No sabía por qué, pero ahí me encontraba, en la habitación de la colorina, mirando sus grandes ojos verdes.
-Omar...- Dijo mi nombre con voz rasposa, lo que me hizo pensarla en una cama, no de hospital precisamente.
Me alerté por ese pensamiento, pero con una rapidez asombrosa, encontré una justificación válida. Había pasado cinco años sin ver a una mujer de carne y hueso, que ahora, cuando incluso había tocado a la pelirroja, pensaba perversidades con ella.
-Sí.
-¿Estabas en el accidente?- Me preguntó señalando su cuello ortopédico.
-Ajá.- Dije observándola, midiendo sus reacciones.
-Te compensaré monetariamente todo lo que necesites. A ti y a los demás. ¿Eras el dueño del taxi?
-No. Pero sé cómo comunicarlo.
-Supongo que has venido a eso. Tranquilo, asumo mi responsabilidad, y como ya te he dicho, pagaré las multas que correspondan.
Solté una carcajada en mi cabeza. Esta mujer tenía pinta de niña mimada y consentida, aunque no por eso dejaba de lado su evidente belleza. Claro que debía imaginarla sin eso moretones en su rostro y sin el yeso en el brazo.
-La verdad es que no. He venido a corroborar que estuvieras bien. Cuando te saqué del auto estabas bastante mal.
-¿Tú me sacaste?- Asentí. Agachó su cabeza, haciendo que uno que otro de sus rizos colorines cayera en su rostro. El gesto me resultó... dulce.- Te lo agradezco. El doctor dijo que ha sido útil. No sé en qué, pero lo ha sido.- Dijo con una risa suave.
El móvil que tenía en las manos volvió a sonar y ella cortó nuestro contacto visual, contestando en seguida.
-No... Sí... Quiero lo indispensable...- Frunció el ceño.-... No intenten llamar a los otros móviles, me los han quitado.- Me lanzó una mirada de reojo y volvió a mirar por la ventana.- Los espero en máximo una hora. Así el doctor no tendrá forma de alegar... Sería todo. Recuérdale a las demás que sólo marquen a este móvil. Y tu me debes seguir manteniendo informada de las acciones y la bolsa de valores.- Fruncí el ceño. ¿Acaso no podía mantener una conversación normal sin dar órdenes a todos?- Es todo.- Ni un adiós ni gracias. Volvió a guardar el móvil.
-¿Estás ocupada? Puedo volver más tarde... u otro día.- Dije, pero enseguida me pregunté, ¿A qué volvería? Ya corroboré que la colorina estaba bien. No tenía nada más que hacer aquí.
-No. Sí. Lo siento, es que tengo que arreglar las cosas del trabajo, no puedo simplemente desaparecer de un día para otro. Aunque el doctor parece no entenderlo.
-¿Él te quitó los móviles?- Até cabos.
-Sí.- Dijo frunciendo los labios.
-Tengo que hacerte una pregunta...- Me miró en seguida.- ¿Por qué necesitas cinco móviles?- Solté una carcajada. Eso me había parecido demasiado raro, y comenzaba a sospechar que aquella mujer no era adicta a a tecnología, sino al trabajo. Lo corroboró con su siguiente frase.
-Tengo tres secretarias, y un chofer. Necesito estar al tanto de todo.- Ya, pero...
-¿Y el quinto?
-Ese no importa.- Dijo, y de repente su semblante cambió a uno mas duro. Supe que no debía seguir por ese camino si quería seguir conversando con la mujer.
-De todas formas, ¿Por qué ibas a necesitar tres secretarias? Ni que fueras presidenta.- Le dije a modo de broma. Cuando no secundó mi leve carcajada, la miré.- ¿Eres presidenta?- Eso explicaría el excelente traje que llevaba ayer, sin mencionar el deportivo, el cual sería mi próximo tema a tratar.
-No. Soy dueña de una empresa.- Dijo con orgullo, aunque distinguí, paradójicamente, algo de tristeza.
-Vaya que eres importante.- Dije metiendo mis manos a los bolsillos del jeans.- Supongo entonces que no te importará pagar la factura del mecánico.
-En absoluto. Todo corre por mi cuenta. -Se intentó sentar, y pensé que no podría, por el brazo y el cuello ortopédico, por lo que intenté acercarme a ayudarla, pero me hizo un claro gesto en el que no permitía recibir ayuda de nadie. Retrocedí unos cuantos pasos. Me sorprendió cuando se sentó en la camilla y volvió a sacar el móvil... Comenzaba a entender por qué el doctor se lo había quitado; No llevaba conversando con ella ni quince minutos, y ya había conversado por móvil mas de lo que me hubiese gustado. No era muy adepto a usar esos aparatos, además, había perdido la costumbre en la cárcel.
Pensó un poco antes de marcar unos números en el móvil y llamar.
-¿Madison? Necesito que anotes el siguiente número telefónico, hables con el hombre y le asegures que todos los daños van por mi cuenta.- Tapó el micrófono del teléfono y me miró expectante. Por un segundo me perdí en su mirada verdosa y no supe qué hacer. Hasta que habló.- ¿Podrías darme el número del taxista? ¿Ahora?- Alzó una ceja.
Estaba seguro que era por la falta de féminas, pero el gesto me pareció de lo más seductor en ella.
-Claro.- Dije rebuscando el papel en mi bolsillo. Se lo tendí, y como si nada, lo cogió.
Le dictó el número a la tal Madison y volvió a centrarse en mi, después de colgar.
-¿Y bien? ¿Se te ofrece algo más?- Me dijo mirándome con los ojos bien abiertos. ¿Quería algo más?
Deseaba varias cosas más...
-No. Sí. Sí, definitivamente sí. ¿De qué decías que era tu empresa?- Si mal no recordaba, así comenzaba el proceso de flirteo. Tampoco estaba tan oxidado, según lo que recordaba, ella debía responder...
-No lo he dicho.- Claro que yo ya sabia que no lo había mencionado.- Arriendo y venta de inmuebles.
Su respuesta no había sido lo que esperaba. Ella parecía no notar que estaba intentando tener una conversación más larga, por lo que no había dado luces de querer seguir en eso.
-Qué casualidad. Estoy buscando una casa.- Lo que no era mentira. Mis padres, al darme la espalda cuando entré a la cárcel, me habían dejado sin casa, sin dinero, y al no tener amigos de los buenos, tampoco tenía un techo donde dormir. Menos mal que anoche había encontrado un hotelucho que me pude permitir, dado que aún no me pagaban la indemnización por daños y prejuicios.
La colorina se trasformó. Su mirada se encendió y sus ojos me analizaron.
Funcionaba.
-¿Buscas algo en específico?
-Algo cómodo, no tan grande. Y en lo posible afuera de la ciudad.
-Tienes que tener en cuenta que mientras más lejos estés, menos acceso a transporte tienes.- Volvió a evaluarme, y me removí un poco incómodo en mi situación.- ¿Tienes auto?
-No.- Dije sinceramente.- Pero pretendo tenerlo luego.
-Bien. Entonces supongo que no será un problema.- Aún estando en una cama tenía un aire de profesionalidad que no podía pasar por alto.- Debes mandarme de aquí a mañana un presupuesto de lo que tienes pensado gastar en el inmueble, para comenzar a buscar las mejores opciones.
-Bien.- Iba a decir algo más, pero una mujer entró por la puerta de vidrio, interrumpiendo nuestra 'conversación'.
-María.- Le dijo la pelirroja.- Puedes comenzar a instalar todo.- Fue recién ahí que me di cuenta de que llevaba un bolso n***o y una mesilla portátil.
La morena ni siquiera me miró y comenzó a ordenar. Posicionó la mesa y abrió el bolso, sacando un portátil moderno. Demasiado moderno, diría yo. Tanto así, que cuando lo prendió, anotó la contraseña de ingreso presionando la pantalla, no el teclado. Estaba tan maravillado con el aparato, que no me di cuenta de que Melissa me miraba directamente.
-Te daré mi correo.- Dijo cuando se dio cuenta de que noté su mirada.- Y mi móvil. Así puedes contactarme cuando quieras.- Esa parte me gustó.- Siempre y cuando sea de trabajo.- Finalizó.
No me importó, siempre podría encontrar alguna excusa para enviarle un mensaje.
Sabía que esto me estaba superando. Pero necesitaba a una mujer, y ella, además de que había sido la primera que vi, poseía una belleza singular que no podía pasar por alto.
La mujer era guapa, y ella lo sabía tan o más bien que yo.
-Bien.- Mandó a Madison a recoger algo del bolso del portátil, y luego la mandó a conseguir su cartera, la cual se llevó el doctor. Nos dejó solos.- Aquí tienes mi tarjeta. Te puedes retirar; Te llamaré cuando tenga alguna vivienda vista.
Entendí que debía irme en ese instante. Asentí, y me acerqué a ella.
-Gracias. Y... Espero que te recuperes pronto.
-Sí, claro.- Dijo. Dudé en hacerlo o no, pero al final me decidí y lo hice. Me agaché a la altura de su mejilla y dejé un delicado beso.
Fui consciente de que era la primera vez que tenía toda su atención. Sus ojos se abrieron mucho, y como no podía girar sólo el cuello, movió un poco todo su torso, haciendo que ese gesto fuera más notorio.
Sonreí. Al menos no le era indiferente.
-Nos vemos. Que esté bien.
-Igual tú. Nos vemos.- Estaba casi seguro de que empezaría a tartamudear.
Sonreí y salí de la sala del hospital.
No me gustaban estos lugares. La última vez que estuve aquí, hace cuatro años, había sido con cadenas en las muñecas y tobillos, como un convicto, ya que me había metido en una rencilla dentro de la cárcel y había salido mal parado. Muchas heridas de arma blanca.
Caminé rápido por los pasillos hasta ver la entrada. Sin dudar empujé la puerta de vidrio y salí afuera.
Era raro, pero seguía sin sentirme libre del todo, tenía 'ese algo', que me impedía sentir la total libertad de estar pisando la calle pública.
Caminé por unas cuadras, y decidí que lo primero era cambiar mi aspecto. Aún llevaba el cabello desordenado y la barba me incomodaba, por lo que me interné en la primera peluquería que encontré.
La joven mujer me hizo sentar en una silla giratoria y comenzó a obrar magia.
El resultado me gustó. Me favoreció mucho el nuevo cabello, largo arriba, más corto abajo... Me parecía al Omar de antes, aunque con bastantes cambios físicos, marcas de guerra, como a veces las denominaba.
Una guerra que me había visto obligado a luchar. Pero todo eso había quedado atrás: Era el minuto de comenzar de cero.