20 de mayo Abracé a Belén antes de adentrarme en la oficina. Estaba con los nervios a flor de piel. En cuanto atravesé la puerta, la mirada azulada que me tenía así de idiota se clavó en mí. Levanté una de mis manos como saludo, para después dejar la cartera sobre mi escritorio. —Buenos días, Señor Lafontaine— saludé con una sonrisa forzada. —Decime Nicolás, Victoria— me pidió, logrando que yo frunciera el ceño— Ya te lo dije un par de veces. ¿Es que tenía alguna clase de problema con la contradicción? No lo entendía, un día quería ser formal y al otro me pedía que lo llamara por su nombre. Respiré hondo, sin molestarme en esconder mi enojo. —También me diste a entender que volvíamos a las formalidades— indiqué, colocando mis manos en mi cadera— No podes culparme por no entenderte. E

