Ángel de la guarda.
"Todo lo que siempre has querido está al otro lado del miedo."
George Addair.
La actitud del mequetrefe del doctor de urgencias me cayó de la patada, quería borrarle la sonrisa estúpida que tenía en el rostro.
¡Hasta podría ser su padre!
En cambio, el tono rosa de las mejillas de la señorita Santillán me ponía de peor ánimo.
¿Es que no ve que es un viejo que podría pasar por su sugar daddy?
Estaba que le reventaba la boca de un solo golpe.
—Es un gusto, soy Clara Santillán.
—Lo sé, querida. Estuve en tu último concierto en Birmingham. Eres una de mis violinistas favoritas.
—Gra... Gracias.
—Pues, acompáñame. Creo que esa silla de ruedas está demás ¿O tienes algo en tus piernas?
Quise refutar su forma de proceder, pero yo no soy el médico en esta habitación y la señorita Santillán se levantó de la silla de ruedas dándole la razón.
—Quiero que respires hondo y pienses en cosas bonitas.
«Qué viejo más cargoso»
Estás celoso…
Miré hacia todos lados, estoy seguro que esa voz que escuché era la de mi Bri. Negué con mi cabeza y me enfoqué en ver qué era lo que hacía ese médico de cuarta que habían traído al hospital, creo que deberé hablar con el jefe. Tipos como este pueden ser un potencial acosador o hasta un abusador
Mientras esos dos reían hasta de la más estúpida frase que ese viejo mequetrefe decía, notaba que el semblante de la señorita Santillán se iluminaba, algo que jamás ví en todo este tiempo que he sido su guardian.
Porque quieres que sea a ti al que le sonría.
Y otra vez esa voz en mi interior. Creo que la jefa tiene razón y deberé ver a la doctora Lewis. Algo está mal conmigo.
—Listo. ¿Ves que no era nada del otro mundo?
—Tiene razón, doctor y gracias por su amabilidad.
—Ahora a recuperarse y volver a ser tú, querida. Con mucho esfuerzo y ahínco sé que lo lograrás.
—Doctor yo...
El golpeteo de la puerta me hace colocar en alerta y el adelante del doctor me molesta, ¿No que debe terminar con su paciente antes de atender a otro?
—¡Abuelito!
La voz de la pequeña Louise me saca de mis pensamientos nocivos y más al ver que junto a ella viene Sophia y ¿Brianna?
—Brianna, hija…
—Hola papá. Doc. ¿cómo está?
—¿Se conocen? ¿pero qué hacen aquí?
—Hola, Rubén.
Me saluda con esa prestancia calculada Sophia y me dejó envolver por el abrazo de mi hija.
—Hola, papá de Bri. Señorita Santillán es un placer volver a verla.
—Lo mismo digo, niñas. pero de verdad ¿qué hacen en el hospital?
—Vinimos como cada jueves a leerles cuentos a los niños del ala infantil. Y está vez nos acompañó Bri y Louise. Ya los chicos están con mi mamá y el tío Nathan esperándonos, Pero Louise insistió en venir por usted, doctor Shaw.
—Eso es muy noble, mis princesas y agradezco que pensaran en mí. Dejen que termine con Clarita y las acompaño.
Les dice el que ahora sé que es el abuelo de Louise, aunque tendré que investigar más. No me lo esperaba.
El doctor, termina de colocar el cabestrillo nuevo a la señorita Santillán y las niñas están atentas a todo, como si fueran sus pequeñas aprendices, lo que me deja con la boca abierta. Jamás pensé ver a mi hija en esta situación y menos después de la muerte de Bri. Mi pequeña se mantenía demasiado en su mundo y no hablaba casi nada mientras estaba en casa, en cambio ahora, estaba toda parlanchina y sonriendo junto a las demás.
Lo que me hacía feliz.
—Po… ¿podría acompañarlas? —pregunta la señorita Santillán.
—No creo que sea buena idea…— trato de intervenir.
—Pero claro, preciosa. Estar con más personas ayuda mucho a tu recuperación y qué mejor que junto a estas hermosas princesas y la energía de los niños.
—¿No les molesta?
—Por supuesto que no, ¿Cierto chicas? — responde Sophia y las niñas asienten contentas.
—Vamos, que ya es hora y Pedrito y el lobo es un cuento largo.
Dice mi hija, quién toma de la mano al doctor y junto a Louise comienzan a caminar hacia la salida.
—¿Te quedarás ahí esperando?
—¡Brianna!
—Papá, ella está bien, no es de porcelana, solo tiene un cabestrillo.
Responde mi hija con soltura y el doctor asiente como si tuviera la razón, pero lo que me vuelve a dejar sin palabras es lo que dice la señorita Santillán.
—Ella tiene razón, Rubén.
La señorita Santillán se levanta de la camilla, pero en el intento trastabilla y de la nada corro hacia ella y la ayudo.
—Wow, Rubén. Eres como el caballero de brillante armadura de mis cuentos.
—Louise.
Aunque veo un poco de molestia en los ojos de mi hija, eso pasa en un dos por tres se le pasó y siguió su camino. Por mi parte, ayudé a la señorita Santillán.
—Gracias, Rubén.
—Es mi trabajo, señorita Santillán.
—Por favor, podrías decirme solo Clara, me siento un tanto abrumada con tanta formalidad.
—A veces cuesta salirse del papel.
Digo, mientras caminamos por los pasillos del hospital tras las niñas y el doctor Shaw.
—Pues si vas a trabajar conmigo, te pido que lo reconsideres. Por favor.
Sus ojos me suplican con una dulzura que jamás noté y sus labios se mueven intentando sonreír lo que me provoca un calorcito en el pecho.
—Está bien— cedo ante ella—, pero no me presione mucho se… Clara.
—¡Vamos, que ya nos están esperando!
Esa es mi hija, que después de todo este tiempo ha vuelto a sonreír y que me quita de los brazos a Clara para caminar más rápido hasta perderse en la entrada del área infantil del hospital.
Me quedo ahí de pie como bobo, mirándolas como conversan como si fueran grandes amigas y con una sensación que tampoco había tenido en mucho tiempo.
Eso se llama paz, Rubén. Disfrútala y aprende a no tenerle miedo.