Kael La vi salir corriendo, no la seguí. No esta vez. El portazo que dejó a su paso aún resonaba en mis oídos, cuando me dejé caer frente a la jaula vacía de Milo. Su ausencia me dolió más que su grito. Más que sus insultos. Más que su mirada temblando de rabia. Me quedé allí, solo, frente a la jaula vacía de Milo. El mono no estaba allí, se había ido a lo más alto del árbol. Escuché pasos a lo lejos. Eran leves. Alguien del personal, tal vez. No quería que nadie me viera así. Vulnerable. Derrotado. Pero ya no importaba si me veían o no. Selene sí me había visto. Y no le gustó lo que vio. Me acerqué a la jaula vacía una vez más. Esta vez, apoyé la frente contra los barrotes. —Milo… idiota peludo —murmuré con voz ronca—. Ella te prefirió a ti. ¡A ti, que ni hablas! Ni piensas. Ni

