El espejo me devuelve la imagen de una mujer que no soy. Una mujer que tiene secretos, que juega con fuego, que colecciona amantes como si fueran trofeos. Una mujer que, tal vez, ni siquiera conoce el límite entre el amor y la venganza. Y yo me río otra vez, nerviosa, porque si no me río, grito. Y si grito, seguro vienen a buscarme, y no quiero que nadie me vea así, hecha pedazos. Levanto la cabeza, respiro hondo y me digo: —Ivanna, tienes que decidir. O corres, o finges, o te hundes. Pero yo ya sé cuál es mi patrón: correr. Siempre correr. + En eso aparece Mila. Claro, ella siempre aparece cuando menos la espero. Como si fuera mi sombra, como si supiera exactamente cuándo estoy a punto de colapsar. No toca, no pregunta, simplemente abre la puerta del tocador y se queda mirándome con

