—Eres tan predecible, ¿sabes? —le espeté, mi voz llevando consigo un sarcasmo que flotaba en el espacio entre nosotros—. ¿Tan aburrido estás que necesitas recurrir a entretenimientos tan mundanos?
—No eres en absoluto ordinaria, Evad. —Su voz dejó caer mi nombre como un susurro melódico escapando de sus labios violetas.
Resoplé exasperada, negándome a embellecerme con sus coqueteos. Me erguí y me dirigí hacia la ventana, observando nuestra primera prueba en la ruta Ecos. El Portal de Centelleo Espectral estaba a solo un par de distancias de llegar; en este punto, se decidiría la eficacia de nuestro plan y si el dispositivo estaba dispuesto a cooperar.
Dudaba que el artefacto estuviera lo suficientemente pulido para su uso, aunque había avanzado considerablemente en las últimas horas. Este sería nuestro último recurso, la clave para salir indemnes de esta situación, con suerte, en una nave casi intacta.
Aún nos quedaba un largo camino por recorrer antes de devolver a la princesa a los brazos de su padre. Claro, ninguno tan complejo y peligroso como el que estábamos a punto de enfrentar.
Lastimosamente no había marcha atrás. A partir de este punto, las cosas se pondrían agitadas. Tomé una bocanada de aire. No sentía miedo ni terror, al menos no del todo. Más bien, la ansiedad bullía en mí ante la incertidumbre de lo que nos aguardaba.
—¿Crees que saldremos ilesos de esto? —inquirí, permitiendo que la vulnerabilidad fluyera sin restricciones a través de mi voz.
—Eres la razón por la que estamos atrapados aquí —replicó, su mano hallando refugio en mi hombro con un gesto de apoyo, momentáneamente desviándose de su habitual propensión a irritarme—. Desde que estamos en esto, he de admitir que entre todas las ideas locas que has soltado, hemos salido sin un rasguño. Tu tripulación te sigue a ciegas; no cuestionan tus movimientos porque saben que eres una líder fuerte y astuta.
—Incluso tú, siendo un extraterrestre excesivamente fuerte, sabes que aventurarse por ahí es una completa locura.
—Afortunadamente, posees una buena dosis de eso —fruncí el ceño, apartando su mano con un gesto brusco cuando intentó acariciar mi cabeza. Él, imperturbable, simplemente sonrió— En esta galaxia llena de desafíos, has demostrado, siendo una criatura aparentemente vulnerable, que nadie debería subestimar tu fortaleza; Pronto me coronarán rey, y aquí me tienes —Hizo una pausa dramática, sus ojos explorando los míos, mientras el peso del silencio dejaba entrever capas de emociones no expresadas.—, con mi destino pendiendo de un hilo sostenido por una mercenaria audaz y su pequeño escuadrón al borde de desafiar los límites, siguiendo un camino que pocos se animaron a recorrer. De entre los valientes que lo intentaron, ninguno salió ileso.
Me sumergí en la gravedad de sus palabras. ¿Habíamos calculado correctamente los riesgos? ¿O estábamos bailando al filo de la navaja, con la esperanza como única cuerda de seguridad?
—¿Y qué ganas con todo esto?
Su risa resonó en la sala, llena de confianza y cierta arrogancia.—En el mejor de los casos, convencerte de ser mi reina —Elevó y descendió sus cejas de manera sugerente y juguetona, provocándome una pequeña sonrisa y un rollo de ojos casi involuntario.
Curiosa, pregunté —Y en el peor...
—En el peor, no existe. —Su respuesta fue enigmática, su mirada me hizo dudar si estaba esquivando la pregunta o si realmente había algo más oculto entre líneas.
—¿Qué quieres decir? —insistí, esperando una respuesta más clara.
—Decidí que voy a conquistar tu corazón. —Sus palabras resonaron en la habitación, cargadas de determinación y una cierta dosis de peligro.— Y lo liberaré de la prisión que tú misma formaste sobre él.
No pude evitar regodearme en la perspectiva de su inminente derrota —Va a ser divertido verte desilusionado cuando descubras que todos tus esfuerzos fueron en vano.
Draktharos esbozó una sonrisa más abierta, sus dientes afilados destacando su mirada, sus oscuros ojos adquiriendo un brillo casi hipnotizante y malicioso. —Soy un rey militar astuto, especialmente cuando encuentro algo valioso que quiero proteger, apreciar y venerar hasta el final de mis días.
—¿No crees que es un poco precipitado llegar a esas conclusiones? —repliqué, desafiante.
— Paciencia, pequeña mercenaria. —Hizo un "pop" con su dedo en mi nariz, como tratando con una niña— Mientras tanto, me aseguraré de mantener tu trasero completamente a salvo.
—Por cierto, aún no eres rey.
—No oficialmente.
—Ah, supongo que tienes deberes de realeza que atender, pero aún no llevas la corona —no pude evitar notar el destello de orgullo en sus ojos, aunque no le di mucha importancia. No tenía sentido alimentar su ego.
—Captas las cosas bastante bien. —Draktharos echó un vistazo a la ventana antes de volver su mirada hacia mí—. Será mejor que nos preparemos; informaré a los demás.
— Claro, iré a buscar a Aizza y a Korg.
Ah, Korg. Me percaté de que no le había encomendado ninguna tarea específica. Aunque, en caso de sufrir heridas, tenía la certeza de que podría cuidarnos eficientemente incluso en medio de turbulencias. Su habilidad para dominar el arte de la curación en situaciones caóticas estaba en constante evolución. Pero a pesar de su habilidad médica, no puedo ignorar la torpeza peculiar que define a Korg, no es que sea un estorbo extraterrestre, aunque su cuerpo rocoso ocupa buena parte de la nave, que tampoco es precisamente pequeña.
Estoy convencida de que podemos convertir su presencia en el equipo en algo valioso. Es el novato por aquí, y aún tengo que descubrir más de sus otras habilidades. ¿Quién sabe qué más nos tiene reservado?
Unas diminutas garras se arrastraron por mi espalda antes de instalarse cómodamente en mi hombro. Había olvidado por completo a la bola de pelos a la que aún no le había dado un nombre.
— ¿Dónde te metiste? —pregunté, su respuesta fue una mezcla de ronroneos, gruñidos y sonidos alienígenas extraños. —Supongo que explorando tu nuevo hogar.
Negué con la cabeza y, antes de encontrarnos con la tripulación, ordené el caos que se había acumulado en una esquina debido a los constantes reajustes, mejoras y desmantelamientos que le hice al dispositivo de transformación. Con suerte, aún funcionaba lo suficiente como para hacer más llevadero nuestro peligroso camino.
Nalor, Aizza, Draktharos y Korg ingresaron a la sala, cada uno deslizándose hacia su posición designada se ajustaron los cinturones con movimientos precisos, conectándose a los paneles de control holográficos que destellaban ante sus manos hábiles. Korg, cargando un maletín repleto de instrumental médico esencial, estaba listo para cualquier eventualidad.
Afortunadamente, nuestra tecnología era mayormente holográfica, creando un espacio expansivo y evitando los inconvenientes físicos inherentes a las naves convencionales. Las soluciones a posibles fallos se desentrañaban mediante complejas encriptaciones y algoritmos. Si alguien se preguntara cómo lidiábamos con reparaciones sin energía, la respuesta era tan directa como compleja: se realizaban reparaciones físicas en el dispositivo que proyectaba la pantalla holográfica, o se poseía una computadora lo suficientemente avanzada para conectarla y ejecutar soluciones mediante algoritmos.
Mientras tanto, Brakthar y Harlox debían de encontrarse en el Plexus, el núcleo donde se manejaban las armas con precisión, se gestionaban los escudos y fluía la energía vital de la nave. Era el epicentro que le confería vida y mantenía todo en perfecto estado de funcionamiento.
— Estamos listos para morir —sentenció Aizza con un dramatismo exagerado.
— Aizza, nadie va a morir. No asustes a Korg —intervine con tono ligero.
Korg, el mencionado, había entrado con una confianza casi insolente, pero ahora, ante la cruda realidad de la situación, sus facciones se tensaban, delineando ciertos nervios que antes permanecían ocultos.
—No te preocupes, Korg. Estamos aquí para salir de esta y, cuando el encargo termine, tener una buena cantidad de monedas en nuestro bolsillo.
Hice un intento de tranquilizarlo, aunque no se me daba bien. De cualquier forma, en este momento debíamos centrar toda nuestra atención en los posibles peligros que estábamos a punto de enfrentar en la ruta Ecos. Me senté en el mando para desactivar el piloto automático de la nave.
—Aah, si salimos vivos de esta, me gustarían unas buenas vacaciones —declaró Nalor detrás de mí.
—Oh, sí. Hace tiempo que no disfrutamos de unas de esas —añadió Aizza, con una chispa de emoción en sus ojos mientras sus dedos tamborileaban nerviosos sobre el panel de control—. ¿Algún planeta en mente?
La conversación, aunque momentáneamente relajada, se puso seria cuando Draktharos, con su voz profunda y resonante, rompió la burbuja de optimismo.
— No se les pase por alto que aún tenemos un extraterrestre antiguo, casi imposible de liquidar, que se supone estaba extinto.
— Como si pudiera olvidarlo. —respondió Aizza, sus dedos bailoteando sobre los controles mientras la nave se acercaba hacia el Portal.
Inicié la consola de navegación a mi izquierda, y al instante, datos en tiempo real iluminaron la pantalla, destilando información crucial. Revisé la data con rapidez y ajusté los controles holográficos con movimientos ágiles y precisos. En la pantalla, el portal destellaba con una mezcla de colores que parpadeaban, creando una atmósfera vibrante y cargada de energía a medida que nos acercábamos a ese agujero cósmico.
—Activando escudos de antimateria...en 5.. 4 —la voz de Harlox, rica en matices, resonó a través del auricular. Un fulgor azul deslumbrante envolvió la nave, como un abrazo protector.
La nave vibró ligeramente al acercarnos al resplandor del Portal de Centelleo Espectral. Las luces parpadeaban en un torbellino de colores, creando un espectáculo hipnótico que distorsionaba la percepción del espacio. Draktharos y el resto de la tripulación permanecían en sus puestos, sus rostros reflejando una mezcla de expectación y nerviosismo.
—Escudos activados.
Mi mano se cerró con firmeza alrededor del espectrograma, un dispositivo holográfico que proyectaba la ruta prevista a través del Portal. Mi mirada se enfocó en la pantalla, interpretando las fluctuaciones energéticas antes de que afectaran la trayectoria de la nave.
Concentrada, ajusté los controles de velocidad, manteniendo una velocidad constante para navegar con éxito a través del espectáculo caótico de luces y energía. El portal se expandió frente a nosotros, una vorágine de destellos multicolores que se abría como una puerta hacia lo desconocido.
—Entramos en tres, dos, uno... —anuncié, y la nave se lanzó hacia el portal con una energía frenética.
El espectrograma parpadeó con datos cambiantes, indicando las variaciones energéticas a medida que avanzábamos. Mantuve mi enfoque, anticipando y ajustando la dirección de la nave para evitar posibles turbulencias. La sensación de estar inmersa en un océano de energía caótica era abrumadora, pero mi determinación no flaqueó.
—¡Cuidado a las tres en punto, Evadne! —gritó Aizza desde su posición.
Respondí con un movimiento brusco del timón, desviándonos hábilmente de una corriente energética errática que amenazaba con envolvernos. Los escudos de antimateria se encargaban de disipar cualquier peligro inminente, pero no podíamos permitirnos bajar la guardia.
El tiempo pareció distorsionarse mientras atravesábamos el portal, y el caos de luces y energía se intensificó a nuestro alrededor. La nave temblaba, pero los escudos mantenían su resplandor protector.
Una última ráfaga de energía desestabilizadora intentó desviarnos de nuestro curso, pero con un hábil giro del timón, logré mantener el control. La nave emergió del Portal de Centelleo Espectral, encontrándonos en un espacio que se extendía más allá de lo que la vista podía abarcar.
—¡Lo conseguimos! —exclamó Korg con una alegría abrumadora, aunque aún se percibía el eco del temor en su voz.
Sentí la liberación de la tensión acumulada en mis hombros. —Bien, la parte fácil ya está hecha.
Me voltee momentaneamente hacia atras para ver brevemente las expresiones en sus rostros pero sobre todo asegurarme de que se encontraban bien luego me comunique con Harlox y Brakthar por el auricular, para asegurarme que todo estaba correcto y que no hayamos sufrido algun daño sobre todo que sea conciderable
—Todo tranquilo por aquí, podemos seguir —se escuchó la voz de Brakthar, seguida de los sonidos rítmicos de sus dedos en el teclado, indicios seguros de que estaba inmerso en alguna tarea crucial desde el plexus.
Asentí, a pesar de que no podían verme. Tragué saliva y respiré profundamente al sentir que mi corazón latía ligeramente agitado. El alivio era tangible, pero la sombra de desafíos difíciles aún se cernía sobre nosotros; solo esperaba que no fueran insuperables.
En el tenso silencio que siguió, percibí el zumbido suave de los sistemas a nuestro alrededor.
—Entonces, preparemos el terreno para el cruce de la nebulosa —ordené, mis palabras flotando en el vacío con la autoridad que intentaba proyectar. Mis ojos se fijaron en la pantalla ante mí, donde la ruta destellaba.