Apenas pude pegar un ojo la primera noche que pasé en esa habitación. No estaba acostumbrada a dormir en una cama que no fuera la mía y los balbuceos nocturnos de Aspen me despertaban asustada. Gracias al cielo él no había empezado a reír en sueños porque estaba segura de que ahí habría muerto del susto.
Me levanté una hora antes de que la alarma de mi compañero de cuarto sonara y tomé una ducha. Ese sería mi primer día de clases y estaba bastante nerviosa.
Mis pensamientos eran un lío. Durante la noche estuve tratando de buscarle alguna respuesta a la forma en que los dos chicos con los que había hablado habían reaccionado cuando les pregunté por Mateo. No entendía por qué decían esas cosas o por qué empleaban ese tono de voz. Era como si ellos conocieran a un Mateo muy distinto al que yo conocía.
Me sequé el cabello, lo peiné y me lo aseguré con horquillas antes de cubrirlo con la malla para sujetarlo y colocarme la peluca. La parte que más odiaba era envolver mi torso con esa venda que me cortaba la respiración, pero debía hacerlo.
No había terminado de abrochar los botones de mi camisa cuando tres fuertes golpes se oyeron contra la puerta. Me giré tan rápido que un dolor agudo se deslizó a través de mi cuello, haciéndome apretar los dientes.
—¿Estás cagando soguilla ahí adentro? —la pregunta de Aspen me hizo reír sin poder evitarlo y cuando él escuchó mi risa más no una palabra, volvió a golpear— ¿Puedes salir del baño de una vez?
Me apresuré en abrochar los botones restantes antes de que él abriera la puerta de una patada o algo por el estilo. Me aseguré de que la peluca cubriera por completo los mechones rubios de mi cabello y cuando estuve lista, quité el seguro de la puerta, siendo embestida por un Aspen en ropa interior realmente apresurado.
—¿Qué haces? —pregunté y me giré para no mirarlo cuando vi que él levantaba la tapa del inodoro— Dios, ¿es que no conoces lo que es la privacidad?
Salí del baño con el rostro rojo como un tomate maduro por la vergüenza. A diferencia de las chicas, los hombres no tenían mayor pudor y orinaban sin importarles que alguien estuviera cerca.
Ordené mi cama y rebusqué entre mis cuadernos el horario que la secretaria me había dado ayer por la tarde y que yo había lanzado en algún lugar desconocido. A lo lejos escuché como mi compañero de cuarto largaba el agua de la ducha.
Pasados unos minutos, me arrodillé para revisar debajo de mi cama, encontrando el horario convertido en una bola de papel. Me senté sobre mis pies e intenté alizar las arrugas del papel estirándolo sobre mis muslos.
Aspen salió del baño con una toalla sobre la cabeza y me lanzó una mirada ceñuda.
—Eres bastante raro después de todo —él dijo, abriendo las puertas del armario compartido de par en par—. ¿Sueles rezar antes de tu primer día de clases?
Miré hacia abajo dándome cuenta de que seguía arrodillada junto a mi cama y me coloqué de pie.
—Yo no… —sacudí la cabeza, sin ánimos de querer explicarle algo. Miré la hoja arrugada entre mis manos y suspiré—. Tengo clases de biología ahora, ¿sabes dónde queda el edificio A?
Él se tomó su tiempo para responderme. Yo lo observé en silencio, observando sus músculos marcados en su espalda con cada movimiento que hacía. Su piel era pálida y los lunares en sus omóplatos creaban algo parecido al firmamento plagado de estrellas.
—El edificio A queda frente a la cancha de fútbol —respondió. Se giró mientras se abotonaba los botones de su camisa blanca igual a la mía, dejando los primeros botones abiertos. La corbata iba alrededor de su cuello de manera descuidada—. Pensé que Sparks te había enseñado la escuela ayer.
Parpadeé repetidas veces para salir de mi aturdimiento y lo miré confundida.
—¿El director Sparks?
Aspen rodó los ojos.
—Por supuesto que no, tonto. —dijo, mirándome como si yo fuera el ser humano más estúpido que hubiera pisado la Tierra— Me refiero a Sebastien. Él es hijo del director, ¿no te lo dijo?
Negué con la cabeza despacio. Él fue a cepillarse los dientes y cuando estuvo listo, salió de la habitación como un rayo. Lo seguí como un cachorro perdido haciéndole algunas preguntas las cuales él no se molestó en responder.
Pasamos rápido por la cafetería y cuando yo me disponía a sentarme para desayunar, él empujó el emparedado dentro de mi boca y me tomó del brazo, arrastrándome fuera de la cafetería. Aspen me explicó (de manera no tan agradable) que el desayuno era después de la primera hora de clase y que ya tendría tiempo de comer como un cerdo.
Llegamos al salón justo antes de que el profesor cerrara la puerta. Yo estaba jadeando, con el sándwich a medio comer y el blazer fuera de lugar. El hombre de bigote me observó con una ceja alzada y antes de que él pudiera decir algo, Aspen informó:
—Él es el nuevo estudiante. Estaba un poco perdido deambulando por los pasillos, así que, lo ayudé a llegar al salón.
Lo que decía mi compañero de cuarto no era del todo cierto, pero no tenía ánimos de contradecirlo.
—Que no se vuelva a repetir —sentenció el maestro, dándonos acceso al salón.
Me solté del agarre de Aspen y para mi mala suerte, tuve que sentarme a su lado porque eran los dos únicos asientos disponibles.
Todos los ojos estaban puestos en mí y era tan malditamente incómodo. Pude ver algunos rostros medianamente conocidos, pero ningún rostro era el que yo quería ver en ese momento.
Me limité a sacar un cuaderno de mi morral y un lápiz mientras el maestro anotaba cosas en la pizarra. De soslayo, miré al chico a mi lado. Aspen estaba sentado en su asiento con los brazos cruzados y los ojos cerrados, como si la clase no fuera verdaderamente importante para él.
Recorrí el salón de clases con la mirada esperando encontrarme a Mateo en alguno de los pupitres, pero al parecer, él no estaba en esta clase.
—Él no está aquí.
Miré hacia el lado encontrándome a Aspen en la misma posición. Supuse que él se había dado cuenta que yo buscaba a Mateo.
—¿Él no está aquí? —repetí. Pude ver la esquina del labio de Aspen levantarse en una media sonrisa socarrona.
— Novačić es demasiado inteligente como para estar en Biología —él dijo sarcásticamente—. Él está en nivel avanzado.