendía cómo podían estar argumentando en tono tan bajo.
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