Kael Gennaro y yo nos dirigimos a mi casa, al llegar nos encerramos en el despacho. Mi rostro estaba endurecido, con las venas del cuello aún tensas de tanto contener la rabia. Cerré la puerta de un portazo y lancé el abrigo sobre la silla. El silencio era denso, como una lápida recién colocada. Caminé hasta mi escritorio y apoyé las palmas sobre la madera, respirando por la nariz como un animal acechando. La imagen de Selene, temblando, atrapada, tal vez herida… y con miedo me partía en dos. No. Me convertía en otra cosa. Tomé el teléfono satelital. El de las líneas imposibles de rastrear. —Pónganme con Milan —ordené al hombre del otro lado. Ni siquiera esperé saludo. “Kael…” la voz ronca del ruso apareció segundos después “¿Qué demonios ha pasado? —Han tocado lo que es mío. La

