LA JOVEN FAMILIA BILLSWOURD
La luz anaranjada del sol, que salía por el horizonte, combinada con el canto de los gallos le despertó lenta y suavemente. De cabellos castaños cortos, con una expresión serena y amistosa. De unos veinte o veintidós años, con un rostro limpio de barba o bigote. Al abrir sus ojos de color avellana. Lo primero que hizo fue tocar la almohada que tenia al lado. Era algo que hacia todas las mañanas, tocar la almohada donde reposaba la cabeza de su amada esposa. Cuando la tocó sintió otra vez el pesar de no tener nadie a quien acariciar. ¿Cuánto había pasado desde que su esposa murió? ¿Cuatro, cinco años? No lo sabía. Solo sabía que cada día que pasaba, él la extrañaba, cada año que pasaba él la añoraba.
Una buena mujer de la alta sociedad. Alguien que no necesitaba que fuese un caballero de cuentos de hadas o el héroe de la historia. Solo un joven que quería dar lo mejor de sí mismo y a la vez dar lo mejor para su familia dentro de sus posibilidades. Sabía que todos en el pequeño pueblo de Miracle, veían a Ryan Billswourd como un pobre alfeñique incapaz de defender su granja, su buen nombre o incluso… su hijo. Jennifer no lo veía así, ella veía a un muchacho que deseaba ser fuerte, que deseaba ser más un hombre de acción que antes un simple granjero tímido que le impresionaba la sangre. Ante los azules ojos de Jennifer, Ryan era todo un hombre y por eso lo amaba. De cabello rubio y ojos azules aquella gran mujer le dio felicidad, amor e incluso un hijo al cual bautizaron como Jeremy. Ambos eran todo su mundo, hasta que una horrible enfermedad mató a su esposa haría varios años atrás, tuberculosis. Esa mierda la hundió en un estado decrepito donde cada día era un martirio para Ryan, cada maldito día era un pesar constante en su vida y en la vida de su esposa e hijo; pero nunca la abandonaron, ni un solo momento, por ella él fue fuerte, también lo fue para su hijo, quien teniendo seis años en ese momento le tocó ver como su madre se moría delante de ellos sin que pudiesen hacer nada. Cada noche Ryan estaba a su lado, cada mañana y cada tarde. Lo único que deseaba era que esos infelices que le llamaban cobarde o niñita estuviesen allí para ver como peleaba contra ese infierno intentando hacer sonreír a su esposa a cada momento, a cada hora. Que viese que ellos tenían futuro a pesar de que no estaría a su lado para protegerles.
Y por supuesto, cada mañana al despertar, Ryan acariciaba la cabeza de su amada esposa para cerciorarse de que ella aun estaba allí, de que aun seguía moviéndose y respirando. De que todavía se encontraba con ellos. Sin embargo una noche ella se encontraba peor que de costumbre, no hubo palabras, solo tos, sangre y una mirada de amor en esa agonía que podía decir más de lo que mil palabras podrían decir. Luego de una hora de tos interminable e incluso sangrienta, ella dejó de toser y se finalmente relajó. Murió viéndolos con amor, hubo un gran cariño en su mirada antes de que esta se volviese vidriosa como también fría. Después de eso… soledad, su hijo era su mundo en ese momento y nadie más que él ocupaba su punto de vista.
Solo estuvo unos minutos acariciando la almohada, diciendo en un susurro:
- Buenos días amor, ¿Cómo te encuentras?
Ahogó un sollozo y se levantó, comenzando a trabajar.
. . .
El pequeño Jeremy, o Jerry para los amigos, se levantó de su cama mucho antes que su padre. Estaba muy emocionado como para pensar en dormir en realidad. De diez años de edad, con un cabello corto rubio como su madre y con los ojos color avellana de su padre. Jerry era la clase de chico entusiasta, como también divertido, que siempre hacia algo gracioso para poder hacer reír a los demás, pudo haber sido un chico travieso sin problema alguno; pero Jerry prefería contar chistes antes que hacer chistes que pudiesen herir a otros. No recordaba con exactitud si ese modo bromista de ser suyo lo tenía desde nacimiento o… si lo había adquirido cuando su madre enfermó y murió.
A pesar de que Jeremy deseaba tener el apodo de Jerry para sus amigos, a la hora de la verdad, Jerry, no tenía amigos. Por alguna razón, su modo extrovertido chocaba con una timidez que contradecía su forma de ser, normalmente Jerry decía que eso era como tener dos caras, por lo que le gustaba decirse el Doble Cara, Jerry podía contar chistes, hacer cosas divertidas delante de todos; pero si alguien quería acercarse más a él, entonces pondría una barrera emocional que lo haría alejarse de inmediato, a veces con excusas, otras veces con un humor cínico y en otras ocasiones sencillamente se hacia el sordo continuando camino.
En muchas oportunidades Jerry se preguntó cuál era su verdadera cara ¿Acaso era el divertido y extrovertido muchacho? ¿O era el tímido e introvertido chico que no mostraba su autentica cara delante de todos? Aquella que se ocultaba con su sonrisa ya que esta no era la de un rostro riendo sino de uno que lloraba y sufría porque extrañaba a su madre, porque le devastaba ver a su padre lamentarse en las noches o en cualquier otra hora del día e incluso su corazón se rompía al saber que su padre no tenía la fuerza para soportar todo ello. Lo intentaba, ponía a Dios por testigo de que cada día veía a su padre luchar contra viento y marea para ser fuerte por su hijo, sabía que si él también caía en depresión entonces todo se iría al carajo, por lo que siempre debía tener una sonrisa, a cada hora y a cada día. Solo hasta que las cosas mejorasen, si su padre peleaba por él entonces Jerry también pelearía por su padre para que viese que no estaba solo. Su sentido del humor era lo que debía salvar su hogar, si su padre le veía reír en lugar de llorar entonces la carga seria menos difícil y más fácil de llevar, podrían lograrlo.
Aquel día sin embargo Jerry tenía motivos reales para celebrar: su padre, casi a regañadientes por pedido suyo, le enseñaría a llevar el ganado, serian pocas vacas que estarían acompañadas de sus terneros; pero era algo. Si Jerry lograba ayudar a su padre en todo, tal vez y solo tal vez, la carga ya no sería tan pesada, su padre podría lograr aliviarse un poco más para que de ese modo las cosas mejorasen un poco.
Levantándose temprano, vistiéndose con un pantalón verde claro que poseían unos tirantes blancos, un saco marrón y una camisa blanca. Colocándose un sombrero vaquero n***o, el joven Jerry se sentó a esperar a su padre. Luego de unos minutos se impacientó y le dijo:
- ¡Papá! ¡Me lo prometiste!
- Si ya sé, ya sé- se quejó Ryan desde su habitación- sé que lo hice, allí voy pequeño
Al poco tiempo apareció con una camisa blanca, unos pantalones vaqueros grises y un sombrero blanco
- Bueno pequeño- sonrió Ryan- es hora de que aprendas a arriar
- ¡Siiii!- gritó de júbilo Jerry
Ambos salieron a la puerta para ir por sus caballos y después por las vacas.
. . .
Llevaban el ganado con la mayor facilidad posible, Jerry en todo momento era acompañado por su padre quien le indicaba:
- Vas bien hijo, solo que debes ser más cuidadoso en el arreo
- ¡Yeeehaaa papá!- reía Jerry por la emoción- ¡Esto es divertido! Pero qué pena que no pueda usar el lazo
- No te desanimes hijo, aun estamos a una gran distancia de la granja de los MC Cullister, por lo que es posible que tengas la suerte de usar el lazo
- ¡Yeehaaa!- gritó otra vez de felicidad Jerry mientras continuaba arreando
Debieron continuar unos kilómetros más de arreo en pleno desierto cuando un joven Ternero se alejó del grupo, sin que los demás lo supiesen, y se dirigió a donde estaba la colina en donde se encontraba descansando la pistolera.
El Ternero comenzó a mugir haciendo que aquella mujer de cabellos rojizos abriese sus ojos azules. Lo primero que vio fue una nube de polvo a la distancia y después oyó al ternero mugir. Los rayos del sol le indicaban que era tarde, posiblemente las diez de la mañana. Con un quejido decidió levantarse para comenzar el descenso de la colina.
Uno de los terneros se había escapado. Jerry fue el primero en notarlo, debido a que su padre le había dicho que debía contar los adultos y a los pequeños en todo momento. Cuando partieron eran cinco pequeños y, a su lado, siete adultos. Eso lo molestó bastante por lo que decidió separarse un momento.
- Papá, nos falta un ternero, debo ir por él ¿Puedes esperarme o debemos entregarlos a tiempo?- le preguntó Jerry con preocupación
- Puedo moverlos lentamente; pero hare lo que pueda para esperarte hijo- le aseguró Ryan
- Gracias papá- le contestó Jerry cabalgando en dirección a donde se encontraba el Ternero faltante
Cuando la Mujer Sin Nombre bajó de la colina, vio al Ternero con calma. El animal mugió en señal de pregunta, por lo menos eso le pareció a la Mujer Sin Nombre. Ella no quiso responder a su pregunta y cuando oyó un galopar cercano, vio a un muchacho demasiado agradable, de aspecto frágil e inocente todavía, acercarse a ella. El muchacho detuvo su cabalgar inmediatamente y se quedó sorprendido al verla.
La Mujer Sin Nombre lo vio por un minuto y, sonriendo, le preguntó:
- ¿Acaso este Ternero es tuyo?
- S… si- le respondió el muchacho con la voz entrecortada por los nervios
- Bueno, ven a buscarlo. Siendo un ternero tan rechoncho posiblemente podrían venderlo al rodeo a un buen precio- le aseguró aquella mujer sonriente
. . .
Jerry creía saber dónde estaba el Ternero que faltaba, siguiendo las huellas de las vacas pudo descubrir que una de ellas se separaba del resto a unos metros de donde él había dejado a su padre. Cuando siguió las huellas logró encontrar el Ternero tal y como imaginaba; pero se sorprendió al ver a la mujer que estaba a su lado. Ella era imponente. En un principio pensó que se trataba de un hombre ya que nunca antes había visto a una mujer tener un aspecto tan amenazador como también imponente, su saco n***o con piolas blancas que colgaban en sus mangas ya de por si le daban un tono intimidante; pero el sombrero n***o, las botas marrones y esa cicatriz en el ojo izquierdo eran más de lo que Jerry podía comprender al ver aquella mujer, incluso se preguntaba si era una mujer. Ella le inquirió si el Ternero le pertenecía a lo que él le contestó que, en efecto, así era. Aquella imponente mujer le dijo que lo fuese a buscar; pero era más fácil decirlo que hacerlo. Por lo que nervioso le respondió:
- ¡Bah! No es para tanto. Un Ternero no es nada comparado con cinco o seis y no me hagas hablar de sus madres, por lo que no creo que uno haga la diferencia. Si quieres puedes quedártelo, siempre puedo decir que se me perdió
- ¿Qué sucede pequeño? ¿Acaso me tienes miedo?- le preguntó la mujer con un tono burlón
- ¿Miedo? ¡Je! ¡Para nada!- le respondió Jerry, mientras intentaba no verse nervioso ante ella- lo que sucede es que se me hace todo un mundo el llevar este ternero rebelde a donde están los demás
- Supongo que si es complicado, sin embargo puedo ayudarte a cambio de que me muestren donde queda el pueblo más cercano- le pidió la Mujer Sin Nombre a lo que Jerry le dijo
- Bueno… sí, no hay problema, yo con gusto te diré donde…
No pudo continuar porque oyó el sonido de disparos en las cercanías. Era su padre, al parecer había problemas.
. . .
Ryan estaba comenzando a preocuparse por su hijo, al parecer algo lo retenía, estaba por ir a buscarlo con las demás vacas acompañándole cuando oyó el sonido de disparos cerca suyo. Miró a los costados para ver cómo, desde una distancia pequeña saliendo de las colinas y cerros que había cerca, unos tres cuatreros aparecieron de la nada. Todos vestían igual: una camisa azul con un poncho colorido. Sombreros marrones o mexicanos y, por supuesto, los tres tenían una barba negra muy tupida, aun así se podían distinguir. Uno era un sujeto de cara redonda con un bigote grueso, el llevaba un sombrero mexicano. El segundo cuatrero solo tenía ojos azules y el tercero una expresión más seria, era claro que él era el líder.
- Hola Mano- lo saludó el Mexicano- lindas vacas tienes carnal
- Son mías- le dijo Ryan intentando no sonar preocupado- las llevo a otra parte
- Seguro que para cobrar una cierta recompensa- le contestó el Líder de los ladrones- pero temo decirte que ese dinero es nuestro, por lo que tendrás que entregárnoslo a menos que desees morir
- Yo…- decía Ryan tratando de no sonar aterrado; pero la verdad es que lo estaba- no puedo, hice un compromiso
- Despierta mano- le dijo el Mexicano riendo- ¿Que son los compromisos sin la vida o la vida sin compromisos? En tu caso no tendrás compromisos ni vida si sigues jugando al duro
- Se inteligente- le aconsejó el otro cuatrero- entréganos el ganado y te dejaremos vivir
- ¿Lo… lo prometen?- preguntó Ryan aterrado
- Palabra- prometió el Mexicano sonriente
- ¡B… bien! ¡Tómenlo!- exclamó Ryan con vergüenza. Se decía a si mismo que cedía para no morir y dejar a su hijo solo, lo hacía por su hijo, por su hijo
- Ya oyeron chicos, tomemos el ganado- rió el líder dando orden a los otros dos de que comenzasen a arrear a las vacas, esbozando una tétrica sonrisa dijo- y ahora para que no hayan testigos
- ¡P… pero me … dijeron que…!- exclamó Ryan encontrándose al borde del pánico
- Mentimos- le respondió el Líder con un tono frío a la vez que cruel
Ryan cerró los ojos dispuesto a recibir el disparo cuando se escucho el tiro y la mano del líder exploto en pedazos.
. . .
La Mujer Sin Nombre miró a la distancia al escuchar los disparos y le preguntó al pequeño:
- ¿Quiénes te acompañan?
- Mi padre, está él solo- le respondió Jerry aterrado- ¡Tengo que ir a ayudarlo!
- Espera- le habló con severidad aquella mujer- es muy peligroso, déjame ir en tu lugar
- ¡No! ¡No puedo hacerlo!- exclamó Jerry
- Te doy mi palabra de que tu padre estará bien- le prometió aquella misteriosa mujer, añadiendo- pero debo ir yo en el caballo
- Yo… está bien ¡Ve! ¡Por favor! ¡Sálvalo!- le rogó Jerry bajándose de su caballo
- Eso hare- le respondió la Mujer Sin Nombre subiendo al caballo, de un solo movimiento agitó las riendas y comenzó a cabalgar
Durante la cabalgata, sacó su pistola Colt y vio, a la distancia, a quienes se encontraban allí, no tardó nada en descubrir quién era el padre del muchacho: un joven apuesto que parecía ser igual de inocente que su hijo. Furiosa, apuntó a la distancia la palma del que parecía el líder de los cuatreros y disparó destruyéndole la mano.
Aquel sujeto gritó de dolor tomándose el muñón con su mano libre. El del medio miró asombrado lo que ocurría y antes de poder hacer un solo movimiento, oyó otro disparo. Su pecho estalló matándolo en el acto, Ryan observaba como aquel ladrón caía al suelo como si fuese un muñeco de algodón.
El Líder de los Cuatreros, con lo que le quedaba de mano todavía doliéndole, desenfundó con rapidez su revólver; pero aquella misteriosa mujer saltó del caballo en movimiento para arrastrarse de espaldas sobre la tierra y disparar con sus dos armas a donde estaba el pecho de aquel ladrón. Este recibió cuatro disparos en una línea descendiente que comenzaba en el pecho y terminaba en el estomago. El Líder dio un grito mientras mantenía sus brazos hacia arriba. Después cayó al suelo muerto.
Ryan estaba petrificado por el miedo y el asombro, sintió al mexicano sosteniéndolo de la espalda mientras le colocaba su arma en la cabeza.
- Un paso mas mojita y este cuate valdrá v***a- la amenazó el Mexicano con una mirada psicótica
Ella lo vio en silencio por un minuto, como si estudiase cualquier variante, después sonrió y, sin decir todavía una palabra, disparó con una gran velocidad a donde se encontraba la cabeza del mexicano que recibió un agujero en la frente y la sangre exploto sobre su nuca. Aquella arrugada frente solo tenía en cambio una leve gota que corría desde donde esta comenzaba hasta donde estaba la nariz, como si fuese una gota de sudor. Las cuencas del mexicano se hicieron para atrás y soltó su arma, todo su cuerpo cayó de costado hacia el suelo. El duelo había terminado.
- ¡Cielos!- gritó Ryan horrorizado, exclamando- ¡Oh dios mío! ¡Yo…!
- Tranquilo amigo, solo respira profundo, todo termino- le habló la Mujer Sin Nombre con un tono tranquilo pudiendo calmarlo un poco
- ¡Oh dios mío!, ¡Gracias, muchas gracias! ¡No sé como agradecértelo!- continuó Exclamando Ryan, aunque se había tranquilizado, sus cuerdas vocales todavía estaban alteradas y no podía medir el volumen de su voz
- Solo deja que los acompañe hasta su destino y después díganme donde está el siguiente pueblo, eso será pago suficiente- les respondió la Mujer Sin Nombre esbozando una sonrisa agradable que terminó por calmar a Ryan
- Sí, claro, por favor ven con nosotros… por cierto. Hola, mi nombre es Ryan y tú ¿Cómo te llamas?
Tras un minuto de duda ella le respondió:
- No… no lo recuerdo
Siendo así que la Mujer Sin Nombre conoció a su futuro mejor amigo, Ryan junto a su hijo Jerry.