Selene Yo no estaba dispuesta a ceder, necesitaba que esa mujer pagara por lo que había hecho. Kael me observó en silencio, pero no dijo nada. Sus ojos ardían con fuego contenido, y yo... yo era lava desbordada. —Déjame a solas con ella —ordené, mi voz más cortante que cualquier cuchillo. —Selene no… —empezó Kael, pero no terminó. Vio en mis ojos lo mismo que yo sentía en los suyos: rabia, traición, necesidad de justicia, hizo amago de salir, pero por el sonido de sus pasos y su respiración, supe que se había quedado en la puerta. Ginevra me miró y sonrió, aunque su boca temblaba. —Vaya, si es la esposa —soltó con ese veneno habitual—. ¿Vienes a agradecerme por haberle dado algo de acción a tu aburrido marido? No le respondí. Solo caminé hasta ella y le di un par de bofetadas que le

