Capítulo 9

4591 Words
En aquel momento Alexander, quien estaba con Perséfone en el estudio de Hades, corrió en silencio detrás de él para sorprenderlo. Ella sin saber a dónde marchaba Hades se recostó en el mueble a esperarlos, mientras el pequeño se escabulló entre los adornos de la casa y los pasadizos que había aprendido en esos años. El castillo era como un enorme laberinto el cual no había siquiera terminado de conocer, pero conocía la ruta que estaba tomando Hades, era hacia el sótano y nunca lo dejaban pasar por la enorme puerta negra que se alzaba al final de aquella habitación. La pareja solía decirle que allá abajo estaban las tuberías de agua y de gas, cables de electricidad y otras cosas del mantenimiento del castillo por lo que era peligroso que fuera ahí abajo, pero siempre sintió curiosidad de porque sus padres bajaban tan seguido ahí. Hades, que iba tan concentrado en sus pensamientos, no se había percatado del niño que iba detrás de él. Bajó las escaleras hacia el sótano y empujó la puerta negra sin esfuerzo alguno pues tenía la fuerza de un dios. Y a continuación bajó las escaleras hacia el Inframundo, el lugar era oscuro y no se veía hasta dos pasos delante de la puerta de entrada. La original entrada al Inframundo, aquella por la que habían atravesado Psique y Orfeo para recuperar a sus seres amados se encontraba en otro sitio del Inframundo, pero todas las entradas a este eran iguales. Hades bajó con la calma digna de él pues podía ver sin problemas el camino a su hogar. Alexander solo se guió por el sonido de los pasos de Hades y el leve reflejo de la camisa blanca que tenía su padre, preguntándose confuso porque no había luz alguna en ese lugar y como era que Hades podía pasar con tanta seguridad si no veía por dónde iba. El niño se movió con bastante agilidad pues sus padres lo habían inscrito en clases de esgrima y gimnasia, entonces aquel recorrido no se le hacía tan pesado, sin embargo varias veces estuvo por caer por las rocas del suelo, parecía una cueva subterránea y no comprendía a dónde iba su padre. Pensó en llamarlo pues estaba algo asustado pero no quería que lo regañasen. Después de un rato de seguir a Hades, finalmente entró algo más de luz, no sabía muy bien de dónde venía pero era de tonos azules, había neblina y hacía bastante frío. Aún así se le dificultó ver con claridad los detalles del lugar, y finalmente se sorprendió viendo un enorme río que atravesaba una caverna enorme en donde se encontraban, sospechaba que aquel lugar era aún más enorme de lo que podía llegar a ver. Corrió a esconderse detrás de unas rocas pensando que a Philip le hubiera encantado venir. Se quedó ahí en total silencio esperando, vió a su padre confuso, pues a lo lejos, en el río se veía una mancha negra viniendo hacia él y finalmente la identificó como un viejo anciano que remaba en un bote, así era la imagen de Caronte para los humanos. Vió a su padre acercarse más a la orilla del río. Se veía un poco diferente y apenas podía distinguir dónde acababa su cabello, sus ojos no emitían casi resplandor y lo oscuro de ellos pareció extenderse un poco sobre su ojo. Le parecía incluso más alto y grande. — Necesito otra vuelta —dijo al anciano cuando este llegó con su bote frente a Hades, que subió de inmediato a este. — ¿Pasa algo, señor? Es la cuarta vez en tres días —preguntó Caronte y Hades solo negó con la cabeza. Pensando en que no pretende preocupar a nadie, y mucho menos demostrar que no puede mantener su reino. — Para nada, es por seguridad —negó de inmediato, juntando sus manos detrás de su espalda y miró hacia el río. En la antigüedad las almas lo desbordaban, y tenía que pisar un par de manos transparentes que querían subir a la barca. Pero ahora muy pocas almas eran condenadas a vagar cien años hasta poder pagar el precio del transporte. Era algo más tolerable de ver para cualquier persona que no era él. Que solo pensaba que se veía vacío y preocupante. Alexander lo vió alejarse y por unos segundos sintió miedo, estaba solo en la casi total oscuridad, en un lugar que no conocía. Un escalofrío lo recorrió y pronto salió de su escondite asustado, muchas cosas podían habitar en la oscuridad y ninguna se veía agradable en su mente, pues en segundos ya había creado monstruos y bestias que lo veían desde aquellos puntos oscuros en que sus ojos no alcanzaban a penetrar la oscuridad, aquellas criaturas en su mente solo esperaban a que él se acercará para devorarlo. Pronto corrió hacia el río, buscando llamar a su padre pero nada salía de su garganta, había tanto silencio que romperlo le parecía un acto posiblemente mortal, estaba totalmente aterrado. Justo cuando por fin había reunido el valor suficiente para levantar la voz, vió un resplandor en el agua. En aquel momento olvidó a los monstruos imaginarios y gritó llamando a su padre al ver a una mujer con aspecto pútrido flotando unos centímetros por debajo del agua, justo en frente de él, la mujer lo miraba y despacio sacó una mano fuera del agua buscando alcanzarlo. Alexander volvió a gritar y cayó de espaldas al suelo rocoso arrastrándose cómo podía lejos del río. Hades parpadeó y se volteó rápidamente para ver a la orilla de la que acababan de partir. Al ver a Alexander en el suelo y alma de solo él sabrá quién estirando el brazo hacia el niño, sus ojos se abrieron en sorpresa y susto. Rápidamente apartó a Caronte tomando el remo él para remar hacia la orilla lo más rápido que pudo y la barca chocó contra las rocas mientras Hades saltaba a empujar el alma de aquella mujer de regreso al río con sus poderes. — Vete ya, nadie te sacará de tu infortunio hasta que pagues tu deuda al barquero —masculló alzando la voz y el alma de la mujer dió un grito horrible antes de volver al río, hundiéndose más en la profundidad de este. Hades volteó a ver a Alexander, sus ojos se centraron en el niño esperando una reacción de su parte con los músculos completamente tensos y se acercó a él despacio—. Vamos de vuelta con tu madre, no es lugar para un niño —dijo y de inmediato encendió las luces de la escalera que usaba para cuando bajaba con Perséfone. Al ver a su padre Alexander corrió a abrazarlo, se aferró a Hades con toda la fuerza que tenía mientras temblaba todavía, no quería soltarlo y el corazón del niño se podía sentir solo con eso. Sin embargo no lloró en ningún momento porque sabía que su padre no dejaría que nada le pasará. — Había una mujer —murmuró como pudo abrazándolo, poco a poco Alexander levantó la vista para verlo, alegrandose de que ahora hubiera luz. Hades suspiró aliviado y lo cargó con cuidado para subir de nuevo las escaleras abrazándolo de vuelta. Asintió a sus palabras mientras le acariciaba el cabello. — Lo sé, no te hará daño, no puede —aseguró mientras subía de vuelta las escaleras hacia el sótano del castillo. Pensando en qué dirá Perséfone al respecto mientras salía y cerraba la puerta tras él. La revisión del Inframundo podía esperar un poco más. Quería asegurarse de que Alexander asimile bien la verdad y no le tuviera miedo. Arrugó un poco el ceño al pensar en esa probabilidad y miró al niño de reojo. Aunque se veía genuinamente asustado, lo abrazaba con fuerza, aunque podía ser momentáneo por el susto con el alma de la mujer. Salieron del sótano y Hades caminó aún llevándolo con él. Aunque el niño ya tuviera diez años, para él no era esfuerzo alguno cargarlo, y sabía que estando asustado lo haría sentir más seguro. — ¿Qué era eso? —preguntó bajó, en ningún momento dejó de aferrarse a su padre, mientras tanto Perséfone descansaba en el mueble de la oficina de Hades esperándolos, pensaba que Hades había ido a hacer cualquier otra cosa puesto a que no le prestaba atención. Muchas ideas pasaron por la mente de Alexander en aquel momento, ninguna le parecía lógica, pero en todas su padre era héroe que lo había rescatado de lo que para él era un zombie, abrió apenas los ojos para ver de nuevo a Hades y luego se volvió a aferrar a él ocultando el rostro en su cuello, aquello había sido demasiado para él. — ¿Puedo dormir con ustedes hoy? —preguntó sin esperar respuesta de lo anterior, dormir en medio de sus padres era algo que lo hacía sentir totalmente seguro, claro que él no sabía que aquello era porque dormía en medio de dos poderosos dioses los cuales cuidaban de él y no dejarían que nada le pasase. Hades lo observó unos momentos, abrazándolo todavía y parpadeó un poco sorprendido por la reacción de Alexander. Se tomó un momento para pensar que decir respecto de la primera pregunta y asintió a la segunda. — Claro que puedes, si es lo que quieres —aceptó Hades con cuidado mientras se acercaba a Perséfone y con cuidado sentaba a Alexander en las piernas de esta— ¿Qué crees que era? —preguntó cauteloso, probando el terreno en el que estaba primero antes de explicar cualquier cosa. Ella abrió los ojos y al escuchar a Hades se sentó, luego abrazó a Alexander cuando lo sentó en sus piernas viendo a ambos confusa, Alexander por su parte se abrazó a Perséfone pensando en la pregunta de Hades. — No lo sé… Algo como el Amanecer de los Muertos, supongo —intentó bromear el niño como había aprendido de ellos y Perséfone vió a Hades preocupada de inmediato al entender la referencia. — ¿Hades? —empezó ella, aunque ya sabía por dónde iba el asunto. Hades suspiró mirando a Perséfone y se mordió el labio sentándose en su silla del escritorio, meditando qué más decir y pensando si contarle la verdad de todo ahora. — Querida, mientras inocentemente descansabas en el mueble, el pequeño me siguió al sótano —comentó Hades arqueando una ceja, y aunque quería sonar casual y tranquilo la miró en busca de ayuda sobre que hacer ahora. Volvió a ver a Alexander viéndose pensativo— ¿Tienes alguna pregunta que quieras hacer? Nada puede hacerte daño aquí —aseguró nuevamente, quería tranquilizarlo y tenía la ligera sospecha de no ser bueno para ello. Para sorpresa de Hades, el pequeño Alexander se levantó del regazo de Perséfone y fue a sentarse en las piernas de él, abrazándolo, acurrucándose cerrando los ojos intentando procesar todo, pronto Perséfone se acercó también, sentándose sobre el escritorio de Hades comprendiendo de inmediato la situación. Finalmente Alexander asintió. — ¿Por qué hay cuevas oscuras debajo de la casa? ¿Por qué estaba tan oscuro y tú veías? ¿Qué era esa mujer? ¿El río es de nosotros? Había un señor con un bote —empezó rápido y Perséfone se quedó pensando en cómo explicarle a Alexander la situación. Hades abrió la boca para responder a sus preguntas, pero la cerró antes de emitir sonido alguno. Frunció un poco el ceño pensando mejor cómo responder y si había una forma de hacerlo mejor. Finalmente soltó un largo suspiro y miró de nuevo a Perséfone y volvió de nuevo a Alexander. — El señor se llama Caronte y trabaja para mí… —comenzó, sabía que respondía al revés de sus preguntas, pero prefirió empezar por lo más pequeño y luego ir subiendo la magnitud de las respuestas— El río si es de nosotros, siempre lo fue —continuó, otra respuesta fácil obviamente. Tomó aire antes de continuar y vió a Perséfone de reojo—. Y esa mujer, era el alma de una difunta, no un zombie como crees —respondió y sonrió un poco de lado, aquello lo había agregado para alivianar un poco la respuesta—. Y… Al ver el sufrimiento de su esposo, Perséfone se aclaró la garganta. Alexander que se veía extremadamente confuso cambió su mirada de Hades a ella, se veía hermosa y cálida, lo hacía feliz tener una mamá tan bonita y cariñosa. — Vengan, vamos a dar un paseo —dijo simplemente ella, su tono era aún más delicado de lo normal, aquello era porque tenía que lograr relajar y calmar a los dos, poco a poco el olor a flores se extendió por la habitación y Alexander suspiro profundo, observándose como sus músculos se relajaban por aquello. Hades parpadeó y se levantó bajando con cuidado a Alexander de sus piernas para caminar acercándose a Perséfone, mirándola con confusión. — ¿Querida? —preguntó con curiosidad y tomó su mano, quería saber que tenía pensado hacer ahora. Soltó un suspiro por el olor, relajándose un poco al igual que Alexander por el aroma a flores que emanaba su esposa, dando un apretón a la mano de esta como agradecimiento. — No te preocupes, lo tengo todo controlado… Ven Alex, ven con tu madre —dijo en un tono capaz de tranquilizar a cualquiera, Alexander de inmediato fue a tomar su mano libre y ella los guío afuera—. Hace mucho tiempo, la tierra fue creada por un sin número de criaturas poderosas… —comenzó a relatar, giró a la derecha del pasillo entrando en aquellos que tenían más objetos históricos de decoración, Alexander veía todo curioso, le encantaban las historias y con todos aquellos objetos se le facilitaba la imaginación. Perséfone continuó. — Estos con el tiempo fueron llamados dioses por los humanos, cada uno tenía un grupo y se fueron a vivir con sus comunidades a distintos lugares del mundo o fuera de este —contaba relajada mientras caminaban frente un bonito cuadro de un pintor griego—. Estos seres poderosos reinaron durante bastante tiempo, eran adorados y venerados, pero con el pasar de los años los humanos evolucionaron, sus culturas cambiaron y poco a poco las imágenes de estos dioses quedaron como leyendas y mitos contados de generación en generación para transmitir un mensaje… Muchos de estos mitos eran falsos o estaban transgiversados, pero aquellos dioses eran tan reales como tú Alex. Finalmente llegaron a la famosa estatua, El Rapto de Perséfone, Alexander recordaba esa estatua bastante bien, le gustaba mucho puesto que realmente se parecía a sus padres, la miró un momento y uniéndose a la historia de Perséfone la vió confuso. — Y viven hoy en día entre nosotros… Aquello que hizo tu padre de traer de vuelta a Philip fue por eso, también lo que viste allá abajo… Nosotros somos, bueno, ellos —señaló con la cabeza la escultura, el niño la vió aún más confuso—. Claro que la historia no fue para nada así, fue culpa de mi madre. Hades caminó junto a ellos y se detuvo también frente a la estatua, para ver de reojo a Alexander, esperando que reaccione de buen modo y suspiró asintiendo. Para continuar con su explicación sobre lo que el pequeño había visto. — Por eso pude ver en esa inmensa oscuridad, pequeño —explicó viéndose lo más tranquilo posible, viendo la estatua con expresión pensativa —. Y ese lugar que viste, es el Inframundo griego, nuestro antiguo hogar… por eso estaba tan oscuro que no podías ver, sus luces las enciendo únicamente cuando baja tu madre. Sonrió de lado viendo a Perséfone de reojo y dió otro apretón a su mano. — Las hubiera encendido si sabía que estabas detrás de mí —agregó pensando y finalmente se agachó, colocándose en cuclillas frente a él—. Tu madre y yo somos realmente los dioses griegos de la primavera, y de los muertos, respectivamente. Alexander se quedó viéndolo sorprendido, y luego miró a Perséfone que imitó a Hades colocándose de cuclillas a un lado de él viendo a Alexander, finalmente este último los abrazo a ambos, confiaba en ellos. — No me importa eso, es… Realmente cool —dijo abrazándolo y aquellas palabras hicieron a Perséfone reír levemente devolviéndole el abrazo— ¿Tienen super poderes? Las cejas de Hades se curvaron al oírlo y se relajó notablemente devolviéndole el abrazo sin dudarlo mucho. Sonrió un poco por el comentario y asintió en respuesta. — Si, algo así —dijo calmado y besó su frente y luego buscó los labios de Perséfone viéndose ya con su tranquilidad de siempre—. Lo que hice con Philip es uno de los míos… Se veía más tranquilo y relajado ahora, incluso de este tiempo. Puesto que se sentía bastante tenso por tener que ver siempre sobre su hombro para ir al Inframundo o usar sus poderes, para que Alexander no fuera o no lo viera, respectivamente. — Es genial… ¿Y tu mamá? —preguntaba ahora curioso, había un brillo en sus ojos que Perséfone no había notado antes, después de besar cortamente a Hades miró a Alexander para responderle. — El olor a flores y muchas otras cosas así, pero básicamente las plantas —dijo con tranquilidad—. Ya habrá mucho tiempo para que los veas ¿Si? Solo… Es importante que no le cuentes a nadie sobre esto. Y efectivamente así fue, conforme pasaban los meses Alexander se sintió más y más atraído a la idea de los dioses griegos, así que se internaba en la biblioteca a leer sobre el tema. Hades y Perséfone tenían ediciones especiales de libros, algunos que databan de siglos atrás, todos sobre mitología, dioses, titanes, también tenían una colección de pergaminos antiguos pero todos estaban en griego. Alexander pasaba los días aprendiendo sobre ellos y la fascinación de este no pasaba desapercibida, pues Perséfone y Hades lo dejaban aprender todo lo que pudiera, sin embargo se esforzaban en mantener al margen en cuanto a conocer a otros dioses se refería. — Quiero conocer a Zeus —finalmente dijo un día, aquello causó un estremecimiento por parte de Perséfone que de inmediato apretó el agarre del abrazo en el cual estaba con Hades. Los tres estaban en la biblioteca, acompañando al niño, quien justamente aquel día había decidido leer sobre el rey de los dioses. — Me temo querido, que eso no es posible… Zeus y otros dioses no son como los colocaban en las historias, y algunas son lastimosamente ciertas —comentó Perséfone despacio, quería ser delicada con el tema—. Me temo que son peligrosos y podrían hacerte daño, o hacernos daño a todos. Hades podía notar la tristeza en los ojos de su esposa cuando recordaba lo sucedido, él suspiró profundo y con delicadeza dejo un beso en su mejilla, aquello pareció distraerla de sus pensamientos y hacerla volver al presente pues sonrió ampliamente, giró el rostro hacia él y lo besó cortamente. — Pero ¿Cómo sé cuáles son los dioses buenos y los dioses malos? —preguntó confuso Alex. Aquello la había hecho quedarse pensando y vió a Hades indecisa de cómo responder a aquello, pues no habían dioses buenos o malos, todos de alguna forma actuaban según sus propósitos, a veces egoístas, a veces desinteresados, no eran blancos o negros, sino en tonos grises en cuanto a sus acciones. Aquel rasgo peculiar se veía reflejado en la naturaleza humana, y por ello siempre se debía estar atento y nunca bajar la guardia ante un dios, siempre se debía desconfiar, casi lo mismo que al tratar con otros humanos, la única diferencia era que estos últimos eran más fáciles de leer y analizar sus intenciones que las de un astuto dios. Hades miró a Perséfone y asintió para ver a su hijo. — No hay un bueno o malo, aunque si lo que quieres saber es quienes no te harán daño, me limitaré a decirte que solo en nosotros puedes confiar, y como mucho, arriesgándome, en Hestia, quizás Eros y Psique —comentó Hades, reafirmando mejor el abrazo que tenía con Perséfone y volvió a suspirar—. Si bien todos tuvieron actos que se califican buenos, y actos que se califican como horriblemente malos… no puedes confiar en ellos. Se quedó pensando en si agregar algo más y lo vió dudando un poco. Realmente no sentía que pudieran confiar en dios alguno. Pero estaba casi completamente seguro de que el niño no olvidaría el tema e insistiría todavía en eso. Por lo que pensó en saciar su curiosidad sin exponerlo a los dioses que representan peligro, como sus dos hermanos menores, por ejemplo. — A Hestia ya la conoces, mi hermana que nos ayudó a adoptarte —continuó explicando y sonrió apenas—. Aunque realmente no permitiremos que ningún dios te haga daño, preferimos no arriesgarnos a exponerte. Así que puedo llamarla, y a la madre de tu madre, lamentablemente… — A tu abuela —explicó Perséfone divertida pensando—, no te hará nada, pero hará comentarios molestos, así que tal vez veas a tu padre algo irritado. Volvió a ver a Hades y suspiro para finalmente agregar. — Pero igualmente ella vendrá en unos días, así que tal vez la conozcas. La relación entre Deméter y Hades era bastante precaria. Ellos definitivamente no se llevaban bien, por un lado Deméter lo culpaba por alejar a su hija de ella, y por otro lado a Hades no le agradaba que quisiera controlar a su hija todo el tiempo, por lo cual habían discusiones. Muchas veces Deméter hacía algún comentario chocante y Hades contestaba igualmente, entonces empezaban las peleas pasivo agresivas, pero Perséfone esperaba que ahora con la presencia de Alexander estás peleas bajarán. En aquel momento la señora de la casa se concentró para hacer crecer las flores que se encontraban en los jarrones alrededor de la escultura, lo que normalmente no le generaría la menor dificultad, pero en aquel momento ella por más que se concentraba no las hacía crecer, frunció el ceño en confusión y se acercó a ver las flores viéndose claramente preocupada. Hades que notó eso la miró, levantándose de inmediato de nuevo para seguirla. — ¿Querida? ¿Pasó algo? —preguntó, colocando una mano en su espalda, acercándose e inclinando su cabeza para ver la planta. Para él era normal que sus poderes fallaran, por las pocas almas entrantes al Inframundo, pero los de su esposa siempre habían estado seguros y sin alteraciones. Por lo que esto le era completamente inesperado. — No puedo hacerlas crecer —murmuró por lo bajo Perséfone viendo la flor, sus ojos comenzaron a inundarse por aquello, amaba sus plantas y no poder sentirlas la hacía sentir incompleta. Alexander mientras tanto veía sin entender la situación y se acercó a abrazar el torso de Perséfone mientras los veía, su madre se notaba algo triste y su padre preocupado. — ¿Te había pasado antes? — preguntó, intentando encontrar una explicación lógica. Sus ojos se llenaron de preocupación al pensar que quizás la escasez de almas era tal que comenzó a afectarla a ella también. Se pudo notar como Hades tomó una larga respiración intentando pensar en las posibles causas. Y solo tenía dos explicaciones, el Inframundo había incluso empezado a tomar parte de la energía de su esposa, o… todos estarían empezando a perder energía. — ¿Crees que debo hablarlo con mis hermanos? — volvió a preguntar apresurado antes de que pudiera contestar a la pregunta anterior. La vista de Perséfone permaneció unos momentos más viendo la flor, se sentía extraña y finalmente tomó una respiración profunda y parpadeó varias veces para alejar las lágrimas. — Si creo… Yo quiero estar presente también —agregó lo último subiendo la vista para mirarlo, era algo serio para que ella quisiera participar en una reunión donde Zeus estaría presente también. Hades suspiró viéndose más serio y tenso que de costumbre. Eso ya iba más allá del Inframundo y cuántas almas debían reclamar. — Los llamaré primero, si ellos están bien continuaremos averiguando si es un problema del Inframundo —asintió dejando un beso suave en su frente viéndola y luego dejó uno más largo en sus labios, buscando relajarse un poco también—. Lo arreglaremos, lo prometo. Alexander notó el tono de su padre, solo lo escuchó hablar de esa forma cuando algo sucedía abajo. La reina del Inframundo finalmente asintió, relajándose de a poco. Volvió a ver las flores e intentó de nuevo hacerlas crecer, esta vez sí lo hicieron y eso la hizo relajarse, volteó la cabeza a Hades y lo besó con cuidado mientras con el brazo libre abrazaba a Alexander. — ¿Les pasa algo? —preguntó este último viéndolos, se veía algo preocupado aunque no entendía la situación. — No cariño, no te preocupes por eso, son solo cosas de adultos —contestó su madre sonriendo de lado, pero se encontraba mucho más apoyada en Hades y buscando su cercanía de una forma que había observado varias veces Alexander, cuando se sentía mal ella no se separaba de su padre. Y esa no era la excepción, de no ser por la presencia de Alexander, Perséfone se hubiera aferrado a su esposo y no lo hubiera soltado hasta quedarse dormida. Hades tenía el poder de calmarla con su presencia, y a ella le gustaba aquello pues las veces en que estaba triste solo se acomodaba en el pecho de él y se dejaba llenar de caricias y besos. Y Hades lo sabía, por lo que su mero instinto lo hizo comenzar a acariciar el cabello de su esposa abrazándola contra él. — Llamaré primero a mis hermanas y luego a Poseidón. Intentaré evitar hablarle a Zeus a menos que se ponga peor —dijo con un tono un poco más tranquilo al ver que fue temporal. No le gustaba hablar con los demás dioses, con Hera apenas se podía hablar ya que parecía bastante ocupada en evitar que Zeus siguiera acostándose con cualquier cosa que le abra las piernas o no. Alexander vió a su padre con atención, había aprendido con el tiempo el desdén que tenía a sus hermanos y que evitaba a toda costa tener que hablarles de no ser algo importante, y aún más al rey del Olimpo. — ¿Y vendrán aquí? —preguntó con curiosidad inocente. Si le emocionaba la idea de conocer a los otros dioses. Aquella idea no le emocionaba a Perséfone antes, cuando solo eran Hades y ella (y Cerbero) pero ahora estaba Alexander en la casa, era un niño humano, curioso y alegre, aquello era una lámpara en medio de la noche para los dioses, quienes se creían tan importantes como para jugar con el destino humano. Por lo cual la mujer empalideció un poco, imaginando lo que posiblemente los dioses colocarían en el camino de Alexander por curiosidad, porque es un niño mortal adoptado por ellos y aquello no podía ser más interesante. — No —dijo Perséfone sin esperar la contestación de su esposo, estaba tensa, Alexander notaba como el abrazo de su madre se volvía más fuerte, ella por su parte levantó la vista a Hades—. Por favor, no es seguro… No quiero que le pase nada. — De acuerdo, solo preguntaré… —dijo mientras su mente desvariaba en la opción de que fuera el Inframundo el problema.
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