Mucho gusto, bella señorita.
"No esperes a que todo sea perfecto. Empieza ahora y hazlo posible.”
Anónimo
Cada día que pasa es otro más en que no sé hacia dónde voy. Mi rutina es la de siempre. Me levanto, ducho y visto con la ayuda de Alma o de la señora Gloria o de alguna de las personas que trabajan en la casa de los Scott, me llevan al comedor y tomo desayuno con la familia Scott y los Di Rossi, más los preciosos niños de Rubén y… Rubén.
Termino, voy a mi habitación, me cepillo los dientes y Alma me obliga a ir a mis terapias.
Esa es mi rutina, ya no quiero más, llevo tres meses en esta casa con esta familia que se ha portado maravillosamente bien, con los mejores cuidados, hablando con Ro todos los días y viendo crecer a mis sobrinitas en su panza. Y, a pesar de todo esto, me siento sola, débil y vulnerable…
—Hoy tendrás más trabajo de lo normal, me contó por ahí Rubens.
—Algo así me explicó en la última sesión, después de corregir los pernos, pero no sé si estoy preparada— respondo sin ánimos de seguir con la conversación, pero Alma es persistente.
—Tú solo hazlo a tu ritmo, cariño. Sabes que todos te apoyaremos ¿Cierto Rubén?
—¿Perdón? ¿qué me decía señora Di Rossi?, no las estaba escuchando, el tráfico está un poco denso.
—Nada, querido. No me hagas caso. Aunque a veces me gustaría que me dijeras Alma.
—Ya sabe que me cuesta, es difícil cuando uno es un simple guardaespaldas.
—Y dale con la misma cantinela ¡Dios! Eres más porfiado que Thomas y Jex juntos.
Ambos se ríen de su interacción y la verdad es que no me importa mucho, Rubén con suerte y me saluda, así que me quedada claro que menos le puede importar lo que me suceda.
¿Y por qué me tengo que preocupar por eso? Él tampoco me importa, no me interesa para nada…
En cambio sus pequeños…
Me dice una voz interior, es que siento algo extraño desde mi experiencia en la azotea del hospital, pero no la he querido hablar con Natasha ni con Vannah, ellas creen que sigo con mi depresión y puede que sea cierto, pero también se instaló esa duda de si lo que viví fue una experiencia sobrenatural.
Por lo menos yo si creo en esas cosas, en cambio Ro no y cuando éramos chicas yo era como el niño de la película Sexto sentido y Ro se burlaba de mi por mis interacciones con los del más allá.
—¡Clara! —Alma me toca el hombro y es ahí que recién me doy cuenta que estaba mirando por la ventana hacia la nada y estábamos llegando al hospital— ¿Te sientes bien, querida?
—Lo estoy, Alma. Tranquila, lo estoy.
Rubén estaciona el auto y se baja primero, todavía va a buscar la silla de ruedas para llevarme adentro y, aunque les he pedido que no lo hagan, él no me hace caso. Cuando está frente a nosotros, Alma abre la puerta y sale primero, mientras yo me trato de acomodar para salir del auto, pero como a él no le importa lo que yo diga o piense hace lo que se le antoja y me saca del auto como un bulto para sentarme en la silla. Ya no reclamo, porque es como hablar con un muro, uno fuerte y poderoso, con esos ojos negros como la noche que no brillan como lo hacían antes.
Y lo entendía…
Entendía perfectamente a ese hombre que iba tras de mi empujando la silla de ruedas, que saludaba por cortesía, que hablaba cuando se lo pedían, que no miraba a la cara y solo había un atisbo de luz al verlo con sus pequeños. Puede ser que nuestras pérdidas sean distintas, pero ambos perdimos algo que era nuestra vida, nuestro motor de vivir.
Entramos en la consulta del doctor Rubens y como siempre, él nos trata con amabilidad, Alma nos deja ahí y nos avisa que irá a ver a sus hermanos y hacer algunas cosas, le pide a Rubén que se quede conmigo por si necesito algo y siento como él se tensa por la solicitud.
El doctor Rubens, nos indica donde me debe llevar Rubén y después de revisar mis brazos por fin decide retirar la última fijación.
—Deberás quedarte, Clara. Ya tu brazo ha soldado lo suficiente para que podamos cambiar a un simple cabestrillo y con eso tengas más movilidad. ¿No es una gran noticia?
—Lo es doctor, lo es— digo más por cortesía que por alegría, ya sé que mis expectativas son casi nulas.
—Te enviaré hacia urgencias, para que ellos hagan el procedimiento de ingreso, pero no te preocupes es meramente una formalidad.
—Pero ella no trajo nada, doctor.
—Tranquilo, Rubén. Le hablaré a Val para que con Alma busquen lo que Clara va a necesitar.
—Tiene razón, deme los documentos que debo entregar y yo me encargo.
El doctor Rubens le entregas una serie de papeles y Rubén me ayuda a bajar de la camilla, no dice nada, solo resopla frustrado y camina empujando mi silla como si fuera un lastre.
El doctor Rubens le entregas una serie de papeles y Rubén me ayuda a bajar de la camilla, no dice nada, solo resopla frustrado y camina empujando mi silla como si fuera un lastre.
—Si quieres puedo llamar a Alma—digo de la nada y lo vuelvo a escuchar resoplar.
—No se preocupe, señorita Santillán. Este es mi trabajo.
—Pero yo no soy tu resguardada, solo…
—Es mi protegida, así lo decidió la señora Blue y cuando mi jefa habla no hay manera de hacerla cambiar.
—No…no lo sabía.
—Pues, así es. Mis jefes me pidieron que me encargara de usted hasta que se recupere y eso haré.
—¿Por suena que esto te molesta, Rubén? A veces pienso que me odias—digo con un nudo en la garganta, porque eso es lo que siento desde que lo conozco—. Siento que siempre he sido una molestia para ti.
—Y lo es, pero también es mi trabajo y no voy a discutir con mis jefes.
Zanja la discusión y a mí se me revuelve el estómago de solo escucharlo es que parece que me odiara. Trato de aguantar las ganas de llorar porque no quiero hacerlo delante de él, no porque me duelan sus palabras, sino porque sé que tiene razón. Yo no debería haber despertado después de ese accidente…
—Tienes razón, es tu trabajo— no me quería quedar con la sensación en la boca del estómago y por fin, de alguna manera, expresé mi malestar. Si ya estaba cansada de mi misma no iba a dejar que otro me tratara peor y menos Rubén, al que no le he hecho nada.
El ambiente cambia y siento un frio descomunal en este pasillo, es como si una serie de aires acondicionados se reunieran y enfriaran el lugar, cuando entramos a la sala de urgencia tengo la suerte que está el amoroso de Lucas en la estación de enfermería, él saluda a Rubén y le pide lo que envió el doctor Rubens.
—Clarita, tendrás el honor de conocer a nuestra nueva adquisición y creo que te llevarás muy bien con él.
—No te entiendo, Lucas.
—Ya lo verás, acompáñenme.
Por enésima vez nos ponemos en movimiento y mientras caminamos por la sala de urgencias veo a varias personas esperando atención y a otras con algunos doctores o enfermeras.
“Ánimo preciosa… todo saldrá bien”
Siento que alguien me reconforta, como si me abrazara y cuando la puerta se abre, un señor como de la edad del señor Scott se levanta de su silla no sin antes fruncir el ceño, pero su expresión cambia de la nada.
—Muy buenos días. Mucho gusto, bella señorita. Soy el doctor Steven Shaw, su nuevo ángel de la guarda.