Las voces de los estudiantes saliendo, resuena en el aire mientras dejamos el auditorio, envueltos en una mezcla de emoción y tensión. Cada paso que damos parece cargar con el peso de lo que acabamos de presenciar y lo que hemos desatado. Mis amigos y yo nos sumergimos en una conversación animada, tratando de desentrañar nuestras propias reacciones y entender el impacto
- ¡Victoria, eso fue increíble! No puedo creer que tuvieras el coraje de enfrentarte y desafiar al magnifico CEO, así frente a todos, exclama Julia, con un destello de admiración en sus ojos.
- ¿Cómo te sentiste al hacerlo? Debió ser aterrador, pero también liberador, ¿no? Pregunta Carlos, con genuina curiosidad en su voz.
Nos detenemos en un rincón tranquilo del jardín, rodeados por el verdor de los árboles y el murmullo suave de la naturaleza. No sentamos en el pasto, dejando que la brisa fresca acaricie nuestros rostros, mientras suspiro, y así continuamos nuestra conversación.
-Fue como si algo dentro de mí se encendiera en ese momento. Sentí que tenía que hacerlo, que no podía quedarme callada mientras él se pavoneaba como si fuera dueño del mundo, explico, recordando la mezcla de determinación y temor que sentí en ese instante.
Julia asienten señal de comprensión, mientras Carlos me mira con una expresión de respeto.
-Bueno, sea lo que sea lo que te impulso a hacerlo, estoy orgulloso de ti. Victoria. Demostraste que no te dejarás intimidar por nadie, dice Carlos, con una sonrisa de complicidad.
Nos sumergimos en una discusión profunda sobre las implicaciones de mis acciones y las posibles repercusiones que podrían surgir. Cada palabra que intercambiamos es como un paso más hacia la comprensión mutua y el apoyo incondicional.
De repente, una voz rompe nuestra conversación, sacándonos de nuestra burbuja de introspección.
-Victoria, el rector te está buscando, me pidió que te informará que te espera en su oficina.
Nos volvemos para ver a una compañera de clase, cuyos ojos reflejan una mezcla de seriedad y curiosidad. Mientras me incorporo del pasto, una sensación de escalofrío recorre mi espalda, como si el peso de lo desconocido se posara sobre mis hombros. Mis amigos, que hasta ese momento compartían risas y bromas, notan la seriedad que se reflejaba en mi rostro.
Es la primera vez que el rector solicita mi presencia en su oficina, y el hecho no pasa desapercibido para que ninguno de nosotros. La atmosfera que rodea a nuestro pequeño grupo cambia abruptamente; los gestos de ánimo y complicidad se transforman en miradas de preocupación y silenciosa aprensión. El aire mismo parece cargarse con una tensión palpable, como si estuviéramos al borde de un abismo, a punto de adentrarnos en un territorio desconocido del que no sabemos que esperar.
-Victoria, ¿estás segura de que todo saldrá bien? pregunta Julia, con un tono que revela su preocupación.
-Sí, claro. No creo que sea nada grave, respondo, intentando infundir confianza en mis palabras, hacia mis amigos; aunque la incertidumbre sigue pesando en mi pecho.
Mis amigos asienten, tratando de convencerse sí mismos de que todo saldrá bien. sin embargo, sé que comparten la misma preocupación que yo.
En el camino, me encuentro con la profesora Martínez, una figura respetada en la universidad y una mentora para muchos estudiantes, incluyéndome a mí. Su mirada seria y penetrante me encuentra, y sé que ha presenciado lo ocurrido en la ponencia. Su regaño es inevitable, pero también su preocupación es palpable.
-Victoria, ¿qué demonios crees que estás haciendo? ¡Eso fuera una locura! Exclama, con voz firme pero cargada de inquietud.
-Profesora lo sé. Pero tenía que hacerlo. Necesitaba defender lo que creo que es correcto -respondo, intentado transmitir la determinación que me impulsó.
Ella me mira por un momento, evaluando mis palabras con atención antes de suspirar resignadamente.
-Solo asegúrate de que sabes en qué te estas metiendo, Victoria. No quiero verte en problemas por esto, dice, con un gesto de preocupación en su rostro.
Asiento en señal de entendimiento, agradecida por su consejo, antes de continuar mi camino hacia mi camino hacia la oficina del rector.
Cada paso resonando en el pasillo como un eco de mis propias dudas y temores, como si cada pisada fuera un recordatorio constante de la valentía que necesitaba para enfrentar lo que estaba por venir.
Me detuve un instante frente a la puerta, el corazón latiendo con fuerza en mi pecho mientras inhalaba profundamente, tratando de calmar los nervios que amenazaban con apoderarse de mí. la mezcla de nerviosismo y determinación se arremolinaba en mi interior, creando una tormenta de emociones que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.
Con un gesto vacilante, toqué la puerta, sintiendo la madera fría bajo mis dedos temblorosos. En ese momento, mi mirada se cruzó con la de la asistente, cuya expresión de desaprobación fue evidente en el movimiento apenas perceptible de su cabeza en negación. A pesar de su gesto, supe que no podía retroceder ahora.
Era hora de enfrentar las consecuencias de mis acciones y asumir la responsabilidad que venían con ellas.
Cuando escucho la voz que indica a que puedo pasar, abro la puerta con cuidado y entro en la habitación. Me encuentro al rector de espaldas a mí, concentrado en algo frente a él. La solemnidad de la escena me hace contener el aliento por un momento, mientras me preparo para lo que está por venir. Cada latido de mi corazón parece resonar en el silencio tenso que llena la habitación.
-Buenas tardes, señor rector, saludo con voz firme pero controlada, tratando de mantener la compostura a pesar del nerviosismo que me embarga. Mis palabras parecen flotar en el aire, cargadas de expectativas y ansiedad por la respuesta que está por venir.
La silla del rector se gira lentamente, y al verlo, una expresión de sorpresa cruza mi rostro, reflejando una mezcla de curiosidad y desconcierto. Su mirada se encuentra con la mía, y en ese instante, el tiempo parece detenerse mientras nos observamos mutuamente en un silencio expectante.
¿Qué haces tu aquí?, preguntó finalmente.