Capítulo 15

4706 Words
Mientras nuestros dioses del Inframundo se encontraban fuera de su hogar, algo anormal ocurría en el lugar más profundo, en el abismo del Inframundo, en el Tártaro. El Tártaro, como parte del Inframundo, era aquel lugar donde las almas de los muertos luego de ser juzgadas, las que se clasificaban como malvados eran castigados en este lugar por la eternidad. Y como parte fundamental de la vida de todos los dioses, algo que muchos de nosotros sabemos por los libros de historia, es que ahí mismo, por acuerdo mutuo de estos dioses, en las profundidades ese oscuro, frío y aún más terrorífico lugar, incluso en la más recóndita sección del verdadero infierno de las almas griegas, se encontraban los Titanes. Los titanes, como muchos saben, fueron aquellos seres que hicieron que la titánide Rea, entonces mujer del titán gobernante, Cronos, escondiera al menor y único hijo vivo hasta el momento de ella con su esposo, escondió a Zeus. Los titanes, aquellos seres, poderosos y enormes, que Zeus se esforzó durante años para lograr derrotar. Cronos, aquel titán que devoró a sus hijos, para evitar que se cumpla la profecía con la que Urano lo maldijo cuando él lo derrocó y lo castró. Para aquellos que no saben quien fue Urano, lo repasamos. Urano era hijo de la Madre Tierra griega, Gea, con la cual se casó y engendró con ella a la primera generación de Titanes. Tiempo después, Gea, cansada de que su esposo retuviera a sus hijos luego de su procreación dentro de ella, creó una hoz y luego de liberarlos, les pidió que acabarán con la vida de Urano. Solo Cronos aceptó la petición de su madre, entonces con su hoz castró y acabó con Urano. Este, en sus últimos momentos de vida predijo a Cronos, que así como hizo con él, sería derrocado por sus propios hijos. Entonces Cronos se volvió el gobernante entre dioses y titanes, devorándose a sus hijos para evitar esa profecía. Retomemos entonces, Cronos, el titán al que Metis (primer amante de Zeus) obligó a tomar el emético que hizo a Cronos vomitar a sus hijos. Aquellos Titanes que los seis hermanos unidos lograron derrotar. Posteriormente de esa batalla, que ustedes conocen como Titanomaquia. Los dioses se juntaron, además de para dividirse su parte y función en la tierra, para decidir el destino de estos primeros seres que existieron. Los tres hermanos varones se distribuyeron los reinos de la Tierra, el Mar y el Inframundo sobre los que ejercerán su poder. Y en cuanto al destino de los titanes, decidieron encerrarlos eternamente en un lugar del que estando así de debilitados como estaban, no podrían salir, el Tártaro. En teoría Hades no tenía que controlarlos pues habían quedado tan débiles y sin poder reforzar sus poderes debido a que en tal lugar no podían recuperar energías de la Tierra. Así que los dioses se sintieron a salvo y tranquilos, creyendo que no volverían a tener que lidiar con ellos nuevamente. Afortunadamente así fue durante todo ese tiempo, la debilidad permaneció en los titanes continuamente mientras los dioses se hacían fuertes con las creencias de los vivos de los que los titanes no llegaban a obtener. Luego de un par de milenios, cuando el Inframundo perdía poder, ellos también lo perdieron, pues eran absorbidas sus pocas energías por su residencia hasta dejarlos al borde de la muerte, pero el Inframundo por sí solo no podía tomar las almas, una vez el cuerpo perecido llegaban las almas a voluntad a este. Entonces se mantuvieron vivos, bordando por años la muerte… hasta ese día, cuando los hijos de Cronos se reunieron aquella vez ante el temor por perder aquello que les otorgaba poder e inmortalidad, y decidieron colaborar entre todos para lograr la prosperidad del panteón griego llevando todas las almas que puedan para que Hades las reciba en su hogar y Caronte las guíe a su morada, entonces, no solo ellos se recuperaron. Los titanes realmente no dependían de la creencia de los humanos para mantenerse fuertes, pues su primera existencia y la de la humanidad no ocurrió al mismo tiempo, sin embargo, al Inframundo conseguir mucha más energía nuevamente, devolvió la que tomó. Muchas almas también de personas malvadas llegaron al Tártaro, por lo que se rehabilitaron… Sin embargo, no era eso lo que realmente les devolvía energía. Cuando una persona viva descendía al Inframundo, les daba fuerza vital. Y últimamente, había una personita que solía ir casi con recurrencia al Inframundo desde hace varios años. Por los cuales y con gran disimulo, estos astutos seres se recuperaban en fuerzas. Guardando bajo perfil cada que Caronte llegaba con un grupo de almas que debían tener su morada en la parte oscura del Inframundo. Ese día, Cronos, Japeto e Hiperión, los tres hermanos titanes que fueron encerrados ahí se encontraban viendo las puertas de su prisión con ansias. Habían intentado desde entonces un par de veces abrirlas, pero todavía no tenían la energía y fuerza suficiente, entonces decidieron esperar a que así fuera. — Ha venido otra vez… —susurró con precaución Hiperión, Caronte era silencioso ante la llegada al Tártaro, Hades le había encargado vigilarlos y este se aseguraba de que no notaran su presencia cuando llegaba. Cronos se levantó de su lugar con lentitud, manteniéndose alerta. El rey de los titanes caminó hacia las rejas de su prisión, estas las rodeaba además unas cadenas negras, pues no era una simple reja lo que aseguraba ese lugar. — Creo que hoy podremos irnos, hermanos —dijo, ahora atreviéndose a sonreír. Japeto se levantó y fue hasta Cronos viéndolo con ansias. — ¿Estás seguro? ¿No crees que debamos esperar más? —Japeto lo miró con duda, pues sabía que sus sobrinos, quienes los encerraron en ese horrible lugar, no tardarían en darse cuenta y perseguirlos de nuevo, pensó que era mejor esperar a estar con sus fuerzas al máximo. — No tenemos porqué esperar más, Japeto… A partir de hoy, mis hijos pagarán por lo que nos han hecho. Japeto, que al igual que sus compañeros titanes buscaba vengarse de sus sobrinos pero quería asegurarse de que no los vayan a derrotar tan fácilmente por no haberse esperado, miró a su hermano menor con insistencia. — Gastaremos fuerzas en romper la cerradura, deberíamos esperar un poco más solamente —comentó, e Hiperión que estaba escuchando la conversación se acercó nuevamente viendo a Cronos. — No nos hará daño esperar unas horas más, ¿no? Ellos pagarán de todos modos —dijo con calma, sabía que la rabia de Cronos era inconmensurable, pero tenían que actuar bien o las cosas saldrían mal. Ante la insistencia de sus dos hermanos titanes, Cronos asintió en rendición. — Solo unas horas hasta pensar bien qué haremos al salir —advirtió mientras volvía a alejarse de las rejas con pesadumbre. La verdad es que Cronos no quería dejar pasar un momento más dentro de ese lugar, cada día le recordaba como su esposa lo engañó y sus hijos lo derrotaron y humillaron. Cronos dejó pasar las horas, su vista se mantuvo clavada en las rejas y cadenas de la única salida de ese sitio. Todavía podía recordar perfectamente cada momento de la Titanomaquia en la que sus hijos los derrotaron, su rabia solo crecía ante el recuerdo. Sin embargo todos tenían el deseo de finalmente irse de ahí, querían ver qué había sucedido con la humanidad durante tantos años y cómo habían evolucionado. Querían ver la tierra y todo lo que se perdieron, pero sobre todo querían volver a tener el control absoluto del mundo. Las horas pasaron, aún más lento para Cronos que era la representación del mismísimo tiempo. Finalmente, luego de unas horas y soltando un gruñido de frustración se levantó y a zancadas fue hasta las rejas, golpeandolas con todas sus fuerzas y energías acumuladas. Sus hermanos se levantaron de un brinco por lo repentino de sus movimientos y corrieron a ayudarlo, entendieron que era en ese momento. Entre los tres usaron sus poderes para lograr debilitar las rejas y cuando estas se rompieron el líder de los hermanos sonrió con satisfacción. — Debemos separarnos, juntos les será más fácil encontrarnos —ordenó Cronos, aunque su hermano Japeto no estaba del todo seguro que fuera buena idea. — Nos veremos hermanos, triunfaremos esta vez —comentó Hiperión sonando orgulloso y se alejó de ellos hacia una de las muchas salidas del Inframundo—. Nos contactaremos luego para nuestro plan. — Debemos estar juntos contra ellos, pero podemos esperar a recuperar nuestras fuerzas totales —contestó el otro hermano dándole una última mirada a Cronos y a Hiperión. Entonces los tres se separaron y cada uno tomó un atajo que conocieran de sus tiempos anteriores de reinado. Hiperión por su parte fue quien tomó una de las salidas que daban a Norteamérica, mientras que Japeto tomó una de las antiguas salidas al norte de Egipto, salida por la que algunos dioses huyeron con ayuda de Hades durante la Tifonomaquia antes de que finalmente Zeus derrote al monstruo. Entretanto, Cronos decidió tomar la salida a Grecia. Así escaparon entonces, tomando una forma humana camuflada, con sus respectivas vestimentas, para que no puedan encontrarlos con facilidad, así como hacían los dioses. Japeto, quien había tomado la salida que algunos dioses como Hera, Ares, Afrodita, entre otros, lo hicieron ante la llegada del monstruo Tifón, quien quería acabar con los dioses debido a lo que le hicieron a los titanes. En cuanto Japeto logró salir de esa entrada del Inframundo, creyó que todavía no había salido y uno de sus sobrinos le estaba plantando una ilusión. Eso era completamente lejano a lo que recordaba de ese lugar. — ¿Qué…? —se giró sobre sus pies para ver de nuevo la entrada, esa si era como la recordaba. Meditó unos segundos si entraba en búsqueda de otra salida o investigaba en que se había convertido la Tierra. Finalmente, observó la inmensa oscuridad en la que se adentraba de nuevo en el Inframundo, y pensó que lo mejor era no pasar demasiado tiempo ahí dentro pues Caronte vigilaba y ya bastante le había costado esquivarlo hasta ahora. Entonces dió nuevamente un paso adelante hacia la Ciudad de El Cairo, en Egipto. Los ojos de Japeto no podían asimilar lo que veían, por lo que para él lo que sus ojos veían era falso, ¿qué había pasado con la Tierra que él conocía? ¿Qué eran todas esas edificaciones tan altas y extrañas en la Tierra de los egipcios? ¿Habían acaso invadido esas tierras algunos seres de otros mundos? Aunque ni para él los nórdicos siquiera tenían ese tipo de arquitectura. Caminó por las calles, siendo casi atropellado un par de veces hasta que comprendió mejor cómo funcionaban aquellas maquinarias. Se preguntó si sus hermanos estarían pasando por algo similar en los lugares a los que fueron. Notó también que había mucha más gente de la que recordaba existiera. Las personas seguían siendo las mismas que él conocía, bueno, casi las mismas. Así que descontaba la idea de seres de otros mundos. — Quizás los Egipcios quisieron hacer un cambio de costumbres… —comentó para sí mismo mientras miraba el lugar. Siguió caminando por las calles, confuso y molesto por el desorden que había a su alrededor. También se fijó en las vestimentas de los humanos, ahora los hombres se veían extraños con aquella ropa apretada, muy corta o exuberante, las mujeres por su parte utilizaban unos tacones mucho más altos y ropas que lo confundieron. Finalmente se dejó caer sentado en una banca del parque. — ¿En qué clase de lugar se convirtió el mundo? —preguntó para sí mismo, sintiendo el aire mucho más pesado que en la antigüedad antes de que la contaminación ambiental se hiciera presente. Acomodó su cabello pelirrojo hacia atrás y suspiró viendo alrededor, debía ponerse al tanto de todo lo más rápido posible para poder saber en dónde esconderse. Así que se levantó y caminó hacia una anciana que leía tranquila en la banca de al lado. — Mi señora, disculpe la interrupción ¿Dónde queda la biblioteca más cercana? Necesito leer pergaminos de las últimas décadas —preguntó con suavidad y educación, Japeto era un caballero entre titanes y con su forma humana se veía increíblemente bien. La señora levantó la mirada con extrañeza por oír una voz tan educada y caballerosa en el siglo veintiuno, y aún más extrañada por la pregunta que le hacía el que para ella era un hombre no solo alto sino que más atractivo que todos los hombres que había conocido. Prontamente frunció el ceño, pensando que quizás dijo pergaminos burlándose de su edad así que simplemente bajó nuevamente la vista a su libro. — Frente a la avenida que va junto al Nilo de este lado, del puente Imbaba a un kilómetro —respondió la mujer con un poco de mal humor mientras fijaba la vista en el libro. Japeto frunció el ceño un poco en confusión por tal reacción, creía haber sido bastante cortés y amable al dirigirse a la señora. Finalmente se encogió de hombros suponiendo que se molestó de más por la interrupción en su lectura. — Mis disculpas. Asintió a la mujer como saludo, aunque no comprendió bien las indicaciones que había dicho, es decir conocía el río Nilo, pero no tenía idea de a qué se refería con avenida ni ese puente. Así que decidió solo caminar hacia la dirección del río y luego divisar algún puente, era lo más lógico. Y mientras se dirigía a la que era la Biblioteca nacional y archivos de Egipto, se preguntó cómo sería dónde estaban sus hermanos, especialmente Cronos pues estaba en la tierra de ellos. — Solo espero que ninguno de los dos haga una locura y se atengan al plan —murmuró para sí mismo mientras caminaba la extraña arquitectura de ese tiempo. Edificios tan altos como Atlas y otros gigantes, algunos eran simplemente cuadrados, angulares mientras que los demás tenían formas más extrañas. Jamás había pensado que Egipto podría verse así, y se preguntó aunque sin preocupación, que habrá sido de los dioses del panteón Egipcio. Nunca se habían cruzado en realidad, sin embargo era bien consciente de la existencia de estos y su territorio. Finalmente llegó casi frente al maravilloso Nilo. Casi porque entre él y el enorme caudal de agua había dos grandes calles de lo que él creía era cemento. Sonrió con diversión, así que eso era una avenida. Volteó a los lados la vista, efectivamente de ambos lados había puentes que cruzaban el río por encima. — ¿Cuál será? —preguntó nuevamente para sí mientras todavía se encontraba anonadado. La motivación a vengarse de los dioses era por simple deseo de no permanecer en el Inframundo, no le gustaba y sabía que por sus acciones en el pasado lo devolverían a este si lo encontraban, también deseaba su poder anterior para poder relajarse y disfrutar de lecturas y conocimientos nuevos que parecían haber en el mundo, sinceramente le cansaban las guerras y las discusiones, pero conocía bien a los dioses y a sus hermanos, ellos no se darían por vencidos. Finalmente suspiró profundo, tuvo que tomar un bando y el que más le convenía era el de sus hermanos, a quienes consideraba incomprendidos. Pues cada uno tenía una razón para querer vengarse. No justificaba las acciones del pasado, sabía que todos querían poder y el deseo de su hermano lo llevó a hacer lo que pensaba mejor, sabía que había sido algo malo pero eran tiempos distintos. Mientras tanto, del otro lado del Inframundo… Hiperión salió rápido, entusiasmado y ansioso por esa nueva libertad, sin embargo aquello lo hizo sonreír entretenido, al final lo habían logrado, extrañamente para él se encontraba en un palacio que no distaba mucho del que había en el Inframundo, solo la decoración variaba un poco. Así que con renovada confusión siguió por el pasillo buscando la salida de este. Parpadeo confuso al notar que poco a poco habían más personas alrededor, el lugar parecía contener artefactos y objetos dentro de vitrinas y los humanos las veían como exhibiciones. Su anterior reacción al ver a la muchedumbre fue repetida cuando paró junto a un grupo de personas, eran alrededor de diez, que veían una espada, él no comprendió porque veían la espada de aquel modo, como si fuera lo más interesante del mundo. — Esta espada data de hace más de mil años cuando… —habló una mujer frente al grupo a un lado de la susodicha espada la cual estaba colgada en la pared. Miró alrededor y se dió cuenta que como ese grupo, habían muchos otros, de humanos viendo objetos comunes con admiración o concentración, lo que no sabía él era que estaba dentro de una de las edificaciones del Museo Smithsoniano. Caminó a pasos rápidos, esa gente no lucía como los humanos que él conocía. Se vestían diferente, por lo que intentó recordar las vestimentas de las culturas que gobernaban antes esas tierras pero nada de lo que veía coincidía con lo que él sabía. Necesitaba salir pronto de ese lugar para alejarse más de la entrada del Inframundo, mientras más lejos esté sería más difícil que lo encontraran. Aunque para él, había tanta gente ya ahí dentro que ya le parecía difícil que pudieran encontrarlo ahí. Lo que no se esperó fue que al salir finalmente de aquel enorme lugar, afuera en las calles había muchísimas más personas, a tal punto que frunció el ceño con desdén y fastidio, pues eran tantas personas que parecía un hormiguero cuando brota a la superficie. — La humanidad si que no perdió el tiempo —rodó los ojos, volviendo a entrar al museo. Después de todo, quizás podría terminar de investigar allí sobre lo que aconteció en la tierra desde su encierro antes de salir del complejo de edificios en el que se encontraba. Ya que suponía que entrando la noche ya no habría tantas personas. Estuvo rondando el museo confuso, habían cosas que databan de la época griega y no entendía como una pieza simple como un mural hecho por un artista promedio era tan venerado, para él se veía bastante simplona y aburrida aquella "obra" como lo llamaban lo humanos junto a él. Recorrió el lugar, quedándose a escuchar algunas de las narraciones de los que suponía eran historiadores o solo empleados del lugar, para explicar sobre las cosas que había allí. Pero lo que contaban lo ayudaban a saber las cosas que ocurrieron en la tierra a lo largo de todos estos años de su ausencia. Al parecer la nueva vestimenta fue cosa del avance de los años. Muchas culturas habían cambiado y otras simplemente desaparecieron, aunque en dicho edificio parecían dedicarse a otra versión de la creación de su mundo y especie, una que llamaban atea, sin dios alguno. Le pareció divertido eso pues estaba acostumbrado a que los humanos buscaran una forma de culpar a los seres divinos superiores de las cosas que les pasaban y ver que algunos buscaban creer en la ausencia de estos era algo que, sinceramente, si le sorprendió. La verdad era que estaba tan desorientado como ellos, sin importar el dios o el momento, siempre se trataba de sujetos con mucho poder y complejo de superioridad que se creen capaces de lograr algo mejor que sus creaciones, que buscan gloria y reconocimiento. Después de un largo paseo por el lugar finalmente se quedó sentado frente a una vitrina que mostraba una pequeña réplica de lo los humanos concluían que era la arquitectura griega. Había pequeños detalles que estaban errados pero en su mayoría eran certeros y se sintió por un momento como antes de ser encerrado, grande y poderoso observando su reino y las pequeñas figuras humanas eran como hormigas para él, sonrió con diversión y estuvo por agarrar una. Finalmente llegó a la parte del Smithsoniano que se dedicaba a la ciencia espacial, entre otras cosas. Miró casi con asombro y sorpresa, casi sin creer que los humanos a los que él veía como simples e inofensivos seres habían inventado semejantes cosas. Por un momento pensó que algún dios dió información de más para eso. Es decir, para alguien como él, volar, llegar rápido a otro lugar por los cielos o como sea, no era nada difícil. Pero conocía a los simples, insignificantes y débiles mortales, y reconocía que para ellos debe de ser todo un logro semejantes hazañas y por eso la información la exponían de tal manera. — Quién lo diría... —susurró para sí mismo, con diversión y burla en su tono, mientras veía aquellas máquinas que habían inventado para sus viajes aéreos, le parecía divertido. Al menos pudo ver cómo eran también en el resto de las civilizaciones. Y le pareció casi indignante ver que los egipcios tenían más atracciones, por así decirlo dedicadas a ellos, que las demás religiones. — Eso es injusto —se quejó pero no había nadie que lo escuchara y continuó recorriendo el lugar para reunir información. Recorrió todo el lugar y de vez en cuando pasó por la salida pues todavía pensaba que debía irse de allí tan pronto como sea posible. Las horas pasaban y estaba cerca todavía de la entrada al Inframundo. Pronto Caronte bajaría hasta la que era la prisión de ambos y notaría la ausencia, si es que ya no lo hizo. Y casi como si hubiera profetizado aquello, justo cuando se encontró frente a la puerta una vez más sin atreverse a salir todavía ya que el sol no se había puesto, la tierra entera tembló. Hiperión casi pudo escuchar el grito bajo sus pies. Pues sabía que aquel no fue un terremoto común como pensaron los humanos que estaban alrededor de él. Ese había sido su sobrino. Conocía muy bien sus habilidades y reacciones. Miró la puerta con su rostro un poco más pálido, no le quedaba de otra. Seguía básicamente en la puerta del Inframundo y Hades ya se había enterado. Debía salir ahora. Con un bufido de frustración se hizo de coraje para salir del llamado museo. Por más complicado que fuera ubicarse en el totalmente nuevo mundo, pero sabía que sus hermanos lo criticarían si vieran que pasó horas pegado a la entrada. Por lo que salió definitivamente del lugar, con la decisión de que si algo intervenía en su camino lo haría a un lado de la forma que sea necesaria. Buscaría un lugar más alejado dónde recuperarse y esperaría la reunión con sus hermanos. ¿Pero dónde podría ir? Se sintió ridículo, pero con mucha frustración se forzó a sí mismo a recordar las "pautas" que Japeto había dicho que debían seguir apenas salgan, pues desde que sintieron como sus poderes se renovaban, habían comenzado a planear todo. Una de las, para él, estúpidas pautas de Japeto, era pedir indicaciones. Sabían que el mundo sería diferente y ubicarse sería difícil, por lo que establecieron que si les costaba, tendrían que pedir indicación a los humanos del lugar para poder encontrar un lugar alejado, y se establecieron un radio mínimo de distancia para alejarse. Y él no se había movido del maldito lugar. Su ira y frustración se hicieron visibles, pues en ese momento se sintió estúpido por haberse intimidado con la cantidad de humanos. Así que, decidió mostrarse a sí mismo que no lo era, comenzó a caminar sin indicación alguna. Luego de caminar el resto del día en la misma dirección, haber cruzado incluso un gran puente y seguir caminando hacia una dirección inexacta, se encontró con algo llamado "Quarry In Motel", que tenía un cartel enorme indicando la entrada y que todavía había vacantes. Arqueó una ceja con curiosidad y se acercó, era como una casa en forma de L, y según entendió se alquilaban habitaciones. Su problema era no tener dinero, pero tampoco era problema pues tenía más formas de conseguir un favor de los humanos, cosa que todos los dioses que le siguieron aprendieron a la perfección. Y pasemos finalmente, al “líder” de los tres hermanos que se liberaron por sí mismos de las profundidades del Inframundo. Continuemos con Cronos. El hijo que tomó las riendas del problema con Urano, ahora salió por la misma entrada del Inframundo por la que temprano en la mañana salieron Hades, Perséfone y Alexander, sin saber realmente que un poco rato después, el titán contra el que el Dios del Inframundo luchó con esfuerzo junto a sus hermanos escaparía. Cronos, que era el punto medio entre la inteligencia y prudencia de Japeto, y la impulsividad y confronte de Hiperión, se encontró estupefacto con lo que ahora era Grecia. Al menos los dioses lidiaron poco a poco con el cambio de culturas, la cristianización, la tecnología, entre otras cosas, él en cambio se encontró terriblemente impactado. Observó con sorpresa cómo se encontraba la cúspide de la civilización seguidora del panteón griego. Pero, recordó en qué situación se encontraba y sabiendo que la salida que escogió sería la posiblemente más habitada por los dioses que lo derrocaron, decidió que no era momento de ponerse a curiosear la actualidad sino que adaptarse, esconderse, recuperarse y luego, cuando recupere las riendas del mundo, ahí vería que es lo que tiene en las manos. Cronos, que ante los humanos se veía como un hombre hermoso, muy alto y de blancos cabellos pero viéndose joven y bello todavía, era fornido, mucho más que Japeto e igual que su hermano Hiperión, algo así como el Poseidón de sus tres hijos. Caminó por las calles de Grecia, solo dándose el tiempo de adaptarse lo necesario para no ser atropellado por uno de los nuevos inventos de los mortales. Se movió a prisa durante los primeros minutos, y estuvo totalmente alerta en todo momento. Estaba en el nido de los caimanes y él era totalmente consciente de eso, así como sabía que era el lugar donde más rápido se iba a recuperar. Intentó mantener regular su respiración, pues la sensación de alerta permanente, las ansias de poder vengarse y la sensación de ver a su hijo menor por todas partes lo hacía agitarse. Tuvo que controlarse, era imposible que lo encontraran tan rápido. Se tomó un segundo, mientras se sentó en una banca de lo que al parecer era un parque, respiró profundamente y repasó en su cabeza la voz de Japeto diciendo que debían mantenerse ubicados siempre en espacio y saber que tan lejos estaban de la entrada de cada uno. Miró alrededor, sabía que caminó bastante pero no exactamente donde se encontraba, en cuanto salió solo comenzó a caminar para alejarse sin pensar en más nada. En una banca no muy lejos de él se encontraba un muchacho, de tez pálida y cabello oscuro, este estaba comiendo, mirando hacia el frente con la vista algo perdida. Con un suspiro de fastidio decidió hacerle caso a uno de los consejos de su hermano y se levantó para acercarse al muchacho. Cuando finalmente llegó frente a él se aclaró la garganta para llamar la atención del joven. — Disculpe, joven señor, ¿podría decirme qué tan lejos estoy del templo de Zeus? —preguntó con amabilidad, pues necesitaba una respuesta rápida y sabía que esa era la forma de conseguirla sin llamar la atención de nadie. El muchacho parpadeó, espabilando de sus pensamientos en los que estaba sumido, levantó la vista para verlo y sus ojos se abrieron un poco en sorpresa, pues el muchacho solo conocía a pocas personas que eran tan altas y bellas como el hombre frente a él, y no podían calificarse como “personas” simplemente. Finalmente se aclaró la garganta. — Claro, está a un kilómetro hacia allá —respondió mientras con su mano señalaba la dirección de la que Cronos acababa de venir. El titán sonrió con un encanto propio de su genie y progenie, que no sabía, el chico conocía demasiado bien. — Le agradezco, que tenga un buen día. Asintió en agradecimiento y se alejó del muchacho que, sea necesario o no aclarar, se llamaba Alexander Gilles, el cual pensó que ese hombre parecía digno pariente de sus padres.
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