No sabía con exactitud cuánto tiempo habíamos estado en esa mesa, practicando el italiano de Cata. Me reí cuando cambió absolutamente todas las palabras de la frase que le había pedido que escribiera. Para ser sincera ella había hecho grandes avances, pero a esa altura se notaba su cansancio. Negué con la cabeza, logrando que ella soltara un sonoro bufido. Aprendía rápido, pero se notaba que no le gustaba el idioma. —Soy un desastre— gruñó, golpeando su cabeza contra la palma de su mano. —No digas eso, mejoraste un montón— indiqué mientras le señalaba las diez hojas de resumen que habíamos hecho juntas— Seguro que estas cansadísima a esta altura. Por más mates que hubiéramos tomado y galletitas que hubiéramos comido, no había forma de que eso se tornara menos denso para ella. —Vos tamb

