Aquel día de fin de semana comenzó como uno normal para Hades y Perséfone. En el pasado, el sábado luego de haber superado al fin toda la jornada laboral, el humor de Hades era como diez veces mejor que durante los días hábiles y ese buen humor era lo que lo impulsaba a los sábados prepararle el desayuno a Perséfone. Para iniciar su día favorito de la semana ya con la sonrisa de su esposa al ver que le había llevado su desayuno a la cama. Aquello generó una costumbre en él, por lo que por más que las cosas hayan cambiado respecto a sus trabajos en el mundo de los mortales, ese hábito no desapareció.
Entonces aquél sábado, Hades habiéndose despertado más temprano que de costumbre, se levantó con extrema lentitud y delicadeza de la cama para no despertar a Perséfone y fue a colocarse nuevamente la bata de dormir para ir a la cocina del castillo.
No es que fuera un gran cocinero como su amigo nórdico, pero se había encargado de perfeccionar la preparación del desayuno favorito de su esposa para poder hacerlo sin arruinarlo. Se sabía defender de todos modos en la cocina por el tiempo solo que tuvo que pasar. Así que se puso nuevamente manos a la obra para consentir nuevamente a la mujer que según muchos, había secuestrado.
Una vez acabó de preparar el desayuno, colocó todo en una bandeja de plata pulida y caminó con lentitud de regreso a la habitación donde esperaba que Perséfone siguiera durmiendo. Cuando abrió la puerta con el pié y la vió todavía sobre la cama, arropada entre las sábanas, sus ojos cerrados y su pecho subiendo y bajando pausadamente, sonrió sin poder evitarlo. Caminó a dejar la bandeja en la mesita de noche junto a la cama y se recostó nuevamente a un lado de Perséfone, colocando una mano en la cintura de esta. Se inclinó y dejó un beso suave en los labios de ella.
— Querida, despierta… Ya está el desayuno —murmuró contra sus labios, y subió la mano a acariciarle el cabello mientras esperaba que ella despertara.
La luz que se filtraba levemente por la ventana le iluminaban los cabellos rojos, los cuales parecían de oro bajo la luz, ella poco a poco abrió los ojos y al ver a su esposo sonrió ampliamente con pereza.
— Hola… ¿Dormí mucho? —preguntó aún con la voz algo ronca mientras se estiraba. Ella sabía que los fines de semana recibiría aquel trato por parte de él. Ella ya no trabajaba en el hospital, como en los viejos tiempos ayudaba a su esposo a administrar el Inframundo y a mantener todo en orden, por lo que aquellas muestras de cariño le parecían ahora más especiales, porque sabía lo cansado que era aquello y que lo que inicialmente causó ese detalle haya desaparecido, pero no el detalle.
— No, dormiste lo suficiente —dijo con calma y besó sus labios unos segundos, y se separó unos pocos milímetros de ella para continuar hablando—. Hice el desayuno.
Luego de decir eso volvió a besarla con suavidad, cerrando los ojos mientras todavía seguía acariciando su cabello. Estaba realmente a gusto con la vida de ambos ahora y podía tomarse ciertos gustos que en su momento no por estar más tiempo separados.
— ¿Descansaste bien, querida? —habló mirándola, sus ojos negros brillaron como el metal recién pulido.
— Dormí excelente… ¿Y tú? —preguntó ella de vuelta bajando la vista a sus labios y se estiró buscándolos, para terminar besándolo lento. Cerró los ojos dejándose llevar por la sensación y despacio mordió levemente el labio inferior de Hades, le gustaba besarlo más que cualquier cosa en el mundo.
Hades suspiró por la sensación y continuó besándola con lentitud tomándose su tiempo para disfrutar de los labios de Perséfone.
— Yo he podido descansar magníficamente —murmuró sobre sus labios y con cuidado los hizo sentarse sobre la cama mientras la besaba sin querer separarse. Nunca estaba saciado de su cercanía en realidad y anhelaba más, pero sabía que tenían todo el tiempo del mundo para eso—. Preparé el desayuno, si quieres comerlo ahora.
Señaló con la cabeza la bandeja con el dedicado desayuno que le había preparado. Perséfone la miró y asintió sonriendo ampliamente, se veía feliz y encantada de tener a su esposo para ella sola, sin trabajo de por medio, por eso era que amaba los fines de semana. Poco a poco volvió a besarlo lento, mordió sus labios con necesidad y el cuarto se inundó del aroma a rosas y lirios.
— Comamos —asintió viéndolo feliz, estaba tranquila y con Hades tan cerca y sin señales de que tengan que separarse por el día de hoy, se acurrucó entre sus brazos.
Hades se estiró sin separarse del todo para tomar la bandeja y la dejó a un lado de ellos para que pudieran comer sin tener que separarse. Soltó un suspiro cuando sintió el aroma particular y cerró los ojos disfrutándolo pues le traía muy buenos recuerdos.
— Espero esté mejor que el anterior —comentó mirándola de la misma manera en que la veía hace milenios cuando confesó sus sentimientos y volvió a besarla un momento sin poder controlarse, y ella de inmediato le correspondió cerrando los ojos ante su tacto.
Se quedaron unos momentos más así, con besos y caricias, algunas más pasadas de tono que otras hasta que finalmente el estómago de Perséfone sonó indicando que tenía hambre, lo que la hizo soltar una risita sobre los labios de Hades.
— No importa si está quemado, será la mejor comida que habré probado jamás —comentó entretenida, se la veía feliz y sus ojos verdes brillaban como las primeras hojas en primavera—. Alexander está aún en el castillo, podemos ir con él a comer una merienda en el jardín más tarde
Hades la miró mientras tomaba con el tenedor un poco de comida para llevarla a los labios de Perséfone. Sonrió con diversión viendo como los ojos de Perséfone brillaban, soltando nuevamente un suspiro.
— Si, podemos, si hipotéticamente sale de la biblioteca —comentó, mientras Perséfone comía lo que él le ofrecía y solo entonces Hades comió después. La mano libre que tenía la colocó en la pierna de Perséfone mientras ambos desayunaban—. Pero si, podemos almorzar con él.
— Lo extraño cuando pasa tanto tiempo fuera, pero lo criamos bien, muy bien —dijo sonando orgullosa, su hijo era independiente y valiente además de sumamente inteligente y también era algo penoso de vez en cuando.
Ella habló después de tragar y acarició lento el cabello de Hades, el cabello de él le seguía pareciendo el más hermoso que había visto, parecía tragarse la luz del lugar.
Hades suspiró y asintió pensando que ese fin de semana precisamente no serían solo ellos dos y comió otro poco de comida dándole a ella otra vez, moviendo suavemente la mano sobre el muslo de Perséfone.
— Lo sé, querida, podemos almorzar con él y luego salir a pasear —ofertó mientras sonreía. Sabía que aquella petición le gustaría a ella y no se negaría.
— Esa es una idea perfecta, me gusta —asintió viéndolo feliz y sus ojos parecieron brillar aún más mientras comía lo que le daba Hades—. Pero hay que lograr sacarlo de la biblioteca.
Alexander era lo que conocemos como un ratón de biblioteca. A pesar de su sed de aventura le gustaba leer y podía pasar mucho tiempo en eso, como todo humano tenía limitaciones físicas que le impedían pasar días ahí pero sus padres siempre bromeaban con que era el hijo perdido del dios Loki, solo que este se interesaba más por los diferentes tipos de magia que pudiera usar y cualquier otra cosa para aumentar su sabiduría. Hades sonrió con diversión ante el comentario de Perséfone, mientras terminaba de darle el desayuno y lentamente volvía a acercar sus labios a los de ella rozandolos pero sin besarla del todo.
— Eso es fácil para mí —sonrió contra sus labios y los besó con suavidad.
— Pues espero que uses tus súper poderes de papá para hacerlo —rió ella por lo bajo y suspiró viéndose pensativa—. Sabes… Deberíamos hacer algo especial, además de la salida.
— No sé si de papá, pero súper poder al fin y al cabo, solo dame unos minutos más contigo —pidió y comenzó a dejar besos suaves y cortos en sus labios mientras mantenía los ojos cerrados—. ¿Algo especial?
Ella a su vez cerró los ojos siguiéndole los besos y se quedó pensando en la última pregunta de Hades para negar.
— No tiene que ser algo tan especial, solo algo donde los tres salgamos y la pasemos bien… como ir a un museo —sugirió entre besos, se veía totalmente tranquila con la cercanía de Hades, y este pensó en su sugerencia con calma.
— Interesante, así será más fácil convencerlo —comentó con diversión y jugó con un mechón de su cabello mientras la besaba.
Continuaron los besos igual que antes del desayuno, Hades disfrutaba realmente esos momentos y se concentraba en ellos para no perderse detalle alguno de la sensación de Perséfone estando tan cerca de él. Durante todo ese tiempo, el aroma a rosas y lirios característico de esos momentos no disminuyó ni un poco, por lo que Hades se sintió prácticamente en un sueño.
Mientras tanto, en la biblioteca donde Alexander estudiaba comenzó a menguar la luz de a poco hasta que quedó tan oscura como la mismísima entrada del Inframundo. Esté parpadeó y fue a buscar la linterna que tenía, pero obviamente no podía encontrarla en la profunda oscuridad, por lo que finalmente sonrió con diversión y se levantó caminando a tientas a la salida de la biblioteca.
Aquello había sido sin dudas obra de su padre, pues no había mayor oscuridad que la que él podía crear. Le parecía divertido porque era algo que hacía desde que era niño, probablemente su madre querría verlo después de aquellos meses fuera de casa, los seguía amando con locura y ellos a él pero ese amor estaba acompañado con la confianza suficiente como para dejarlo explorar y formarse a sí mismo como alguien independiente.
Desde el día en que lo adoptaron, Alexander no volvió a ver a sus padres biológicos. No sólo guardaba hacia ellos gran resentimiento sino que no tenía una razón para hacerlo, no los amaba y ahora tenía padres amorosos y comprensivos que lo apoyaban. Por lo que le gustaba compartir tiempo de caridad con ellos aunque eso significaba interrumpir sus lecturas diarias.
Él ya comprendía la relación tensa con los demás dioses, una vez cumplió la mayoría de edad se le permitió acceder a la parte prohibida de la biblioteca, donde se encontraban los libros y pergaminos que no le permitían leer de niño. Estaban llenos de historias oscuras de los dioses, algunas reales y otras ficticias, algunas de cronistas humanos y otras escritas por oráculos, sacerdotisas o incluso los dioses mismos. Aquello lo hizo encontrarse con sentimientos nuevos, ahora desconfiaba de la mayoría de dioses salvo sus padres y su abuela, aunque con esta última tenía algunas reservas pues conocía su capacidad de adaptar la historia a su conveniencia, también le tenía cierto sentimiento cercano al odio a Zeus, pues ahora sabía cómo había lastimado a su madre. Simplemente se volvió más desconfiado, por lo que entendía y apoyaba la mayoría de decisiones de su padre para mantener el orden y protección de la familia.
Por esto fue que no dudó en dirigirse a la habitación de estos para quedarse un rato en busca de mimos. Si su padre quería que él saliera sería por algo importante, o porque realmente era necesario tener tiempo de caridad. Así que al llegar a la habitación de ambos, tocó la puerta y esperó paciente, algo divertido pues sabía que debía darles tiempo a vestirse.
Solo fueron unos minutos de espera, pero oía los murmullos de sus padres del otro lado de la puerta con diversión. Sabía que también era fin de semana y a Hades le costaba más romper la intimidad con su esposa en estos días. Le pareció divertido que así fuera, pues ella ya no trabajaba en el hospital y Hades trabajaba con los papeles de las industrias desde el castillo, debido al mayor trabajo que les causaba el Inframundo ahora. Pero pareció haberse acostumbrado al sistema de fines de semana con firmeza.
Y Alexander no era el único divertido con ese comportamiento de Hades, pues no había sido pasado por alto por Perséfone.
Hades antes de salir besó una vez más a su esposa en los labios con lentitud, tomándose su tiempo de nuevo para despacio separarse tomando la mano de ella y salió más tranquilo, mientras esta reía levemente pues sabía cómo su esposo estaba más apegado a ella que de costumbre, aquello le causaba ternura. Hades siempre quería cuidar de ella pero al final la misma Perséfone era quien lo cuidaba a él.
— Buenos días, hijo —dijo su madre tranquila y lo abrazó con el brazo libre, se vió tranquila y besó la mejilla de Alexander.
Hades por su parte sonrió con ligera inocencia, mirando a Alexander y con su brazo libre se unió al abrazo.
— Buenos días, ¿desayunaste ya? —preguntó con su tranquilidad de siempre, mientras los abrazaba a ambos— Tu madre quería que saliéramos a pasear los tres juntos a un museo y luego almorzar también.
Alexander sonrió más divertido al oír a Hades, soltó una pequeña risa. Ese tono particular de su padre no daba opción a una negación, era un tono que decía claramente "no te atrevas a decir que no". Pues sabía que para su padre, consentir a Perséfone cuando quería algo era su máxima prioridad. Sabía que aquello era en parte por algunos comentarios de su abuela y ese rumor que ella hizo correr, que aunque no fuera cierto, Hades se ocupaba de demostrar que Perséfone si lo había aceptado y se amaban, aunque no hubiera persona a quien demostrarle tal cosa más que a sí mismo.
— Si he desayunado —confirmó tranquilo mientras se acurrucaba en el abrazo, pues la sensación de seguridad que ellos le transmitían no había desaparecido ni disminuído—. Y suena excelente esa idea, ¿qué museo tienen en mente?
— Ninguno en realidad, pensábamos que escojas tú, hijo —comentó el dios, retomando su calma al recibir la afirmación de Alexander hacia el pedido de su esposa, mientras se separaba de a poco del abrazo para verlos a ambos.
— Dejaremos que nuestro experto en historia nos sugiera un museo que le guste, nosotros hemos vivido en persona la historia, pero es divertido recordar —comentó su madre sonriendo, el ambiente entre los tres se sentía agradable y así era la mayoría del tiempo. A veces habían pequeñas discusiones producto de la preocupación de algunos de los tres, pero siempre fue solucionado hablando y escuchando.
Alexander se vió más que agradado por eso y sonrió ampliamente. Sus facciones parecieron más relajadas y por un momento Perséfone vió al pequeño niño que se sentaba en sus piernas para que le leyera y el niño que acompañaba a Hades cada vez que podía al Inframundo.
— Saben que mi respuesta siempre será el museo de la Acrópolis, hay un par de piezas de estudio que investigue ahí, será entretenido —comentó Alex, esperando la reacción de sus padres bastante entretenido pues el museo quedaba en Atenas.
— Hace mucho no vamos a Grecia, sería bueno y muy interesante, siempre se me hace extraño cuando recuerdo que ya no hay templos o sacerdotisas, sino que hay autos y metros —lo último la hizo arrugar la nariz ligeramente en desagrado. La mayoría de dioses griegos recordaban Grecia como hace milenios atrás cuando los filósofos paseaban por las calles y Diógenes arrojaba desechos a los transeúntes.
Hades sonrió divertido al escuchar eso, puesto que a Atenas podían tomar el atajo por el Inframundo, cosa que a Alexander todavía le gustaba recorrer. Miró entonces a su hijo.
— Y supongo que no tienes en mente que solo nos aparezcamos ahí, ¿verdad? —preguntó bastante entretenido. También tenía ganas de recorrer un poco, pero saber que a Alexander le gustaba su primer hogar era muy agradable.
— Claro que no, esperaba que le diéramos más trabajo a Caronte y que nos llevará por el río —comentó divertido, y aquello hizo reír a Perséfone, que apoyó la cabeza en el hombro de Hades.
— Entonces vamos, no voy a ese museo desde que eras pequeño —comentó Perséfone y aquello era cierto porque los dioses al haber vivo la historia poco o nada les interesaban aquellos lugares que guardaban cosas simples como un abre cartas, como si fuera un tesoro, cuando para ellos era algo normal. En el castillo de Hades y Perséfone se guardaban muchos objetos por el estilo pero aquellos realmente eran tesoros, monedas, obras de arte nunca antes vistas, armas, armaduras y los libros de la biblioteca de Alejandría los cuales Hades había tomado antes de que se quemaran, Perséfone incluso tenía joyas del Titanic, que en alguna ocasión Hades intercambió con su hermano por alguna cosa que este necesitase de las cosas bajo terra que su esposo podía reclamar.
Eso era algo curioso del castillo, a la pareja le gustaba coleccionar objetos de eventos catastróficos. Había una bomba nuclear desactivada de la segunda guerra mundial, la verdadera arma de Hitler, un traje contra la radiación de Chernobyl, máscaras de la peste negra que les recordaba buenos tiempos para el Inframudno, un trozo del transbordador Challenger el cual todos creían totalmente desintegrado pero ellos habían logrado conseguir una parte, entre otras cosas.
Pero lo que más le gustaba coleccionar a la pareja eran esqueletos, pues era de lo que más podían conseguir ya que Hades tenía dominio sobre todo lo que estuviera en la tierra. Tenían de todos los eventos relevantes ya mencionados. Sus favoritos eran los que contaban con algún tipo de anomalía, por lo tanto tenían salones enormes con vitrinas llenas de esqueletos amorfos por mutaciones, de humanos y animales. Aquello le fascinaba a Perséfone por lo únicos que podían llegar a ser ciertas estructuras óseas, tenía además un apartado especial para víctimas de asesinatos y para los asesinos famosos. Por su parte, Hades tenía también gusto por coleccionar bacterias, virus, hongos y objetos mortales para la humanidad, causantes de plagas y pandemias que desencadenaron una serie masiva de muertes y por consiguiente, en almas para el Inframundo. En resumen, todo lo ligado a la muerte les gustaba por lo tanto el castillo era un enorme museo de la muerte.
— Hola Jack —dijo Perséfone divertida, Hades y ella mantenían vivo a Jack el Destripador dentro de una prisión de cristal, después de secuestrarlo de las calles. Los policías de la época no eran tan buenos para atraparlo y a Perséfone se le hizo curioso así que se lo pidió como regalo a Hades el cual no tardó en conseguirlo para ella sin esfuerzo. El hombre tras el vidrio intentó gritar pero nada se escuchaba del otro lado.
Alexander lo saludó con la mano bastante tranquilo y Hades rodó los ojos cuando pasaron por ahí de camino al sótano y suspiró rodeando la cintura de Perséfone con su brazo mientras caminaban.
— ¿De verdad estabas por perder tiempo con él? — preguntó bajando las escaleras junto a ellos.
Hades miró de reojo hacia atrás calmado. La verdad es que también le agradó la idea de tenerlo vivo, al igual que sus colecciones personales. Tenía la idea de que en un caso extremo de problemas con las almas del Inframundo tendría que liberar algo de eso, por suerte no se dió el caso todavía.
Cuando llegaron al sótano, las luces del camino en descenso se encendieron de inmediato y Hades guió tranquilo el paso hacia la orilla del lago sin soltar a Perséfone. Había en el lugar un par de almas a la espera de Caronte, pero este se había negado en cuanto sintió la presencia de su amo y señor en el lugar.
— Es divertido —se encogió de hombros Alex y al ver a Caronte le sonrió—. Señor Caronte, se encuentra tan anciano como siempre.
Perséfone suspiró a gusto por el abrazo de Hades y al ver las almas sonrió entretenida, parecían ahogadas y probablemente esas eran producto del trabajo de Poseidón, a una le faltaba una pierna por un mordisco de tiburón.
— Poseidón ha estado trabajando —comentó con simpleza, y en aquel momento llegó otra alma. Hades sonrió de lado y miró las almas con satisfacción, era agradable verlas esperando, le recordaban los viejos tiempos.
— Si, es el que más me ha traído desde que tomaron esa decisión —comentó Hades con calma, y luego sonrió con diversión ayudando a Perséfone a subir a la barca y luego a Alexander—. Es como si se lo hubieran tomado como una competencia entre ellos de quien consigue más.
Si era cierto eso, Poseidón aunque fuera de la misma calaña que Zeus, era quien no faltaba nunca a ese acuerdo y casi todos los días le presentaba un par de almas. Tenía más ventaja, eso es cierto, pues había muchas muertes en el mar o tan solo causadas en el agua o por esta. Y la verdad es que a Hades no le importaba mucho, pero se sentía más vigorizado al saber que su hogar prosperaba. No le importaba que los demás lo hicieran por mérito propio o por su ego de temer perder sus poderes, de alguna forma lo ayudaban a él y prefería quedarse con esa idea.
Subieron a la barca y Caronte empezó a remar tenía un leve brillo en los ojos del anciano, sabía que su señor estaba orgulloso del Inframundo y eso le parecía regocijante también.
— Aunque hay muchos que olvidan darles las monedas —dijo Perséfone asomándose a ver el río, metió los dedos en el agua helada y sonrió divertida viendo de reojo a Hades pues varias veces habían tenido encuentros ambos dentro del agua.
Se escuchó el repiqueteo del agua cayendo y se vieron pequeños reflejos de cristales en las paredes de las cuevas mientras Caronte los llevaba. El lugar se veía aún más imponente con luz, pues se apreciaba lo grande que era y los túneles que llevaban a aún más lugares.
Hades notó la mirada Perséfone y sus ojos volvieron a brillar. Le guiñó un ojo sabiendo perfectamente lo que significaba esa mirada, lo que causó una risita y un sonrojo de parte de su esposa.
Caronte los llevó por el río hasta el castillo subterráneo del Inframundo, este era un más grande que el que se encontraba sobre la tierra y se veía igual de imponente que el resto del Inframundo. Hades bajó primero y tomó la mano de Perséfone para ayudarla a bajar.
— Es bastante agradable recorrer el río ahora, trae bastante recuerdos —comentó entretenido la pequeña indirecta a Perséfone.
— Así es, muy buenos recuerdos, querido —correspondió ella, por un momento ambos olvidaron que estaban frente a Alexander y Caronte tuvieron el impulso de besarse pero Alexander habló antes de eso.
— Espero que no sean indirectas sexuales, sería inapropiado —pero el comentario fue totalmente dicho como juego y eso hizo a Perséfone sonreír ampliamente.
— Prefiero no responder a eso.
Los tres caminaron dentro del castillo, Hades caminó con tranquilidad y ligereza pues en el Inframundo se sentía parte de este. Alexander nunca se cansaba de observar ese castillo y sus ojos brillaban con la misma intensidad cada vez que iban.
— Pues yo no le veo nada de malo —comentó Hades sobre eso sonriendo a gusto mientras caminaban por los enormes pasillos del palacio del Inframundo. Se sentía realmente a gusto y de vez en cuando extrañaba vivir ahí. Caminaban hacia la otra salida del Inframundo que era en Atenas.
Por parte de Perséfone se veía totalmente relajada, sabía que estaba a salvo ahí y que al ser la reina del Inframundo todo y todos le obedecían por lo que tenía el control junto con Hades del lugar. Aquello la hacía sentir segura y por lo tanto no se preocupaba, de vez en cuando también extrañaba vivir ahí abajo, pues era mucho más cómodo para ella y su esposo, pero tenían que mantener la fachada que habían creado y a pesar de todo a Alexander se le facilitaba visitarlos en el castillo de arriba, y aunque ella no lo admitiera en voz alta le gustaba un poco convivir con mortales.