—Sí. —Lo interrumpí de inmediato, con un nudo en la garganta—. Sí, ellos son así. Son mis padres. Los amo. Aunque ellos son tan cerrados… tan duros. Y verás que… —cerré los ojos con fuerza, tragándome las lágrimas—. Verás que se darán cuenta de que… No pude seguir. No quise seguir. No quería volver a ser la niña de ocho años, de pie frente a una puerta cerrada, escuchando cómo mis padres decían “es la vergüenza de la familia”. —No quiero seguir hablando. —Sacudí la cabeza, como si con eso pudiera expulsar los recuerdos. Él no dijo nada más. Solo se acercó y, sin pedir permiso, tomó mi mano. Mi primera reacción fue un shock eléctrico. Literal. Una corriente recorrió mi brazo, como si hubiera metido los dedos en un enchufe. Lo miré, asustada y enojada a la vez. —¡Oye! —retiré la mano c

