No estaba de humor para negociar, pero aun así aceptó. Como si temiera que faltara a su palabra, repitió —¿De verdad? ¿No me has mentido? —Es verdad. No te estoy mintiendo. Temía que la chica de antes se echara a llorar, así que la engatusó con impotencia y cariño —Cuando quieras volver, fija una hora y avísame con antelación, ¿Te parece? En cuanto terminó de hablar, se arrojó a sus brazos. —Sé que eres el que más me quiere, pero tengo que quedarme en Nueva York otros dos días. Ya hablaré contigo de cuándo volver a casa. Tras obtener una respuesta afirmativa, una sonrisa apareció en el rostro de Cierra. Aflojó el agarre de su cuello y revisó cuidadosamente el ramo que tenía entre los brazos. Si seguía abrazándolo, probablemente se le romperían las rosas. A estas alturas, ¿cómo pod

