Capítulo 18

1463 Words
“Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde, te amo directamente sin problemas ni orgullo: así te amo porque no sé amar de otra manera.” Pablo Neruda. —Rubén… Digo en un hilo de voz cuando sale hacia su habitación y me deja en el medio de la salita que da hacia las escaleras. —Este hombre es insufrible. “No te queda ahí parada y dile todo lo quieres decirle” me dice esa vocecita interna que aparece cuando se le da la regalada gana y en un acto casi impulsivo camino tras sus pasos. En medio de mi extraño camino hacia él siento el portazo que da a la puerta de su habitación por lo que me detengo. —¿Y si estoy equivocada? No, no le estoy. Me repito para tomar fuerzas y continuar, no me quedaría callada. Esa Clara que no decía las cosas ya no existe y si tengo que golpearlo con lo primero que encuentre para que me escuche lo haré. Pero mi arrogancia me llega al estar frente a la puerta, las dudas y mis temores vuelve a cubrirme como una sombra de mi antiguo yo, ese que callaba para congraciar a todos, menos a mí. Vuelvo a respirar profundo y calmo mis temores, golpeó una, dos y a la tercera abro la puerta. —¿Rubén? No estaba por ninguna parte y me quedo de pie mirando el lugar. Hasta que aparece. Ni siquiera me fijé que estaba en el baño, hasta que él sale solo con una toalla que apenas le cubre las caderas y siento mi piel arder y las mejillas sonrojar. —¿Qué no entiende cuando le hablan señorita Santillán? Sigue molesto, lo sé por su tono de voz, pero ya estaba aquí, así que me armo de valor y le respondo. —Entiendo perfectamente lo que me dijo, pero no quiero… No puedo… intento entenderlo, de ponerme en su lugar y sé que es difícil, pero Bri… Ella no habría querido esto que usted hace, Rubén. Mis palabras salen menos fuertes de lo que quiero, pero parece que logro mi cometido, aunque siga en negación. —Usted no sabe lo que ella podría querer o no, ella está muerta ¿Se le olvida? —No se me olvida, pero usted y los niños están vivos y tienen que seguir adelante. Puede que no la conociera, pero sus hijos… esos hermosos niños ya perdieron a su madre, no deje que también lo pierdan a usted. No sé en qué minuto el ya se encuentra frente a mí, siento su respiración agitada porque está a unos pasos y su calor me queman. Espero el ataque, pero este no sucede, estamos en un silencio incómodo, aunque hay algo más. No le he quitado la mirada, no me doblegarla ante su ataque, tenía que decirle lo que había pensado y eso tenia que ser aquí y ahora. Su mano, como si tuviera vida propia viajó a mi rostro y cualquier palabra que tuviera se perdía en la cálida sensación de su caricia. Sus ojos bajaron de mis ojos a mis labios, lo sé porque cada movimiento que hace es lento, casi calculado y de la nada, me besa… Sus labios se estrellan con los míos y mi cuerpo traicionero no responde a mis órdenes o bueno sí porque le sigo el beso como puedo. No soy una chica con mucha experiencia, mi tiempo estudiando y en el escenario no me permiten una vida muy activa en cuanto al amor se trate, pero con él… con él lo intento, no sé por qué no quiero que me crea una principiante. Mis manos se mueven con vida propia y se cruzan alrededor de su cuello, ninguno da tregua al beso, es como una pequeña batalla que ninguno de los dos desea perder. Y me pierdo en la calidez de sus labios. La mano que acunaba mi mejilla ahora se aferra a mi nuca y su otra mano me sostiene de la cintura para apegarme más a él. Es una llama viva que me envuelve como si fuera una pequeña rama que quiere incendiar. Sus ojos están cerrados, en cambio los míos no se pierden absolutamente de nada de lo que estamos haciendo, como si quisieran ser los mudos testigos de este extraño encuentro hasta que la burbuja se rompe cuando nos separamos por falta de aire. —E… esto es… —Un error— termino lo que quiere decir y me separo de él como si me quemara. Lo que era cierto ¿no? —Clara… yo… Por primera vez solo me llama por mi nombre y mi corazón que latía a mil por hora se salta un latido. —No te preocupes, fue mi culpa por haber entrado así en tu habitación. Rubén se comienza a pasear de un lado a otro como si estuviera en una batalla interna de la que no puedo ser partícipe porque sé que me dolería más, por lo que me decido a decirle lo que quería. —Estoy dispuesta a enseñarle a Brianna, ella tiene el talento innato, es un diamante en bruto y solo requiere que se pula un poco para ser una gran concertista. —Clara… —Déjame terminar— lo detengo porque no quiero escucharlo, no ahora—, te prometo que estaré al pendiente de sus estudios y no dejaré que se desvíe más allá de lo debido, pero no la prives de hacer florecer ese hermoso don que tiene. Te lo suplico. Me acerco a él y detengo su caminar, vuelvo a tomar su mano y aunque me quema necesito decirle todo y que acepte mi petición. —Será mi pupila junto a Sophia y Louise, Brianna necesita de ellas para sentirse cómoda conmigo o con quién sea y estoy dispuesta a hacerlo. Además, se lo prometí. Mientras yo me recupere y ella estudie y sea la mejor de su clase yo le enseñaré. Solo espero que tú accedas, no estoy pidiendo nada más y confío que serás un padre comprensivo y amoroso. No te dejes llevar por el dolor de tu pérdida y los castigues a ellos con tus palabras, puedes decirme todo eso a mí si necesitas un saco de boxeo, pero a ellos nunca más, Rubén. Suelto su mano sintiendo la separación de nuestros cuerpos, pero ya había dicho a lo que había venido. Me doy la media vuelta para salir de aquí, pero ahora es él quién me detiene. —Clara, lo del beso… —Tranquilo, lo entiendo, te dejaste llevar por el momento y no te preocupes, nadie lo sabrá. Y con esas palabras me suelto de su agarre y salgo de su habitación corriendo por el pasillo hasta la mía. Abro la puerta y me adentro para quedarme pegada en la puerta que he cerrado. Toco mis labios que están hinchados y niego a lo que ese beso me hizo sentir. —No es el momento de pensar en estupideces, Clara. Sabes que fue un error y que no se va a repetir. —¿Clara? ¿Qué te pasó? —¡Bri, me asustaste! —Es que parece que hubieras visto un fantasma. —Algo así, pero vamos que ya es tarde para que te prepares para la escuela. —Ah… tienes razón, por suerte ya me duché, perdón por usar tus cosas, pero no quise irme sin antes darte las gracias por lo que hiciste anoche conmigo. Brianna se abalanza sobre mí y me rodea con sus brazos. Dios, me siento tan culpable frente a ella. ¡Besé a su padre! Si ella se entera lo poco que hemos congeniado puede que se pierda, por eso no fue correcto lo que hicimos con Rubén. Beso su coronilla y sonrío al sentir que usó todos mis útiles de aseo. Brianna me mira con sus ojitos soñadores y yo me muero de amor. —Ve a vestirte, que tengo algunas cosas que contarte en el desayuno. —Okey. Te espero en el comedor. —Vale, nos vemos en diez. Beso su frente y abro la puerta para que salga, encontrándonos frente a frente con él, su padre. —¡Papá!— en su voz hay un dejo de preocupación y se aferra a mí asustada. —Tranquila, hija. Ve a prepararte que hoy los llevaré al colegio. —¿En serio? —Por supuesto, por ahí un angelito me dijo que estabas dando todo de ti para ser la mejor y quiero ver qué sale de esto. Sus ojos están clavados en los míos y sentía que no era solo a ella a la que le decía esas palabras. En el fondo había una promesa, algo que ni en mis mejores sueños habría imaginado.
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