Selene Corrimos de vuelta al coche. Gennaro sacó el rifle, revisó la mira, cargó los cartuchos con precisión militar. Yo apreté la pistola, mi respiración era un vaivén entre la furia y el miedo. Nunca me había sentido tan viva. Ni tan en riesgo. —¿Lista? —preguntó él, ya apuntando desde la loma. Tragué saliva. Mi mirada se cruzó con la escena más atroz que había presenciado: niños, alineados como mercancía, siendo empujados hacia el camión como si fueran cajas sin alma. Uno de ellos tropezó y cayó. Nadie lo ayudó. Le dieron una patada sin misericordia. Apenas era un bulto llorando. —Ahora —susurré, y me lancé. Me deslicé entre los arbustos, la pistola apretada en mi mano. El primer guardia, distraído con un cigarro y su propio aburrimiento, no me vio llegar. Le apunté directo al pech

