Capítulo 4

1158 Words
Era un día muy agradable como para no disfrutarlo pero el sol ya comenzaba a quemarme, la pequeña corriente de aire de vez en cuando mitigaba el calor y el sudor que comenzaba a formarse en mi frente. De haber sabido que iba a estar parada bajo el sol no hubiera escogido el gorro, las neuronas se me estaban quemando y me estaban haciendo pensar puras incoherencias. —¿Se te olvidó como conducir o qué?— Me burlé. —Si conducir dos autos al mismo tiempo es olvidarse de manejar, entonces sí —. solté una pequeña risa porque me había devuelto la broma—. ¿Tienes licencia de conducir? —Asentí como respuesta, al parecer, quería que fuera su chofer—, bien, me cambiaré y podremos irnos—, comenzó a caminar de regreso al edificio y ahora lo detuve. —No voy a volver ahí dentro... —No quería toparme con su amigo ni con nadie más. Tras mi petición, el chico asintió y se dirigió a uno de los autos estacionados. Abrió una camioneta Lamborghini Urus gris oscuro para que esperara mientras él iba a cambiarse. ¿Quién demonios dejaba su auto abierto? Cuando me subí quedé impresionada por los detalles y la elegancia del interior. Esperar por él se estaba convirtiendo en la tarea más difícil. Si había algo que odiaba era esperar, me producía ansiedad e inseguridad. Cuando quedaba con amigos en algún sitio me daba miedo que no aparecieran. Incluso esperando en el auto no podía evitar pensar en que Cédric me dejará plantada. Después de quince largos y eternos minutos apareció en el asiento del conductor y se puso en marcha al estacionamiento del estadio, que no estaba lejos, ya que estaba conectado con el resto del campus del Manchester City. Entramos en el estacionamiento, donde el único auto que había era su Mercedes AMG GT n***o. No estaba segura de que conducirlo fuera buena idea. —Sabes cómo encenderlo, ¿verdad? —preguntó, entregándome la llave. —Sí —Y sino aprendemos. Mentí, bajándome de un auto para subirme a otro. Nunca había manejado un auto de lujo, pero por primera vez me alegraba no haberme negado. Porque por más que quisiera no me alcanzaba ni para ir a la agencia y pedir la prueba de manejo de alguno de este auto. Me abroché el cinturón e intenté insertar la llave. ¡Perfecto, se encendía con botón! Por lo que recordaba de mi primo Luis quien tenía un auto nuevo, no tan nuevo como este, había que pisar el freno y luego pulsar el botón para encenderlo. El motor rugió haciéndome saber que funcionaba, bien, ¿y ahora qué? Busqué la palanca de cambios en el mando central, pero lo único que encontré fue una gran pantalla y unos botones que no sabía para qué servían. Tenía más modalidades que una licuadora. Moví la palanca central con la esperanza de ponerlo en marcha pero apareció algo en la pantalla. ¿Ya lo había descompuesto? Esperaba que no, porque ni vendiéndole mi alma al diablo me alcanzaba para saldar esta deuda. Me quedé mirando la pantalla y todas las palancas, tratando de encontrar alguna pista para poner el Mercedes en marcha. Casi me muero de un susto cuando la puerta del conductor se abrió de golpe, haciéndome saltar. —¡Dios!, me has dado un susto de muerte —me quejé empujando a Cédric con la mano, pero mi actitud y mi corazón desbocado no lo inmutaron. —La palanca de cambios está aquí —indicó cerca del volante—, la tiras hacia arriba para conducir o hacia abajo para dar marcha atrás —, para vergüenzas uno no terminaba. Me estaba haciendo sentir como si tuviera quince años y estuviera aprendiendo a conducir de nuevo. Porque esta ignorante no podía poner en marcha el auto, estaba poniendo en duda mis habilidades de manejo—, y para ponerlo en parking lo presionas… Después de una breve lección sobre cómo usarlo, por fin pude ponerlo en marcha. Me costó unas cuantas calles acostumbrarme al acelerador y al pedal del freno, eran tan sensibles que en cuanto tocaba cualquiera de esos dos o daba un pequeño arrancón o se detenía de golpe. Lo bueno era que Cédric iba delante y no podía ver bien los trucos que hacía con su tesoro. El auto me tenía enamorada, era un sueño hecho realidad y era tan ligero que casi se conducía solo. Las luces del interior cambiaban de color, el parabrisas reflejaba la velocidad a la que iba, pero lo que más me gustó fueron los detalles como los cinturones de seguridad amarillos. Los asientos se adaptaban a tu cuerpo que era como si te abrazaran y el volante era tan fácil de mover que no suponía ningún esfuerzo. Manejar el Versa de Giselle, mi mejor amiga, no era ni la mitad de emocionante que manejar este Mercedes. Era como manejar una nave espacial, con mil botones y modos que desconocía pero me estaba llevando a otro universo. Al universo que nunca podría pagarme. Veinte minutos de camino y llegamos a su casa. Esperaba una mansión o algo más ostentoso, era una casa muy sencilla, de dos pisos color gris claro, aun así no le quitaba lo bonita. Tenía un pequeño jardín, con un camino de piedras que llevaba a la puerta principal, la cual estaba rodeada por un marco de cristal que dejaba ver un poco el interior. En el otro extremo se encontraba la puerta del garaje que Cédric abrió para que me estacionará. Dentro había otro auto un poco más discreto; un Mini Cooper. Abrí la puerta para bajarme pero por accidente la golpeé con una pila de cajas que había al lado y en gran parte del garaje supuse que aún no terminaba de instalarse. —Sano y salvo... o eso creo —reí nerviosa mientras le entregaba las llaves. Esperaba que la saliva con la que lo había limpiado hubiera eliminado el pequeño raspón. El momento se estaba tornando un poco incomodo, el sol ya no estaba en lo más alto, había unas cuantas nubes que manchaban el claro cielo azul y el canto de los pájaros a lo lejos era lo único que se escuchaba—. Gracias una vez más...y uhm.... adiós —rompí el silencio. No sabía cómo despedirme, no éramos amigos para despedirnos de beso o abrazo, así que decir adiós con la mano me pareció lo más apropiado y menos incomodo. La expresión de Cédric cambió de serenidad a confusión. Alzó una ceja y me preguntó—: ¿A dónde crees que vas? Te llevaré a casa —dijo como si fuera obvio. Estuve a punto de protestar y decir que no era necesario pero la seriedad en su rostro me dejó claro que no iba a aceptar un no por respuesta y que mejor me tragara mi orgullo.
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