Selene La casa amaneció más silenciosa de lo normal. No el tipo de silencio tranquilo, no. Este era ese que se siente denso, que se mete por las rendijas de las puertas y te grita con fuerza todo lo que nadie se atreve a decirte. Me vestí rápido, con un pantalón suelto y una camiseta, me recogí el cabello, tratando de lucirlo con dignidad, y bajé a desayunar. Apenas crucé la cocina, Ruth me saludó con un tímido “buenos días”, y eso fue lo único cálido de ese momento. La mesa estaba servida, como siempre, pero no vi a nadie más. Los cocineros no asomaban la cabeza. Los empleados de limpieza ni me miraban. El jardinero pasó como una sombra, con los auriculares puestos y la mirada en el suelo, como si yo fuera una maldición andante. Y aunque no fue idea mía, aunque yo me había escandal

