Él suelta una leve carcajada, de esas que apenas duran un segundo, pero te dejan helada porque son rarísimas en él. —Aprendí a no morirme de hambre —responde, con ese tono seco que siempre me desconcierta. Yo sigo comiendo, un poco más rápido ahora, disfrutando cada bocado. En medio de tanto dolor, de tanta tensión, este desayuno sabe a milagro. Mientras mastico, no puedo evitar pensar en lo extraño que es todo esto. En cómo, a pesar de todo lo que cargo, hay un momento así, inesperado, que me arranca una sonrisa. Y entonces lo miro de nuevo, y siento esa mezcla rara de cosas: dolor, gratitud, incomodidad… y algo más. Algo que me niego a nombrar todavía. +++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++ Muerdo otro pedazo de pan y siento que mi estómago, por primera vez en mucho tiempo, no m

