Las palabras salen a borbotones, como si no pudiera contenerlas. Siento vergüenza, rabia, humillación. Lo miro directo a los ojos, ardiendo por dentro. —Mírame. Mírame bien. Me voy de tu casa. Nunca debí aceptar nada. Nunca. Y con un movimiento desesperado le tiro el vestido encima, como si fuera un trapo sucio. Él lo atrapa con una mano, imperturbable. —Póntelo. —Su voz es dura, seca, peligrosa—. Va a entrar. Nosotros podemos hablar después. Yo niego con fuerza, con rabia, con lágrimas en los ojos. —¡No! —exclamo—. ¡Es que no hay “nosotros”! ¡Nunca lo ha habido! Mi pecho sube y baja desbocado, la piel me arde, los ojos me arden. —Usted es mi jefe y punto. ¡Eso es todo! —le escupo en la cara con palabras que tiemblo al decir—. ¿O me va a decir que me he metido con usted? El silen

