Capítulo 14

4560 Words
Hades tomó la mano de Perséfone con más firmeza cuando comenzaron a subir las escaleras a la salida del Inframundo que se encontraba en el otro extremo del mundo. Las luces que iluminaban el camino brillaban con intensidad y la salida comenzaba a verse. Por otro lado, Alexander se encontraba emocionado, hace mucho no iban ahí y era sin duda uno de sus lugares favoritos en la Tierra. — Deberíamos mudarnos de nuevo al Inframundo —sugirió Perséfone, se vió relajada y miró a Hades y a Alexander de reojo esperando sus reacciones mientras salían por una cueva en Atenas. El lugar era brillante y de inmediato las flores de alrededor crecieron y desprendieron un dulce aroma que se extendió por varios metros, por más años que pasaran Perséfone seguía siendo amada por aquella tierra. Los ojos de Hades brillaron inevitablemente ante aquella idea sugerida por su esposa y suspiró, pensando en si ella lo decía en serio o solo probaba su reacción. Por lo que apretó con suavidad su mano mientras salían a la Atenas actual. Alexander en cambio se tomó unos segundos para procesar la pregunta, pues nunca se habían mudado ellos al Inframundo cuando él vivía ahí. — Si es lo que quieres, querida, sabes que el Inframundo es mi hogar —respondió astutamente Hades, pues no quería que su respuesta se malinterprete, por eso escogió con cuidado sus palabras. — ¿La pregunta es para mí también? —tuvo que preguntar Alexander, se lo veía un poco confuso pero curioso por la idea. Ir ahí siempre le gustó mucho, y verlo cada vez que los visite sería realmente gratificante. Caminaron hacia las calles de Atenas, que ahora estaban transitadas de forma muy diferente a lo que los dioses recordaban de sus mejores días. — Claro que sí, eres nuestro hijo y por lo tanto puedes venir al Inframundo cuando gustes —respondió su madre tranquila y cada vez que ella decía "nuestro hijo" se le notaba el orgullo. Alexander la hacía sentir como una buena madre y la idea de haber criado a un muchacho tan espectacular la hacía sentir feliz. Y aquello provocó una sonrisa por parte del muchacho, dejó dos besos en las mejillas de sus padres y continuó caminando con ellos viendo alrededor. Actualmente las familias no suelen ser tan amorosas, menos cuando sus hijos ya son adultos, pero para una familia de dioses griegos quienes estaban acostumbrados a los actos demostrativos y simbólicos aquello era normal, eran una familia con lazos de amor muy sanos y el respeto era algo que habían inculcado siempre en su hijo pues aquellas dos cosas eran la clave del éxito. El día soleado y el aire denso hicieron suspirar a Perséfone, la cual veía las calles recordando como eran en sus tiempos de oro, Alexander veía a sus padres de reojo deseoso de saber que recordaban, cómo se veía todo en aquella época, deseaba el conocimiento y dentro de las mentes de sus padres habitaba mucho de eso. Dicen que los años traen sabiduría pero para Alex los años traían experiencias y por lo tanto aprendizajes de aquellas. — Antes la ciudad era más hermosa, sin estas construcciones modernas tan excesivas con parafernalias, queriendo verse costosas y exclusivas —negó la mujer, ella detestaba la arquitectura moderna y miró de reojo a Hades pues así era el edificio de su compañía—, las estructuras modernas son frías y nada acogedoras, Alex… Antes los edificios tenían enormes pilares, hermosos de color blanco, habían esculturas y todo era precioso. Hades parpadeó mirando de reojo a Perséfone mientras hablaba y caminó de su mano guardando silencio, prefiriendo entonces no comentar nada al respecto. Miró alrededor no tan agradado, pues igual echaba de menos la antigua Grecia, aunque no precisamente por su arquitectura. — Si, era un poco más agradable antes aunque igual no salía mucho —negó Hades mientras caminaban en dirección al museo de Acrópolis. Aquel edificio era completamente de estilo moderno, no exactamente lo que esperaban ver en Grecia y mucho menos en Atenas, cuya patrona era la mismísima Atenea. Se parecía bastante al edificio de Hades, que volvió a ver a Perséfone de reojo cuando llegaban al museo. Lleno de ventanales de vidrio modernos, como cualquier edificio empresarial en Estados Unidos pero con una forma más particular y columnas enormes que sostienen más de esos cristales. — Ya casi no queda nada… —suspiró Hades, aunque ya habían visitado el museo antes, la sensación de leve amargura no cambiaba. Recorrieron el museo así como la primera vez que vinieron, para ellos no cambió mucho pues esa historia era más que solo historia para ellos, fue y es su vida. Y Alexander la recorría con la misma emoción, mientras preguntaba a sus padres sobre esas historias narradas, esperando tener más detalles sobre cómo era, cómo vivieron ellos o si en todo caso, fueron reales. — Me hubiera encantado mostrarte cómo era, de todas las civilizaciones humanas es mi favorita —dijo tranquila Perséfone sin mirarlo mientras recorría viendo las edificaciones. — Y a mi verlo, los modelos y todas las historias no deben hacerle igual —comentó negando pensando mientras veía las ruinas de la ciudad que se podían ver en el suelo. Recorrieron las diferentes salas del museo, Hades caminó prestando poca atención pues no era algo que no conociera, sin embargo si miró de reojo a su esposa mientras caminaban y con cuidado pasó un brazo rodeando la cintura de ella. — ¿Y qué quieren almorzar? —preguntó intentando centrar sus pensamientos en el momento que estaban viviendo. — Definitivamente quisiera spanakopita —contestó de inmediato su esposa, lo cual le causó una leve sonrisa pues aquello era obvio, era su plato favorito y siempre lo preparaba cuando había reuniones familiares. — Sí, y algo con pescado también para mí —pidió Alexander viéndose tranquilo. Conforme iban caminando Perséfone pareció entretenida o aburrida, por cómo varían los escenarios entre obras antiguas y arquitectura moderna. Mientras caminaba, sintió la mano de su esposo en la cintura, lo que la hizo verlo de reojo cada tanto pues la sensación de su tacto le parecía totalmente distractora y sus ganas de saltarle encima a Hades y besarlo eran apenas contenibles. Hades no variaba tanto en cuanto a su estado, no le gustaba la combinación de ambos estilos juntos, pues sentía que manchaba la magia de la antigua Grecia y no lograba gustarle del todo. En cambio prefirió concentrarse en sentir el cuerpo de su esposa bajó su mano y era su forma de poder disfrutar del paseo. — ¿Por qué será que no me sorprende? —comentó con diversión mientras caminaba y juntó las cejas viéndose más pensativo— ¿Afuera o en casa? Realmente estaba a gusto con la visita de Alexander y con que salieran, eso nunca le molestaba mientras no lo alejara de Perséfone, quien a su vez se quedó pensando en sus palabras. — Afuera, muy pocas veces salimos —comentó con calma y Alexander asintió. — En mis cumpleaños la mayoría de veces, como cuando alquilaron ese restaurante con máquinas que cantan y pizza… Nunca tuve muchos amigos y el lugar era totalmente para nosotros —rió por lo bajo el muchacho, aquello era cierto, a pesar de ser encantador era un alma libre, viajaba y establecía vínculos cortos. Le gustaba así, lo hacía sentir totalmente libre e independiente. Perséfone tomó con el brazo libre el de su hijo, y éste la acompañó junto con Hades por el museo. Todo se veía bastante bien para él y reconocía el leve aburrimiento o desaprobación del lugar por sus padres, pero eso no le molestaba pues sabía cuánto disfrutaban los dos de estar con él y aquello lo hacía sentir lo que muchos niños jamás sienten, el amor de sus padres. — Usted es Alexander Gilles… —comentó un empleado del museo al reconocerlo, era una clase de superestrella para los nerds fanáticos de la historia y la antigua Grecia y Roma, dado a que había escrito algunos libros y sus investigaciones eran notables. — Así es —respondió el chico y Perséfone sonrió ampliamente orgullosa. A Hades le causó orgullo también aquello, sin embargo también le causó diversión y se preguntaba cómo reaccionaría si supiera que ellos eran los mismísimos dioses del Inframundo, aquella idea le instó una risita que no pudo controlar y se abrazó más a Perséfone. — Estoy orgulloso de él —comentó a Perséfone con tranquilidad mirando como el empleado miraba a Alexander con admiración. Ambos mortales conversaron un poco después de que Alexander presentará a sus padres, quienes se abstuvieron de comentar acerca de pequeños errores históricos que tenían ambos. Pero aquello era certero y real para los mortales, pues se creía como algo real por el tiempo que transcurre y hace ver las cosas como realmente no eran. Ellos dejaban que Alexander aprendiera por sí mismo, no se inmiscuían a menos que el joven les pidiera consejo, ayuda o enseñanza, y a Alex también le gustaba aprender por sí mismo. Los dos mortales continuaron hablando por un rato mientras caminaban por los pasillos del museo recorriendo. Se despidieron finalmente cuando el jefe del muchacho lo llamó para que volviera al trabajo. Entonces se despidió apenado de la familia y Hades volvió a soltar una risita, con demasiada cercanía al oído de Perséfone, cuando finalmente se alejó por completo. — Ah, a veces pienso en lo divertido que sería si estas personas se enteran que somos los dioses de los que tanto especulan —sonrió entretenido y besó con suavidad el cuello de Perséfone debajo del oído de esta. La reacción de la mujer fue un escalofrío, pues los labios de Hades estaban fríos y su voz tan cercana le parecía extraordinariamente encantadora, por lo que volteó el rostro para besarlo cortamente pensando. — No lo creerían aunque lo dijéramos —negó calmada y aquello hizo que Alexander los viera curioso. — ¿Por qué no se muestran al mundo con sus poderes? —cuestionó mirándolos, aquello hizo que Perséfone sonriera de lado, Hades en cambio suspiró con tranquilidad negando levemente con la cabeza. — Bueno, cosas malas pasan si los dioses nos mezclamos con los humanos mostrando nuestra divinidad, ninguno de los demás dioses lo comprendió realmente hasta Troya —comentó calmado, mientras caminaban—. Revelar realmente a los dioses como dioses frente a un humano causó más de una tragedia, y solo fue ante uno. Era cierto que dioses y humanos se habían mezclado de todas las formas posibles, especialmente hablando de Zeus y otros dioses semejantes. Pero no se mostraban como ellos mismos, como dioses, solo eran amantes, abusadores, violadores o secuestradores. Pero nunca se mostraron divinamente ante aquellos. Hasta la vez que Hera engañó a una de las amantes de Zeus para que este le mostrara su verdadera identidad y ella quedará calcinada por uno de los rayos que Zeus hizo caer al querer demostrar quién era. — Pero ahora solo nos mezclamos entre ustedes, con alto perfil, pero sin mostrarnos como realmente somos, como con Cerbero. — ¿Entonces se arriesgan a que los humanos no sepan quienes son por el bien de los humanos? —preguntó confuso viéndolos y Perséfone se quedó pensando. — Sin humanos sería peor pues no tendríamos como adquirir nuestros poderes, así se minimicen como en ese tiempo —respondió la diosa. — Así es, es más bien por la relación simbiótica que tenemos con la necesidad de la creencia —explicó Hades y sonrió pensando en darle otra pequeña clase—. Sin embargo no a todos los dioses les pasa, Loki por ejemplo, el dios nórdico del engaño no tiene este problema, no solo por ser un gigante en realidad, sino porque también es considerado un dios menor… Aunque por algún motivo no nos hemos enterado que los nórdicos tuvieran algún problema al respecto. — Los demás dioses no parecieron tener problemas con esto lo cual es extraño, pero aún no encontramos la relación —comentó Perséfone pensándolo y vió de reojo a Hades. Habían tenido noticias de todos los dioses de los diferentes panteones que existían, desgraciadamente solo parecía pasarle a los griegos. Lo cual era extraño pero Perséfone y Hades tenían la creencia de que era porque ellos vivían en Asgard y nunca dependieron directamente de las adoraciones. Quisieron comunicarse con Loki, pero desde el tiempo de antaño que no pudieron hacerlo por los problemas que tuvo respecto a reencarnaciones, en lo que se involucró Eros. — ¿Y los otros panteones? —preguntó Alexander mirando a Hades, sabía que él habría intentado averiguar todo lo posible al respecto. Este en cambio se encogió de hombros. — Los celtas realmente nunca dejaron de tener culto, aunque menos, es culto real y auténtico, aún hay gente —respondió Hades mientras caminaban y dirigió ligeramente el paso a la salida para ir a almorzar—. Y los egipcios tienen sus pirámides y esfinges que todavía llaman la atención de los turistas y cuenta cómo ligera creencia pues aunque sean tumbas de faraones están hechas en base a su cultura. — Incluso mantienen todo su poder dado a esto —comentó con calma Perséfone pensando—. Sea lo que sea solo nos afectó a nosotros. Se dirigieron a la salida del museo para ir a comer. Perséfone se vió ligeramente aliviada de salir de aquel edificio y apenas dió un paso afuera Alexander y Hades fueron inundados por un fuerte olor a flores del cual los turistas comentaban, aquello hizo sentir feliz a Perséfone que rió por lo bajo. — Pueden pasar milenios pero la tierra sigue reconociéndome como la diosa de la primavera —comentó con calma. Hades sonrió y suspiró por el aroma mientras abrazaba a Perséfone más a él y le robó un beso en los labios que duró más segundos de lo que en realidad sería un beso robado. — Es rico, pero me gusta más cuando incluye ese pequeño y refrescante olor a lirios —comentó mirándola de reojo mientras se dirigían a un restaurante que incluyera el plato de Perséfone en el menú. Alexander, que sabía lo que el aroma a lirios significaba para esos dos, arrugó la nariz. — Padre, por favor —pidió el joven y en cambio, el dios sonrió y sus ojos brillaron para pegar su cuerpo un poco más al de su esposa antes de soltar una risita. — ¿Si, hijo? —preguntó, resoplando a propósito contra el cuello de Perséfone, pero luego soltó un suspiro involuntario pues era realmente embriagante aquel aroma. Aquello provocó un sonrojo bastante notorio en su esposa que miró apenada a su hijo. Le costaba concentrarse cuando Hades estaba así de cerca y tenerlo suspirando y hablando contra la piel de su cuello no lo hacía más fácil. — Hades —dijo en un suspiro Perséfone, no era un regaño ni indicaba algo en específico más que la total adoración hacia su esposo, y el reconocimiento de su cuerpo ante él, ella lo adoraba más que cualquier otro ser en el mundo. — Ay no, estamos en público soy su hijo no debería ver esto —se quejó dramático Alex y aquello provocó una risita en Perséfone, mientras que Hades sonrió contra el cuello de Perséfone para dejar un beso más lento. — Querido hijo, no puedes detener a dos dioses que realmente se aman, y evitar que demuestren ese sentimiento mutuamente —declaró con un leve tono burlón del que su único amigo estaría realmente orgulloso. Entraron entonces al restaurante, era uno al que ya habían ido, pues era normal para ellos las pocas veces que iban al museo de Acrópolis, ir a almorzar. Y como a Hades ya de por si no le gustaba mucho cómo cocinaban los humanos, una vez que aceptaba considerablemente un lugar no querían arriesgarse con otro. Hades continuó las caricias a Perséfone pues ella no lo había rechazado, al contrario, entonces vió la disponibilidad de seguir disfrutando de ella. Un par de personas voltearon a verlos, pues Hades era enorme y siempre resaltaba en cualquier multitud humana. Esas personas apartaron la vista rápidamente al notar la cercanía de la pareja, y como Hades imponía un increíble terror aunque no lo quiera, nadie se atrevía a decirles algo. Por otro lado Perséfone captaba la atención de inmediato pero por lo resplandeciente que parecía, su piel, cabello, su cara joven y su altura, la hacían parecer increíblemente atractiva para los humanos pues era una mujer completamente hermosa, por lo que varios hombres la veían hipnotizados por su belleza pero al notar la presencia de Hades de inmediato volvían a sus asuntos. Y como en aquel momento Perséfone estaba bastante apegada a Hades, inconscientemente ladeó la cabeza a un lado, dándole más espacio para besos en el cuello. Los ojos de Hades al ver esa acción brillaron como si fueran dos relucientes canicas de color n***o y Alexander no tuvo oportunidad alguna de decir algo para evitar que su padre pudiera controlar el impulso de inclinar su rostro en el cuello de su esposa y empezar a besarlo mientras la abrazaba, dejándose inundar al fin por ese aroma de rosas y lirios que tanto le fascinaba. La guió lentamente a la mesa en la que siempre comían y se sentó en su silla sabiendo perfectamente que ella se sentaría en sus piernas como siempre. Alexander se sentó frente a ellos rodando los ojos con diversión, sin dudas estaba acostumbrado a esas cosas por parte de sus padres. Las demás personas o los observaban de reojo o intentaban ignorarlos, mientras que aquel aroma se extendía por todo el restaurante. Era agradable y a más de uno de los presentes le provocó un suspiro pues aquel aroma inconscientemente instaba a la pasión. Mientras tanto Perséfone se sentó en las piernas de Hades y se acurrucó dejándolo seguir con los besos, en cuanto vino el camarero, que se veía un tanto confuso, miró a Alexander juntando las cejas sin saber qué decir y la verdad este tampoco supo hacer algún comentario. — ¿Qué les sirvo? —preguntó el hombre luego de unos segundos y Perséfone apenas abrió los ojos ante la presencia del extraño. Hades, en cambio, no se inmutó por la llegada del camarero y colocó sus manos en la cintura de su esposa para acariciarla mientras seguía los besos. — La dama quiere spanakopita, y lo mismo a mi, y nuestro hijo quiere pescado estilo griego con una ensalada también —respondió el dios, pero sin levantar la cabeza y usando el cabello de su esposa para taparse dejó una pequeña lamida en su cuello—. Y el mejor vino que tenga. Gracias. Lo último no lo hubiera agregado en otra ocasión, pero se encontraba bastante embriagado por el aroma que inundaba el lugar que se le escapó esa cortesía mientras cerraba los ojos y suspiraba por la sensación de la piel de su esposa bajó sus labios. Perséfone suspiró profundamente totalmente ida en su esposo, al sentir la lengua en su cuello soltó otro suspiro cerrando los ojos de nuevo, se veía extasiada y el aroma del lugar se intensificó aún más, mientras que ella acarició la mano de su esposo indicando que no se separará. — Gracias —dijo Alexander al camarero quien no podía apartar la vista de Hades y Perséfone viéndose confuso, ante la voz de Alexander pareció espabilar y volteó a verlo para asentir. — Si señor, ya traemos todo —dijo finalmente el camarero para retirarse. Hades no se detuvo todavía, sus ojos parecían oscurecerse aún más y abrazó más Perséfone, ella ahora tenía su total atención y era por demás difícil que eso cambiara. Continuó las caricias con más seguridad al tener su aprobación gestual, y mientras besaba su cuello lo olisqueaba pasando la nariz como caricia, así podía sentir como ese particular aroma era aún más fuerte en su piel, como si surgiera de ella. Aquello le provocó que soltara otro suspiro, y extendió los besos que repartía por su cuello. — Gracias… —volvió a murmurar contra el cuello de Perséfone y siguió con su actividad favorita en todos sus años de vida, besar a su esposa. Alexander tenía un leve sonrojo aunque no era la primera vez que pasaba todo aquello. — Me recuerda a cuando iban a la escuela —comentó intentando captar la atención de sus padres, pues varias veces les llamaron la atención dentro de las instalaciones por situaciones parecidas. Los griegos eran conocidos por muchas cosas, pero una de esas es la demostratividad de emociones, como el amor o la pasión en público sin importarles. Por ello eran conocidos por las orgías o encuentros sexuales como eventos sociales en fiestas. Hades y Perséfone no eran de participar en estos dada la reputación de Hades de ser malo o cruel, sin embargo no por eso dejaban de ser demostrativos. Pero cuando su madre se subió levemente el vestido para que Hades acariciara la piel expuesta de su pierna Alexander se aclaró la garganta. — Oigan… estamos en un restaurante —recordó viéndose apenado. Hades casi no logró escucharlo pues sus ojos se fijaron en la acción de Perséfone para bajar una de las manos que tenía en su cintura a su pierna sin dudarlo mucho. En ocasiones similares, Hades había optado por utilizar su poder como dios del Inframundo, que así como todos los dioses correspondientes, podían hacerse invisibles a ojos de mortales y así poder continuar con lo que tanto anhelaba que era poder sentir a su esposa lo más posible. Aunque aún así nunca se cohibía en público con respecto a eso y en ocasiones era al contrario el sentimiento. Por lo que acarició la piel de la pierna de Perséfone. Ante su acción su esposa suspiró profundamente, abrió apenas un poco las piernas bajo la mesa viéndose bastante concentrada en Hades como para olvidar las demás cosas y Alexander los veía sin notar aquello y luego volteó la vista hacia otro lado sonrojado. — Deberían ir a otro sitio —suspiró rendido viéndolos. Los ojos de Hades brillaron más y su piel se tornó un poco más grisácea, signo de que su divinidad estaba saliendo a flote por la pasión que empezó a recorrerlo y se escondió para besar su cuello con más intensidad, bajando su otra mano para acariciar sus muslos. — Mi amada Perséfone —susurró con voz profunda pero solo para que ella escuche antes de dejar una pequeña lamida en su cuello pues la sensación de ese aroma saliendo de ella le generaba esa necesidad. — Hades… —suspiró su esposa, su tono de voz era aquel que usaba cuando compartían un momento íntimo, ella se veía totalmente ida en él y abrió más las piernas— por favor, necesito seguir. Los pedidos de Perséfone siempre eran cumplidos por Hades, y aquello lo sabía Alexander quien arrugó la nariz sonrojado pero algo divertido también, sabía lo difícil que era para sus padres resistirse entre ellos, por lo que se aclaró la garganta y se levantó despacio. — Iré a dar una vuelta por ahí —comentó apenado. Hades simplemente recurrió a usar ese poder que les permitía no hacer una escena en público mientras subía las caricias por su muslo, y se liberó para pegar más sus cuerpos buscando sentir cada parte de ella. — Todo lo que pidas, querida —murmuró mientras besaba su cuello con intensidad, y sabiendo que ya no tenía que ocultar sus acciones levantó el vestido de ella para poder acariciarla. Lamió y dejó mordidas en su cuello, mientras la luz bajaba y volvía a subir sin poder controlarse demasiado. Alexander pareció huir de la escena apenas se percató de la seriedad de esta, sin embargo fue a pedir su comida para llevar. Perséfone por su parte se encontraba extasiada con las caricias de Hades y el olor a rosas y lirios era denso y envolvente, parecía crear un ambiente mucho más íntimo y era como si estuvieran en casa. Hades subió poco a poco la falda de su vestido mientras aprovechaba para acariciar las piernas de su esposa, tomándose su tiempo en eso pues a diferencia de su hermano quizás, se aseguraba de disfrutar cada segundo del acto por completo en vez de apresurarse a unir sus cuerpos de una vez. Disfrutaba realmente de la figura de su esposa, la adoraba, y siempre quería que ella notara ese sentimiento de su parte pues le era más fácil demostrarlo que solo decirlo. Perséfone estaba totalmente en éxtasis, soltó suspiros cada tanto por las caricias de su esposo y murmuró su nombre con adoración, hasta que finalmente abrió más las piernas para él, buscándolo mientras acariciaba su cabello. Quiso besar el cuello de él para hacerlo sentir bien pero no podía acceder a este por la posición por lo que terminó sentada sobre la mesa abriendo las piernas para Hades. — Querido… —murmuró su esposa viéndolo y se veía increíblemente hermosa, sus ojos se veían brillantes y el aroma parecía emanar de ella, tentando e instándolo para que se acercara. Este se acercó lentamente a ella levantando un poco la vista para poder ver su rostro, los ojos de Hades brillaban con una pasión que solo Perséfone lograba despertar en él. Sus manos viajaron por las piernas de ella levantando el vestido buscando poder verla mientras se estiraba. — ¿Si, querida Perséfone? ¿Qué es lo que quieres hacer? —preguntó, su voz sonaba profunda y ronca pues estaba ahora dejándose llevar más por la pasión sin importarle cualquier cosa. — Sabes qué es lo que quiero hacer, Hades… Me conoces —susurró su esposa de vuelta mirándolo, sus ojos eran brillantes y cuando Hades acarició sus piernas un suspiro escapó de sus labios. Las manos de la pelirroja viajaron al cabello de Hades y los labios de ella acariciaron su cuello con delicadeza, besó cada punto que le gustaba a su esposo y sus manos terminaron por bajar a la espalda baja de este. Él no tardó en sonreír y acomodarse entre las piernas de Perséfone mientras subía su vestido y luego, aún entre caricias y volvió a besar su cuello con casi desesperación por la sensación de la piel de ella contra sus labios, anhelaba sentirla de todas las formas. — No sabes lo feliz que me hace saber que todavía me amas —susurró contra el cuello de su esposa mientras soltaba un suspiro de satisfacción al sentirla. Perséfone jadeó levemente y al sentir la necesidad de su esposo el aroma pareció inundar el aire, era casi intoxicante y algunas personas al no soportar la intensidad del olor salieron de la habitación pero ella llevó las manos al cinturón del pantalón de su esposo. — Escucha, te amare por lo tanto todo lo que dure mi vida, pero como somos los reyes del Inframundo, también te amaré toda mi muerte —le dijo al oído mientras sintió aún más sus labios, la piel de ella se erizó y tembló ligeramente— Te amare por siempre. Aquellas eran las palabras que Perséfone sabía, derretían el frío corazón de Hades y lograban que este bajara cualquier barrera hacia sus sentimientos que pudiera haber.
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