Debemos tener fe
"Dios nos dio el don de la vida; a nosotros nos corresponde darnos el don de vivir bien."
Voltaire
Llevamos tres días y tres noches en este maldito hospital y ya no sé qué más hacer. La impotencia me corroe como si fuera vidrio pasando por mis venas. Por un lado estaba mi adorada Bri, conectada a un respirador y con pocas expectativas de vida y a dos habitaciones la señorita Clara.
—No pude proteger a ninguna de las dos—me lamento limpiando con una toalla húmeda los brazos de mi esposa, cuando un mano fuerte aprieta mi hombro.
—Deja de recriminarte, Rubén. No es momento de lamentaciones.
—Jefe…
Sí, el mismísimo Adam Scott está de pie junto a mí, con su porte imponente y sus palabras duras, pero a la vez tratando de infundirme fortaleza.
—Creo que eso soy ¿no?
Asiento, mientras él toma la silla que está en la esquina y se sienta a mi lado. Se hace un silencio calmo entre los dos, hasta que vuelve a hablar.
—¿Qué hace aquí?
—Lo que yo haga con mi tiempo libre no es de tu incumbencia, pero te lo diré. Deberías ir a bañarte y cambiar esa ropa. Además, tus pequeños preguntan y con Blue no sabemos qué más decir.
—Tengo miedo de verlos a la cara —digo avergonzado —. Ellos no me van a perdonar si ella no despierta, jefe.
—Debemos tener fe. A veces es mejor callar y esperar, pero en ese tiempo no puedes dejarlos solos. Ellos son pequeños y no entienden mucho de la situación y aunque te duela, también necesitan de ti.
¿Y si los traes? A veces las personas en coma reaccionan a las voces de quiénes los esperan. Mírame a mí —dice con un dejo de nostalgia—. Blue casi me obligó a volver del otro lado y los chicos estuvieron haciendo lo mismo.
—Pero verla así puede que les cause más dolor del que ya están sintiendo.
—Pero pase lo que pase, ellos podrán estar un tiempo más con ella y eso es impagable. Vamos, hazme caso y ve a buscarlos. Las enfermeras están aquí para cuidarla y que no estés por unas horas no afectará nada.
—¿Y si despierta?
—Ye avisarán de inmediato. Anda, vamos que yo te llevo.
No sé porque le hice caso, pero puede que el jefe tenga razón y también ver a mis hijos y traerlos a que estén un rato con Bri pueda servir para que por fin despierte.
Su diagnóstico era claro. Había muerto por unos minutos en la sala de operaciones y su cerebro no recibió el suficiente oxígeno. Sé que el doctor Scott hizo todo lo posible por mantenerla en este mundo y le estaba agradecido de por vida, pero entendía que después de pasar las veinticuatro horas y no haber cambios las esperanzas iban bajando a cada segundo.
Me levanté de mi silla, mientras mi jefe hacía lo mismo, besé la frente de mi esposa y salí junto a él.
En el momento en que caminamos por el pasillo del piso escuchamos unos gritos desde la habitación de la señorita Clara y luego un hombre como de la edad de mi jefe saliendo de ahí con los ojos llorosos.
—Señor Santillán.
—Señor Scott.
Se saludan ambos hombres, aunque los dos se ven incómodos por la presencia del otro, el señor Santillán no me mira a la cara, no sé si será por vergüenza a los gritos de la señorita Santillán o porque no le gustan las personas de mi color de piel, pero algo había en su actuar que no quería verme a la cara.
—Creo que usted también necesita acompañarme, venga, señor Santillán, sígame junto a mi hijo Rubén.
Los ojos se me expandieron como huevos fritos, el jefe era una buena persona y junto a la señora Blue siempre nos han tratado como iguales, pero que me tratara como hijo me descolocó. En cambio, para él fue tan natural.
Salimos del hospital y subimos a la camioneta, esta vez era Robert el que conducía y Luis quién iba adelante.
Hoy no era un guardaespaldas más, era un padre preocupado, un esposo dolorido y un hombre desolado.
Ambos me hicieron un asentimiento que yo devolví y comenzamos el viaje hacia los Hamptons.
Al llegar a la casa de mis jefes, mis tres tesoros corrieron a saludarme.
—¡Papi! Mira lo que me regaló Tommy —me dice mi pequeño Julián, mostrándome el hermoso auto de carreras que él pequeños Tomás le ha regalado.
—Deja de atosigar a papá, Juli —lo reprende mi Bri, con las manos en la cintura en una pose tan familiar tan hermosa como su madre.
—Déjalo ser, cariño y ven a saludarme.
Ambos me abrazan con tanto amor que es como si me recargara de energía, pero Marcos no hace nada, se ha quedado de pie mirándonos.
El jefe caminó junto al señor Santillán y al pasar por el lado de mi hijo meció sus cabellos y le hizo un gesto para que se acercarse a nosotros, pero él se negó.
—Vamos Rubén, necesitas cambiarte y comer, deja que fluya.
—Sí, sí, vamos.
Tomé en brazos a mis tesoros y entré con ellos a la casa, mientras que Marcos iba de la mano de mi jefe.
—¿Dónde se habían escondido, pequeños diablillos? Ah, hola Rubén.
—Señora Gloria —digo titubeante.
—No me agradezca nada, ellos son lo más amoroso que hay. Ahora ve a lavarte las manos No mejor tómate una ducha hay ropa de recambio y me imagino que este señorito te llevará a la habitación de ustedes ocupan. Luego vuelven que les tendré servida la comida en el comedor.
—Sí —grita Julián en mi oído.
—¿El caballero también almorzará con ustedes?
—Así es, suegra —mi jefe le guiña un ojo a la señora Glorita y ella entiende de inmediato.
—Pues, vayan a lavarse las manos y le pediré a Noe que sirva. Hoy hice Fabada asturiana, porque se le ocurrió al viejo mañoso.
—¿Blue ya está en casa?
—Está en el estudio.
—Perfecto.
Mis hijos mayores van con el jefe y el señor Santillán, mientras mi Juli me lleva a la habitación que han compartido estos días.
Cómo me lo pidió la señora clarita me metí a la ducha y me permití llorar no había nadie que me mirara ni nadie que me escuchara le había pedido a Juli que fuera a la mesa y que acompañara al señor Scott. Parece que el jefe tenía razón y necesitaba estos minutos de soledad.
Cuando ya estuve listo bajé al comedor y ya estaban todos sentados. El señor Thomas con su esposa y la señora Alma con su marido nos acompañaron junto a sus hijos. En la mesa, reinaba la paz y la tranquilidad, pero en mi corazón lo único que había era dolor y soledad.
Después de comer agradecí a mi jefe y a la señora Gloria por los alimentos, pero debía volver así que le pedí a mis hijos que se arreglaran era importante que dieran a su mamá como lo dijo mi jefe.
El señor Scott quería hablar conmigo, pero le pedí que lo hiciéramos otro día no quería dejar tanto sola a mi Bri y le haría caso de llevar a los niños.
Al llegar al hospital, tomé de la mano mis pequeños, pero Marcos no quiso y camino solito delante de nosotros. No quería presionarlo, entendía lo que estaba pasando por su cabecita, lo más probable es que sea lo mismo que me está pasando a mí.
Al entrar en la habitación de mi esposa, las cosas seguían igual. Ella dormía como la princesa del cuento, mis ojos se llenaron de lágrimas, mis labios guardaban las palabras que quería decir y mis hijos se acercaron a su madre.
—Hola, mami ¿Cuándo vas a despertar?
Preguntó mi pequeñito y de nuevo el corazón se me arrugó.
—Ya verás que pronto, Juli. Ella ya va a despertar.
Le respondió mi hija, subiéndolo a la cama para que mi pequeñito la besara. Marcos se mantenía de pie al lado de la puerta, no decía nada, solo escuchaba.
Y como si fuera un momento salido de un cuento, las máquinas comenzaron a pitar y los ojos de mi Bri se abrieron como si su príncipe le hubiese despertado.
—¡Mami!
Fue lo que dijo Marcos y corrió a los brazos de su madre.
Por fin mi hermosa Bri había despertado.