Capítulo 16

2330 Words
El silencio descendió sobre la sala, Draktharos, con su presencia imponente, miró alternativamente a Aizza y Nalor, como si evaluara el trasfondo de la disputa antes de intervenir. —No perdamos de vista nuestro objetivo común —dijo Draktharos, su voz, un rugido grave que vibraba con autoridad. —Cada uno de ustedes es un engranaje vital en el funcionamiento de esta nave, y no podemos permitir que las diferencias personales eclipsen la magnitud de nuestra misión. La intervención pareció ser suficiente para que dejaran de lanzarse miradas irritadas y volvieran a centrarse en la reunión. Entonces, volví a atraer la atención de todos hacia lo realmente crucial, desviándola de la pelea de Aizza y Nalor. —No tengo certeza sobre la utilidad de los lentes, pero no perdemos nada al intentarlo. —pausé brevemente—. A menos que logremos que la nave se transforme y avance sin tropiezos, la única alternativa que nos queda son estos —señalé la mesa donde reposaban los tapones para los oídos y los lentes oscuros. —Eso, suponiendo que realmente funcionen —añadió Harlox. —No hay marcha atrás; sería demasiado arriesgado para nuestra misión. Pero, aunque no den el resultado esperado, estoy segura de que hallaremos una alternativa —aseguré. —No sería nuestra primera ruta arriesgada. —Brakthar consoló, evocando recuerdos de antiguas travesías. Hice una mueca; en ese entonces, estaba en la cúspide de mi adolescencia, muchas de mis acciones carecían de reflexión sobre las consecuencias. Aun así, mantenía mis ideas excéntricas, compartiéndolas para obtener otros puntos de vista o encontrar sintonía con mi tripulación. Pero ya no actuaba sola; había aprendido la lección de manera desagradable, buscando todas las alternativas posibles antes de expresar mi opinión. La experiencia me había enseñado a considerar las consecuencias, y eso marcaba la diferencia. Aizza retomó su posición de centrarse en la misión, consciente de que tendrían tiempo para continuar con sus disputas infantiles más adelante. —Lo último que nos queda por superar es el Remolino Cuántico. —añadió, agregando un toque de determinación a sus palabras. Draktharos asintió con solemnidad. —El Remolino Cuántico no será fácil de atravesar. Se rumorea que distorsiona el tiempo y el espacio de maneras incomprensibles. —Entonces, ¿cómo abordamos esto? —preguntó Harlox, rompiendo el breve silencio. Las mentes de todos se entrelazaron en una tormenta de ideas, cada uno arrojando fragmentos de estrategias al aire como si estuvieran construyendo un puente sobre aguas desconocidas. Mis ojos se mantuvieron fijos en el holograma que proyectaba el mapa estelar, como si pudiera encontrar respuestas entre las constelaciones parpadeantes. —Si sorteamos el Filo Singular y los Espectros, no deberíamos tener problemas para atravesar el remolino cuántico —murmuré. —Tal vez no, pero no estamos seguros de lo que nos encontraremos, Evad —añadió Draktharos, su voz resonando con la carga de la incertidumbre que pendía sobre nuestras cabezas —Quizás deberíamos revisar las crónicas de los exploradores anteriores —sugirió Korg, quien hasta ese momento se había mantenido al margen de nuestra reunión, su tono revelando una mezcla de curiosidad y temor. —Es una opción válida —asintió Aizza—. Pero recordemos que cada travesía es única, y las variaciones cuánticas pueden alterar las condiciones. —Es complicado trazar una ruta segura con tantas alteraciones —añadí. —Y si tampoco tienen un patrón en el cual basarnos con seguridad, entonces estamos a la deriva —observó Aizza. Suspiré. —Haré que el dispositivo funcione; tal vez podamos intentar retrasarlo lo suficiente para atravesar el remolino cuántico con menos contratiempos. —Eso significa que debemos sobrevivir a los cuatro obstáculos anteriores, ¿verdad? —inquirió Korg, su preocupación palpable en la mirada. Asentí con calma para disipar la tensión que se colaba, casi inadvertida, en cada rincón de mi ser, y le di un sorbo a mi taza. El resto del grupo permaneció en silencio, quizás indecisos sobre qué más agregar. Aun así, la reunión no estaba oficialmente concluida. Había un montón de variables que teníamos que considerar, desde el papel que cada uno desempeñaría hasta la condición misma de la nave, todo estaba en juego. La pregunta latente, siempre en el aire, era cómo podríamos exprimir al máximo su potencial sin que terminara averiada a mitad del camino. ¡Dioses! reparar la nave sería una pesadilla, y la factura sería astronómica si lográbamos salir con vida de este embrollo. Sí, teníamos glimbix de sobra para remendar la nave sin que nos retumbara la billetera, pero a veces uno no podía evitar esos pensamientos obsesivos de ahorrador. La prioridad era salir ilesos de esta situación; los agujeros en el presupuesto podrían esperar hasta después. —Quizás deberíamos enviar sondas avanzadas primero —sugirió Nalor, rompiendo el silencio con una propuesta práctica. —Podrían proporcionarnos datos en tiempo real mientras evaluamos la situación. Draktharos inclinó la cabeza, aceptando la lógica detrás de la propuesta. —Podría ser nuestra mejor apuesta para anticipar lo que nos espera. Si me lo permiten, me gustaría analizar su practicidad. —¿Se te ocurre alguna forma de potenciarlas? —pregunté con auténtica curiosidad. Ya había demostrado un conocimiento sólido en tecnología cuando trabajábamos en la mejora del dispositivo. Si él podía llevar las sondas a un nivel superior, podríamos obtener información aún más precisa sobre lo que nos esperaba al atravesar el remolino. —Su tecnología está lejos de la nuestra, estoy seguro de que podré hacer algo para potenciarlas —afirmó, despojando su declaración de cualquier atisbo de condescendencia. Su manera de señalar nuestra clara desventaja tecnológica no resultó humillante, sino más bien un reconocimiento franco de las diferencias. Las facciones del equipo se iluminaron con un resplandor de esperanza. Draktharos, con su experiencia y habilidades técnicas, representaba un recurso invaluable en este momento crucial. —Podríamos integrar tecnología de encriptación cuántica para garantizar una transmisión segura y veloz de datos —propuso Draktharos, sus ojos destilando una mezcla de determinación y astucia. —Además, podríamos implementar un sistema de escaneo adaptativo que se ajuste a las variables cuánticas del remolino. Esto nos daría una lectura más precisa de las anomalías que podríamos enfrentar. —Aizza, podrías darle una mano en eso —pregunté, en un tono que sugería más que ordenaba. —Estoy seguro de que tus habilidades pueden serle de ayuda Ella asintió con determinación. —Evad, estoy segura de que tus conocimientos son vitales en este tema. Esbocé una leve sonrisa. —No subestimes tus habilidades, además, me daría espacio para lidiar con otros asuntos, especialmente del dispositivo. La reunión avanzaba, cada cual reclamando su dominio en las responsabilidades, perfilando meticulosamente el cómo íbamos a maniobrar a lo largo de la travesía por ecos. Planteábamos propuestas alternativas, desentrañando en detalle nuestro modus operandi para sortear cualquier contratiempo, en caso de que la propuesta principal flaqueara. Al concluir la reunión, el aire se cargó con una energía dispersa, dejando un silencio denso impregnado de expectativas y desafíos. Los miembros del equipo se retiraron, dispersándose para abordar las tareas que la reunión había delineado. Antes de abandonar el comedor, me tenté con una de esas frutas de tonalidad alienígena, un azul intenso que desafiaba la paleta de colores convencional. La piel, suave como la seda, cedió con docilidad ante la presión de mis dedos, revelando una pulpa jugosa que desató en mi boca un sabor único y dulce, como un secreto ancestral desvelado en cada mordida. El regusto persistía, reverberando en mi paladar mientras atravesaba el pasillo metálico hacia la sala de control. Una vez allí, me sumergí de nuevo en el arte de manipular las partes cruciales del transformador, desconectando y volviendo a conectar cables en posiciones estratégicas para realizar mejoras y añadir algunos complementos. Tenía plena conciencia de que la nave tenía el potencial de evolucionar, y no estaba dispuesto a arriesgarme con otra metamorfosis catastrófica. Tomé un objeto aparentemente insignificante, lo enchufé al dispositivo y me preparé para llevar a cabo las pruebas necesarias. En esos momentos, mi enfoque estaba en lograr que la transformación durara más de cinco minutos. Buscaba una ventaja significativa; una hora era el objetivo mínimo que perseguía. La clave no era solo transformar la nave, sino controlar el tiempo de esa metamorfosis. Una hora nos otorgaría la libertad de maniobra que necesitábamos para atravesar la ruta Ecos sin problemas. Las pruebas fallidas se acumulaban como c*******s en mi camino, pero entre los fracasos, emergían destellos de éxito que me impulsaban a continuar. Cada intento, cada ajuste, me aproximaba un paso más a estirar los límites de la transformación, otorgándome un dominio más firme sobre la metamorfosis de la nave. La emoción se desbordaba en mi ser, dispersando cualquier rastro de tensión o frustración que pudiera haber anidado tras numerosos intentos fallidos. No obstante, la verdadera prueba aguardaba silenciosa en el horizonte, las horas se deslizan como latidos apresurados mientras nos encaminamos hacia Ecos. No me tomé la molestia de consultar a mi tripulación sobre sus preparativos; confiaba en ellos con una fe ciega, no necesitaba escudriñar sus quehaceres individuales;; conocía sus habilidades, sus destrezas, y esa confianza mutua se erige como una columna sólida en la cual puedo apoyarme, incluso cuando mis fuerzas flaquean para liderar. —Pudiste hacerlo —sonó la voz de Draktharos desde la puerta, sumida en mi trabajo, no me había dado cuenta de que se había acercado. —¿Lo dudabas? —pregunté, sin un ápice de desafío, arrogancia u orgullo, a diferencia de tantas otras de nuestras conversaciones. —Jamás de ti. Sé de lo que eres capaz, incluso si mi tecnología podía dificultarte las cosas al comienzo. —Tomó asiento a mi lado, posando su mirada en el objeto que había logrado después de tantas pruebas, transformar por más de cinco minutos—. Aprendes rápido y tienes un amor por la tecnología que no había visto con la misma intensidad en otros. Tragué saliva, sintiendo mi garganta repentinamente seca. —Supongo que encontré un oficio que me apasiona. —¿Ser mercenaria no lo hace? —no había reproche en su voz ni rastro de odio, más bien curiosidad genuina. Me relajé en mi asiento. —Es el trabajo mejor pagado —continué—, no el más honrado, pero tratamos de que así sea. No sabía por qué había dicho aquello; sabía que él albergaba un especial odio por los mercenarios, esclavistas, contrabandistas, cazarrecompensas, o cualquier otro que ganara dinero a costa de otros. En lo posible, con mi equipo tratábamos de aceptar trabajos éticos, que no afectaran nuestra reputación, más bien, evitábamos tener a las autoridades interestelares sobre nosotros. Era una línea delgada, y a veces, la ética quedaba eclipsada por la necesidad de sobrevivir en un universo implacable. —No todos comprenden la necesidad de sobrevivir en este cosmos despiadado —murmuró, su voz grave flotando entre nosotros, desviando la mirada hacia el espacio estelar visible a través de la ventana de la sala de control. —Aunque hayamos aceptado trabajos difíciles, siempre hemos procurado no traspasar ciertos límites —añadí. —Aunque a veces sea inevitable. Asentí con pesar, reconociendo la dura realidad en sus palabras, las cicatrices que la supervivencia nos imponía. —Entiendo lo que piensas acerca de nuestro trabajo. Me interrumpió con un gesto de desacuerdo. —Lo pensaba porque no te comprendía, no entendía por qué te empeñabas en esto cuando tus habilidades e inteligencia podrían conseguirte algo mejor. —¿Y ahora crees entenderlo? Negó suavemente. —No del todo, pero a lo largo de los años te he observado, he seguido tus movimientos. —Puedes acabar señalado de acosado —le advertí con una sonrisa juguetona, tratando de desvanecer la gravedad con un toque de ligereza.— ¿Sabes que hasta podría reportarte? Él soltó un gruñido, provocando en mí una risa burlona. —No estaba acosándote, preciosa. Solo trataba de entenderte. —Uhmm, si tú lo dices. —Respondí con una mezcla de diversión y complicidad, dejando de lado su apelativo cariñoso como si nada. Draktharos apartó la mirada de la ventana y la posó en mí, como si intentara leer entre líneas de mi expresión. Había algo en sus ojos, una mezcla de inquisición y comprensión. —Has cambiado, ¿lo sabías? —dijo finalmente, rompiendo un silencio que se había vuelto más denso de lo que ninguno de nosotros esperaba. Fruncí el ceño ante la observación. Cambio, una palabra que siempre había evitado con cuidado. Cambiar implicaba admitir vulnerabilidad, y en este universo despiadado, la vulnerabilidad era una debilidad que podía costarte la vida. —Todos cambiamos con el tiempo —respondí, tratando de restarle importancia. —No me refiero a eso, Evadne. —¿Qué quieres decir? —Ya no destilas rabia —Respondió. Estuve a punto de contradecirle, pero sus palabras me detuvieron—. Aún posees esa dureza del mismísimo infierno, pero antes estabas enojada, furiosa con el mundo. Tal vez por vivir en un exilio lejos de tu hogar, o por convivir con seres de otros mundos a los que no comprendías. No estoy seguro. Reí rodando mis ojos. —No estaba enojada. —Lo estabas, aunque tal vez ni tú misma lo percibías, pero lo estabas. Aunque también provocara mucho de ese enojo. —Draktharos sonrió con picardía, como si recordara los momentos que compartimos y las chispas que encendieron nuestro pasado. —Las estrellas saben que hiciste todo lo posible por sacarme de quicio, y, por supuesto, lo lograste a la perfección. Pero, ¿qué tiene que ver eso con el cambio? La complicidad en sus ojos brilló con una intensidad intrigante. —No sería divertido si te revelara todo. —Ah, aún persistes en ser ese extraterrestre tonto que trata de envolver sus palabras en un misterio sin sentido. Refunfuñé, negando con la cabeza y haciendo danzar mi cabello atado. —¿Qué puedo decir? Encuentro encanto en provocar tu irritación, especialmente cuando soy yo quien lo provoca.
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