Mis pensamientos empiezan a encajar como piezas de un rompecabezas que no quería armar. —¿Quién es el dueño? —pregunto, con esa voz peligrosa que uso cuando ya estoy a punto de romper cosas. —Octavio Senovk —responde. ¡Pum! Mis ojos se abren de golpe, como si me hubieran conectado un cable de alta tensión. —Maldita sea… —suelto sin filtro, y empiezo a hilar todo en mi cabeza—. ¡Claro! ¡Obvio! Mi hermana se ha estado follando a ese imbécil y él le dio donde vivir. No me jodas… ¡Qué te traes, Ivanna! ¿Estás idiota o qué? Yo pensé que esto lo habías conseguido con tus propios méritos y ahora… ahora he quedado en la calle. No me jodas, hermana. El portero me mira como si acabara de recitar un poema en otro idioma. —¿Qué dijo? —pregunta, todo inocente. Lo miro con ojos entrecerrados. —N

