Selene Sus labios ardían. Pero no como fuego. Ardían como refugio. Como algo que había esperado demasiado tiempo y que ahora temía perder si parpadeaba. Kael me besaba con esa mezcla de fuerza y cuidado que solo él sabía manejar. Me tenía entre sus brazos, enredada en su pecho, en su cuerpo, en su mundo. La ropa húmeda era apenas un detalle incómodo. Yo ya no sentía el peso del agua, ni el frío de los azulejos, ni el miedo a caer. Lo único que sentía… era a él. Su mano subía con lentitud por mi espalda, como si cada centímetro fuera un territorio sagrado. Desabotonó mi blusa empapada sin apuro. No había urgencia en sus gestos. Solo devoción. Cuando la tela cayó al agua, nuestros cuerpos se rozaron apenas, y ese leve contacto me estremeció más que cualquier caricia desnuda. Kael se

