Kael Salí de la habitación, cerrando la puerta tras de mí con más fuerza de la necesaria. No miré atrás. No quería. No podía. Si lo hacía, si la veía otra vez, temblando en medio del pasillo con esos ojos grandes que me suplicaban sin palabras… no iba a poder irme. Y esta vez tenía que irme. Ella me lo pidió, ¿no? Que buscara a otra. Que me distrajera. Que la dejara en paz, es lo que iba a hacer. “Te odio, Selene”, susurré al aire mientras bajaba por las escaleras, acomodándome el saco del traje. Pero era mentira. No la odiaba. La odiaba por dolerme. Por haber despertado algo en mí que ya no sabía controlar. Por volverme débil con una simple mirada. Por convertirme en lo que siempre prometí no ser un hombre que espera, que necesita, que… siente. Selene era mi esposa. Y no, no solo p

